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  4. Eichman o el volumen del mal

Manuel Lozano Garrido habla en este artículo de una persona que, en aquel tiempo, estaba de actualidad: Adolf Eichmann, a la sazón criminal de guerra que moriría, después del correspondiente juicio tras su captura, el 1 de junio de 1962 y, por decirlo pronto, era la encarnación del Mal.

Lolo se queja, justamente, de que haya personas que crean que tienen la potestad o legitimidad de acabar con la vida ajena con una facilidad más que vergonzosa. Y eso le pasaba a Eichmann.

De todas formas, frente a alguien así (o a muchos otros alguienes así) siempre hay que oponer el bien que hacen otras muchas personas que son el reflejo de una humanidad que sabe dónde va y a qué debe atenerse. Y eso, casi seguro, es lo que nos puede salvar.

 

 

Publicado en “Signo”, el 20 de enero de 1962.

 

De nuevo Eichmann y sus seis millones de judíos ejecutados. Otra vez el escalofrío y la dentera de un abismo brutal y primitivo que se abre a los pies de una civilización ultraavanzada. Los ojos de todas las criaturas se desorbitan, y con razón, ante un espectáculo en el que la perversidad se remonta hasta la cumbre del virtuosismo. Pero Eichmann, con toda su delectación, no hace sino plantarnos de cara a un problema que carcome las entrañas del mundo, aunque se consiguiera podarlo de cámaras de gas, criaturas muertas y pueblos errantes: el mal puro y simple, sin limaduras ni evasiones.

Con lo malo pasa como con los guisos, que se perdona que la cocinera se cuele en la sal dentro de cierta moderación. Un hombre la “corre”, y se le acepta lo suyo como una trapisonda “necesaria” de soltería. En la juventud se amortigua la barbarie del vicio. Pero cuando la perfidia aparece en toda su bárbara desnudez, sin concesiones; cuando a un hombre nos lo figuramos ante un tablero, consciente, traslucido, y con las manos va ejecutando lo que le dice la inteligencia, que es que pinche fríamente las vidas de sus semejantes como si se tratara de las crisálidas de los museos, entonces un grito de repudio y de rebeldía se nos engalla con fuerza. En el ángulo infinito de la perversión que descubrimos, ese matiz puro y rotundo del mal, es también nuestro posible horizonte de degradación el que queda al aire. Los Eichmann escuecen tanto por su crueldad como por su posibilidad de reflejarnos. Y no: hay que restaurar el valor hediondo de la maldad apta para menores, desenmascarar, en fin, al Landrú, al Pelliot o al Eichmann que todos llevamos dentro.

Pero, a la vez, la degradación, el volumen y la acumulación de la perfidia no pueden llevarnos a una visión del mundo con lentes de carbonero. Aunque posesionáramos sobre un estadio, simultáneamente, todos los crímenes del mundo, con los genocidios, los niños que no nacen, las gentes que no comen y el áspero mundo de la mordaza, nunca cabría arriar la enseña del optimismo. También a la derecha, del lado de las estrellas y de las luces, el bien se nos pierde en la anchura de un límite infinito. Entre lo blanco y lo negro, la bondad y prevaricación, los hombre, todos, flotamos en un ámbito sin fronteras. En potencia, a cada criatura la taja de arriba abajo un semicuerpo de bien y una naturaleza de fango, pero el rumbo de la esperanza nos lo pone a nosotros la valoración de riquezas de la bondad. El equilibrio de medida lo quiebra la naturaleza útil y divina del bien. Con cuarenta hombres buenos y cuarenta hombres malos, la gravedad se inclina por las criaturas decentes. Es la raíz perpetua y fecunda de las cosas que les da su acento de oro y de diamante. Como no se libera la misma energía en un átomo de uranio que en una cabeza de cerilla; como no es tan nutritiva una brizna de bicarbonato como una gragea de vitaminas, así al mundo hay que ponerle los apellidos de gloria y de triunfo que le ganan los que forjan su grandeza en la llama del valor, la honra y el sacrificio. Tiene razón parcialmente la tristeza cuando nos da a leer las menudencias de los campos de exterminio, del mundo del látigo o de la injuria, pero sobre las cimas de los rascacielos, y más alto, se coronan los hombres que queman las pestañas ante el microscopio o dejan la vida voluntariamente en las selvas, las direcciones de los hospitales, las escuelitas de aldea o el servicio anónimo de los demás. A cada Eichmann les corresponde su Anne Frank. Al millonario que dilapida al “bacarrá”, un abbe Pierre que siembra el corazón. Por los Robirosa o las B.B., los Guy de Larigoudie o las Edith Stein. El mundo tiene más el signo de la levadura de los hombres buenos.

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