Podemos decir que esta cuarta entrega del diario de Lolo, del Diario de un enfermo, tiene un sentido espiritual que aspira a lo más alto que es el Todopoderoso.

Cada dolor que aquí expresa nuestro amigo, y son unos cuantos con sus correspondientes sufrimientos, los encauza por el Amor que Dios tiene por él y por cada uno de sus hijos. Y eso hace que, si no sea menor el mismo, sí tenga un sentido espiritual que llena su corazón de dicha muy a pesar de o, seguramente, a pesar de eso, de la comprensión de eso.

Es verdaderamente maravilloso que Lolo, al final de este escrito, ofrezca su sufrimiento (que era mucho y más que mucho) por otros hermanos suyos que lo están pasando mal en el mundo. Y es que así ha de hacer todo hijo de Dios para con los suyos.

Este texto ahonda mucho en el corazón de Lolo y eso, para nosotros, es clara ganancia espiritual.

 

Publicado en la revista Enfermos misioneros, en marzo de 1961

 

PÁRVULOS

Día 13.- Pasa que Dios hace las cosas en grande y no se conforma con las medias tintas. Si dice de enseñar, hasta los más perogrullos le entienden. Con Él no vale eso de «cada maestrillo tiene su librillo». Aunque haya serrín en la mollera, toma los sucesos, las personas y las ocupaciones, y nos quedan las cosas tan claras como el sol que nos alumbra. Y si no, que cada uno meta su alma en su armario.

Yo tenía que escribir varias cosas sobre Pentecostés. Y de buenas a primeras me digo: «Eso está muy bien, pero ¿y si en estos días que faltan voy y procuro meter en lo mío la idea del actuar santificante de Dios en el sufrimiento?». Ea, pues hala, a descubrir las posibilidades de ser mejor en mí y en lo que me rodea como si fuera un perrillo perdiguero que va de caza y levanta codornices de entre las zarzas y los árboles.

MILAGROS GRISES

Día 15.- Con los milagros ocurre que nos pierde el ángulo de la espectacularidad. Hay portentos asombrosos, que si es de noche se hace de día, o que si uno está en camilla, de pronto corre como un gamo. Estos son los milagros oficiales. Pero hay otros, muchos otros, infinitos, que nos vienen sin luces ni etiquetas, con la ropa de trabajador, y a uno todo se le vuelve rebuscar las bambalinas y los focos. Y como no los hay, porque Dios no quiere que los haya, todo se queda en querer meter el dedo como Tomás y en retirarlo al fin chasqueado. Eso que nos perdemos.

Viene a cuento por lo que me ha pasado con el dedo. Era el único que me quedaba útil. Bueno, en realidad estaba ya tan inservible como los otros, pero, no sé cómo, yo venía haciendo las pequeñas, aunque para mí grandes cosas: pasar la hoja, escribir, etc. Como el hecho ha ocurrido lentamente, no quiero ocultar que el verdadero problema estaba en el miedo al futuro que se me iba enredando. Ahora, ya, nada. No quiere decir que hoy lo suba y lo baje, lo gire y lo doble. Lo que ha ocurrido es, simplemente, que, al deformarse, ha tomado una dirección distinta. Oficialmente queda tan inválido como los demás, pero yo puedo seguir pasando hojas y escribiendo a mi manera. Aquí no hay milagro, pero que me digan a mí que ¿no cabe pensar en la Providencia?

NIÑOS QUE SUFREN

Día 17.- El motivo es lo de menos. Lo importante es que he recibido muchas cartas. Cartas, más que nada, de enfermos. Muchas, de jóvenes o de niños; de niños que a veces vienen ya sufriendo desde que nacieron. Antoñita, por ejemplo, está confinada, desde siempre, a los setenta centímetros cuadrados de un sillón. Luís, radicalmente inútil, vive tan indefenso como un angelito de pañales. Mari P. es joven y anda por el mundo, pero ya carga el leño de un primer desengaño. Y así por el estilo.

Ni por pensado quiero usar estas cosas para un folletón de los que embeben el corazón de las «chachas». Desde luego que sería de efecto hacer como el médico de «La peste» y armar una escandalera. Lo que sí pienso es darle una vuelta de calcetín a estos sucesos para decir que somos crueles cuando, con el pecado, hemos traído este martirio tan terrible a las criaturas del mundo, pero que en cambio Dios es maravilloso cuando toma al sufrimiento, le cambia su signo y le da un giro de salvación que vale hasta para los inventores de la crueldad. Si caridad es hasta la perra chica al pobre, porque Dios paga incluso los vasos de agua que a nadie le cuestan, ¡menudo gesto de amor es que a uno le duela la pierna o se le estreche el corazón y lo acepte, para que a otro no le sangren las entrañas o se lo lleve una legión de diablos!

