“La tentación del desaliento”. Poco antes del texto aquí traído, Manuel Lozano Garrido escribe eso. Y es que no es nada extraño que haya ocasiones en las que el hombre siente eso, que está a punto de naufragar y que se hunde el barco de su vida. Y es que el cansancio puede hacer que veamos las cosas con un cariz un tanto pesimista pero nos puede ofrecer una claridad de visión sobre las cosas en la que nos constan detalles que antes no éramos capaces de percibir.

De todas formas, quien tiene fe en Dios Todopoderoso sabe que el Padre siempre está ahí, que nunca nos abandona y que nos ama sobremanera. Y eso siempre levanta el alma, incluso la más alicaída.

 

Publicado en «Mesa redonda con Dios», pp. 143-144

 

Buen Dios: S.O.S.

No puedo más. Noto como si tuviese una grúa sobre los hombros y fuera a dar el estallido. Lo que más me pesa es la fuerza de la propia debilidad. Todas las mañanas diciendo de ser mejor y ¡bah!: a la noche, una nulidad. Soy como un erizo, que pincha, que pincha a todo su alrededor. Aunque los otros, también barro. Ya nos ves, cotilleando en la oficina. ¿Por qué a solas seremos los hombres tan pobres? Miro y por todos lados veo criaturas vulgares, como si el mundo estuviera hecho para verlo sólo con lentes ahumadas. Criaturas, además, que guerreamos, nos ponemos zancadillas y nos acechamos. ¿Qué misterio es el de las tinieblas del hombre?

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En este momento llueve y relampaguea sobre mi vida, pero apenas si importa. Cierro los ojos y no he de abrirlos hasta que no sienta una claridad sobre los párpados: el sol de tu felicidad, que está como una cinta en el horizonte y desciende todos los días sobre la frente de las criaturas. No estoy triste, que Tú me cantas. No me rindo, que Tú me levantas. Espero, espero siempre, porque sé que nunca defraudas.

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