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Pregunta Lolo al principio de este artículo lo mismo que en la cena judía preguntan los niños la razón de aquella cena especial. Y es que, en efecto, el recuerdo de la Semana Santa, de aquella primera de la historia de la salvación, es crucial para un creyente.

Como hace el Beato de Linares en muchas ocasiones, relaciona la situación espiritual de la que habla con el mundo actual, con aquel que era el suyo. Y así acaba vinculando los acontecimientos que acaecieron aquella primera Semana Santa de la historia con el devenir de lo que pasa hoy mismo. Y lo hace para que nadie vaya a creer que no tiene aquello nada que ver con esto…

Es cierto y verdad, como nos dice nuestro amigo Lolo, que los remordimientos de hacer lo que hacemos contra nuestro hermano Cristo es lo que lo tiene, aún, en la Cruz.

 

 

Publicado en el diario “Jaén”.
 

Vibración de Linares en la semana mayor
De rodillas en Viernes Santo
Cuatro instantáneas del corazón
La santa cena

-“¿Por qué aldea o ciudad, te has puesto esta noche de rodillas? ¿Por qué tus calles, tus anchas calles se han encogido, como el torpe remiendo de un soldado?”.
– “Es que esta noche sólo cabe estar con la frente en el suelo. Todos los focos del mundo se juntan en la Plaza Mayor. Un hombre, que viste de blanco, levanta al cielo un pedazo de Pan. Sobre los asientos, se revuelven a su alrededor los Pedro, Juan o Santiago de ayer y los Miguel el albañil, Juan el maquinista y los Antonio de hoy. Toda la noche tiene un ardor de oro viejo, como fuego de cirio, porque ahí llamea el fruto de la Esperanza. Él ha dicho: “Quien coma de este Pan, vivirá eternamente”. Judas se escabulle por las calles estrechas con una bolsa entreabierta, pero ya en los dientes castañetea la hermosa corteza de un Cielo humanado. Por eso, ¿sabes?, estamos de rodillas.

EL CRISTO DE LA MISERICORDIA

No te mueras, Cristo de la Misericordia. Quédate así y nosotros contigo. Vive para siempre de este modo, con tu dulce aire compasivo, con tu doble mirada acariciante. No abras tanto el costado, que da escalofrío verte tanta ternura palpitando. Si aceptas, te quedarías siempre amando y redimiendo, y nosotros apagaríamos la luz de las calles y encenderíamos sólo las antorchas para que se vieran bien tus pupilas; llenas de gracia y de compasión, el prodigio de tu inocencia. Queremos vestir de saco en la noche, andar descalzos por los adoquines, llevar ásperos maderos sobre los hombros para descargar de tu alma la tremenda agonía de la Pasión. Quédate, aquí Cristo, nuestro hermano grande, que nosotros repartiremos entre todos, con alegría, tu dolor de esta hora.

EL DESCENDEMIENTO

Al pie de la Cruz está Juan. Éste es Juan y no lo es. De Juan, si están aquí sus brazos de hierro, los de las noches enteras remando y los fuertes tirones al copo. Pero en el cuerpo de Juan están también las criaturas que tienen carnet de identidad y trabajan en las fábricas o las oficinas. A Cristo lo sostiene la fuerza de todos los que le aman en el tiempo de los satélites y los antibióticos.

A Juan –a todos los Juanes de hoy- podrán zarandearle miles de terremotos y tormentas, pero no hay miedo de que sus pies vacilen o sus brazos acusen la debilidad. No hay fuerza que pueda tambalear un gesto de compasión por Cristo. Que nadie intente arrebatar este cuerpo que va a descansar sobre la horizontal de la tierra que pisamos y sobre la que también moriremos. Y desde hoy amaremos también a la tierra porque Él la ha bendecido con su sangre.

LA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS

Angustias, ¿Hay otro nombre que exprese mejor este dogal de un hijo ajusticiado sobre las piernas? ¿Pueden ser las palabras más acusadoras que este silencio suyo? Todas las madres desorbitan las cosas a favor de su hijo, pero esta vez no habla una madre, sino que son nuestras conciencias las que juzgan. Él era el Puro, el Trabajador, el Hijo Amante, el Sacrificado, y lo hemos arrollado villanamente. La calle principal es ancha y la Virgen de las Angustias no habla ni nunca dirá una palabra, pero a ver, si la calle no está de bote en bote de remordimiento. La Madre, con el hijo muerto sobre las rodillas, no levanta la cabeza para que no sintamos el golpe de una acusación, pero nada hay tan terriblemente sonoro como este silencio que va de calle en calle levemente, casi de puntillas. Cuando pasa la Virgen de las Angustias notamos como si un índice poderoso nos señalara a todos en el entrecejo.

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