Más que nada, a lo que voy es a que, como uno ha sido, y es, una birria, a veces le queda en sus cosas la conciencia de estar pagando justamente una factura que debía. En cambio, en estos casos, el sufrimiento como gloria de Dios tiene ese tinte maravilloso del testimonio de amor que da un alma siempre virginal. Si el sufrir es siempre un pararrayos de castigos, hay que ver la de veces que salvan a la bola del mundo los niños que padecen, los radicalmente puros e inocentes. Es lo que vale.

La tremenda papeleta de «La peste» se le aclara a cualquiera sin más que pensar que Cristo sí que era la inocencia absoluta, y menuda faena le hicimos entre todos en el Calvario.

ESPECIALISTA DE CORAZÓN

Día 19.- El médico no quiere que tome medicinas porque piensa que lo que mejor tengo es el corazón y hay que ayudarle a que siga con la misma potencia. Dicen que «el reuma lame las articulaciones y muerde el corazón». Lo mío se ríe de todos los refranes y moralejas. Llevo dieciocho años de artritis y tengo un corazón que late como un “pura sangre”. Esto es bueno, pero más asombroso aún es lo de la mano que viene trabajando ese corazón desde que nací, igual que al de todos. La verdad es que los peores colapsos son los del alma. Para evitarlos, Dios tiene metida la derecha dentro del pecho de cada uno, mucho antes de que se inventaran las operaciones «a corazón abierto» y lleva a la orden del día el taca-taca de cada uno. A veces pensamos: «¡Qué bueno sería que todas las tardes, al salir de la oficina, nos juntáramos en la plaza del pueblo y a las ocho o a las nueve en punto se nos apareciera Dios y estuviéramos palpándole un rato las manos, la luz y la ternura!» ¡Qué bobos! Pero ¿no es mucho mejor saber que siempre, -¡pero que siempre, hombre!-, Dios está a nuestro lado en la oficina, el taller, la casa, los paseos o los viajes, y su ternura y su gloria salen del mismo eje del alma para trascender los latidos y los pensamientos? Para cardiólogo el Espíritu Santo.

EL ROMPECABEZAS

Día 21.- Me duelen los ojos. Me duele la tráquea. Me duele el oído. Me zumba la cabeza. Hace cinco días que suspendí un tratamiento de cortisona y por todos sitios hace aguas la nave de mi cuerpo. Ahora me dicen que estos tratamientos hay que mantenerlos ya de por vida; si no, se vuelve de nuevo a lo más malo del dolor. Y la verdad es que los sufrimientos alucinantes de hace nueve años los tengo hoy, otra vez, en su áspera dentellada. Lo que más me preocupa son los ojos y la garganta; los ojos, que para mí son el sentido rey; la garganta, que me tiene medio día como si hubiera estado dando voces en una concentración, esa mano dura de picapedrero que se cierra en la laringe, este semitono bronco y gangoso.

¿Por qué será que ahora está aquí el dolor tan sin tapujos; este sufrimiento, por otro lado, dentro de cuatro paredes y con esa dura soledad de un cuarto aislado?

Nuestras cosas chirrían desde un ángulo de hombre cogido con pinzas. Con cualquier criatura de la calle tenemos algo más de común que el oxígeno del aire. Unos fabrican en silencio el pan, las medicinas o los zapatos para que otros lo corten sobre la mesa, se las tomen cada cuatro horas o los estrenen una tarde de domingo. El rompecabezas de los hombres que sudan, los que son felices, los que maldicen o los que sufren, sólo tienen una imagen congruente armados juntos, en cuadrilátero. Este dolor mío brutal de hoy está al lado del hombre al que le vienen chicos los jornales, del sin patria o de la monja a la que acosan en el Congo como a una alimaña. A lo mejor mi estampilla de taco del rompecabezas se corta por mitad de un brazo y luego mi sangre, o la del que sufre, si siguen en las venas de alguien que desfallece o de una criatura blanca, negra o china que tiene a la angustia como una lanzada de «cow-boy». Y como Dios está en el dolor y lo diviniza, el misionero o el chino notan que de pronto tienen una turbina en el corazón y que ya les canta. Desde luego que es fantástica esta red de canales que nos une a todos y que se llama Cuerpo Místico.

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