LA VANGUARDIA ESPAÑOLA
Miércoles, 28 de enero de 1970
por Francisco Javier Martín Abril


En España existe un escritor y periodista varado: Manuel Lozano Garrido, de quien yo hablo de vez en cuando, porque creo que tengo obligación de hacer propaganda de este fenómeno: el fenómeno Manuel Lozano Garrido, por no decir, como sería más exacto, el milagro Manuel Lozano Garrido.

A este hombre Joven, escritor verdaderamente excepcional, no lo conoce mucha gente. Tiene una pequeña clientela Incondicional. Porque el que lee un libro de Lozano Garrido, se convierte en seguida en Incondicional de Lolo, como le llamamos sus «amigos íntimos».

No pretendo hacer literatura a costa de Manolo. Me quedaría corto. La buena literatura, la sublime literatura, la hace él, como buenamente puede, desde su sillón de ruedas. Prefiero contar, levantar acta, como un modesto notario del periodismo. Al levantar acta, levantaré la liebre. Manuel Lozano Garrido, autor de libros estremecedores, en la linea de San Juan de la Cruz —no pongo reservas a lo que digo—, era un mozo fuerte: el más fuerte de los hermanos. Pero por un accidente que no hace al caso, Lozano Garrido se fue quedando paralitico, sin que él dejase de sonreírse
y de animarnos a los demás con sus agudezas iluminadas y trascendentes.

En su libro «Dios habla todos los días» nos cuenta la experiencia de su enfermedad: dolores dia y noche, medicinas, los puntos de apoyo de su guardia fiel, el magnetófono, la oscuridad… Porque Manuel Lozano Garrido hace ya tiempo que se quedó ciego.

A más dolor, más alegría. A más sombra, más luz. A más parálisis, más Inquietud en su fuerza
Creadora. ¿Comprendemos nosotros, hombres vulgares, el caso —porque «es un caso»— de Manuel Lozano Garrido?

¡Qué misterio, Señor, qué misterio!

lolo en su silla de ruedas sonrie

Beato Lolo, primer periodista seglar elevado a los altares

Recientemente, la ciudad de Linares ha rendido un homenaje a Manuel Lozano Garrido: un homenaje sin contrabando, limpio de polvo y paja.

Su ciudad le ha nombrado hijo predilecto y ha dado su nombre a una calle. Hemos asistido sus amigos de siempre. Allí, en su casa de Linares, estaba el escritor varado: una pavesita. Pero ¡con cuánta serenidad y con cuánta alegría! Parece que mira desde la fuerte ternura de su sillón de ruedas, la cabeza inclinada, los ojos de Invidente que lo ve todo, las manos, ya no manos, como los últimos muñoncltos de unos árboles consumidos.

Lo mismo que al famoso escritor francés, le ataban una pluma a la mano. Ya no es posible ni esto. Manolo dicta, graba, escucha lo que le leen.

Y se ofrece como «otro Cristo» por todos nosotros; en especial, por los que nos dedicamos a escribir y por eI éxito de tales libros y de tales periódicos. ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa?

Lolo es una fiesta de dolor. ¿Un santo de nuestro tiempo? Ninguno de sus amigos lo dudamos. Yo, al abrazar a Lozano Garrido, no he podido articular palabra. Se me salían las lágrimas. Me quedé mudo de repente. En cambio, él hablaba como si tal cosa, preguntándome por todo lo mió: por mi mujer, por mis hijos, por mis literaturas, por mis minúsculas goteras.

Lucy, su hermana —ángel, samaritana, «todo»— le viste, le acuesta, le da de comer, le pone en comunicación con el mundo. Y su médico, y su capellán, y su secretarla, y la muchachita de las faenas hogareñas, y sus vecinos…

Se anuncia ahora un nuevo libro de Manuel Lozano Garrido: «Repórtajes desde la cumbre». Soliciten ustedes este libro. Dirección: «Comisión Libro-Homenaje a Manuel Lozano Garrido. Cristóbal de Olid, 3. Linares. (Jaén.)»

Se acaba de constituir la Asociación de Amigos de Manuel Lozano Garrido [recordamos que es un artículo escrito en 1970]. Dirijámonos a las mismas señas y demos nuestro nombre. Es una bella empresa: la de asegurar el futuro del escritor varado, un escritor que vive de milagro.

Yo estoy seguro de que aquí, en Barcelona, tan generosa siempre, se movilizarán muchas fuerzas. Compañeros: ¡acudid al llamamiento! Nosotros podemos ver la vida, viajar, leer, escribir. Sin ayuda de nadie. Manuel Lozano Garrido, que sigue teniendo una mente privilegiada, no puede moverse, no puede ver el aire de cada día.

Aún siento en mi corazón las palabras bellas y hondas de Lolo. Me decía una y otra vez: «Quiero que nos hagan una fotografía juntos». Y yo, porque tenía un nudo en la garganta, no pude decir nada.

Francisco Javier MARTIN ABRIL

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