Es la subsidiaridad lo que hemos aceptado como bueno, olvidando trabajar los talentos, los dones.
Religión en Libertad, 23.09.2026 | por Herminia Navarro
He nacido y vivido en la zona Sur de España, de la que he de decir, superando los tópicos, que es un lugar con una admirable filosofía de vida que la hace más resiliente a la tristeza, quizás porque el humor y la fiesta se han valorado desde siempre de una manera especial; pero, al mismo tiempo, creo que tenemos gran facilidad para conformarnos con todo lo que ocurra, pasando los acontecimientos por el tamiz del humor, o de la crítica, sin llegar a adoptar una actitud beligerante, cuando el cariz de hechos así lo requiera.
Este año he pasado la primera parte de mis vacaciones en la ciudad polaca de Gdanks, en la que he podido conectar con la emoción de recordar la figura de Lech Walesa, y el sindicato Solidaridad, en los astilleros de la cuidad. Un museo recuerda la gesta de un hombre, electricista de profesión, que ofreció su capacidad para aunar voluntades en pro de una causa justa. La segunda parte de las vacaciones de verano me traen, como casi siempre, al pueblo donde nací, con la ilusión de abrir la casa que guarda los recuerdos de mis padres, y de mi etapa de juventud, para otorgarle, temporalmente al menos, la vida que pierden cuando dejamos de habitarlas.
Ya sabemos que esto implica un plus de trabajo físico en tiempo de descanso veraniego, y la certidumbre de que será difícil encontrar a los profesionales que voy a necesitar para las tareas de mantenimiento tras los meses del invierno. La realidad con la que me encuentro cada año agrava la del verano anterior, y en éste ya prácticamente no dispongo de ningún profesional, ni carpinteros, ni fontaneros, ni albañiles, … Pese a estar dispuesta a pagar lo que me pidan, se ha convertido en misión imposible.
Los últimos profesionales en activo como autónomos han declinado continuar en este régimen, para pasar a ser empleados temporales de la empresa por todos deseada, ¡el Ayuntamiento! Se normaliza trabajar en negro, abusar en el precio ante la carencia de profesionales, y casi se ha convertido en un recuerdo del pasado los valores que sostenían el trabajo bien hecho para perdurar en el tiempo.
Me resisto a ver así a mi tierra, recordando las palabras de mi abuelo cuando nos decía que las personas deben tener aspiraciones para progresar en la vida, y mucho más los jóvenes que están en el mejor momento para luchar por ellas. Pero esto no es lo que percibo en el mundo rural; es la subsidiaridad lo que hemos aceptado como bueno, olvidando trabajar los talentos, los dones, en resumen, la misión de cada uno, que es tan importante para todos. Esas aspiraciones de las que hablaba mi abuelo van indefectiblemente unidas al esfuerzo para ofrecer lo mejor de uno mismo, incluso cuando nos va la vida en ello y se convierte en un acto de heroicidad. Esto nos lo permite la libertad de ser hijos de Dios, y la libertad del Evangelio, que nos conmina, en palabras del Papa León XIV, a impregnar de eternidad la cotidianidad.
Sin embargo, quizás por la falta de testimonio de los cristianos, pareciera que esa frase tan oída que nos aconseja disfrutar lo que se pueda, porque la vida es corta, se hubiese convertido en la consigna de estos tiempos. Y ciertamente, es corta para tanto servicio por hacer, para tanto Amor que dar, para entregar con gratuidad tanto recibido. Y es que, dentro de la cotidianidad, están escondidos el tesoro y la perla que buscamos y que encontramos cuando conectamos con gran tarea a la que somos llamados.
La vida en clave de misión es otra vida en su contenido y en su sentido más profundo. Esa misión obligó a Lech Wallesa a no salir de su país para recoger el Premio Nobel, por el riesgo de no poder regresar a cumplirla, o a Alexei Navalny a regresar a él sabiendo que finalmente le costaría la vida.
Y es por ello que, ante la realidad de una juventud que siente un vacío existencial, es necesario que conozcan la hermosa tarea a la que son llamados, y dónde encontrar el campo del tesoro.
En la carta que Monseñor Chica Arellano dirigía a los jóvenes en la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación 2026: “Un arado contra la violencia”, los anima a responder con la rebeldía de la esperanza, rechazando el consumo voraz, y eligiendo la contemplación respetuosa, y siempre renunciando al odio. Del mismo modo, animaba a los maestros a encender en ellos el fuego de la compasión y del asombro, a cultivar la sobriedad y la solidaridad, y a deponer las armas del orgullo. Así, no participarán de esta manera fútil de entender el aprovechamiento del precioso tiempo que dura la aventura de la vida, sino que la convertirán en un objetivo de misión que les otorgará esa alegría y esperanza que solo regala la vivencia profunda y radical del Evangelio. Que El Señor nos otorgue la fe, y con ella la Gracia, de no permanecer prisioneros de los atractivos reclamos del mundo, sino comprometidos con la misión a la que cada uno está llamado.





























