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Algo así como las manos, las nuestras sin ir más lejos, no en pocas ocasiones, son tenidas por poco importantes. En realidad, como nos dice el Beato Lolo, son cruciales en nuestra vida y para nuestra existencia, pues muestran más que mucho de nuestro ser y estar.

Hay algo, sin embargo, que es a la vez tierno y terrible, verdad y gozo: se pregunta Lolo que para qué sirven las manos de un viejo o de un, llama él, inútil (a sabiendas que él mismo se incluye en tal calificación) Y su respuesta es grande: sirven, al menos (ni más ni menos, decimos nosotros) para orar, en actitud de plegaria a Dios y, así, con relación directa con lo eterno. Casi nada.

Orar, pues, con las manos; orar, entonces, desde ellas y hacia Dios que también las ha creado.

 

 

Publicado en Prensa Asociada el 26 de junio de 1966

¿Por qué se miran tanto las manos los niños desde que nacen?

Los que nacen y todos los demás, como también los hombres; porque las manos son un espejo que enseñan bastante más que los rasgos de nuestra cara. Dicen lo que no dice la superficie de un lago o el cristal de nuestro tocador: el perfil de nuestra alma.

La niña de «El asceta”, de Tagore, le preguntaba al Sanyasi: ¿Tú sabes leer en las palmas de las manos?

-Creo que podría – le contestaba él- . Pero un día llegará en que he de saberlo todo”

Tan mínimas, tan leves, las caras de las manos producen escalofríos, porque también la verdad, cuando es honda, nos deja tiritando. Tan simples, tan reducidas, guardan secretos y caminos que nunca conocen la limitación.

“La palma de tu mano – insistía el Vasanti – es tan grande como la tierra, donde todo cabe. Estas rayas son los ríos y aquí están los montes”.

El mundo…, nuestras manos; pero, sobre todo, nosotros mismos, proyectados en conciencia. Cuando Macbeth acaba de consumar su felonía, su propia mano es el primer grito acusador del magnicidio:

-Esta mano mía enrojecería la mar innumerable, tiñendo de encarnado lo verde de sus aguas.

Muerte: la primera palabra de todas las manos. Un día, cuando apenas empezamos a hacer uso de la razón, alguien nos abre los dedos y va señalando en medio.

-Fíjate, las arrugas de las tuyas hacen una M, que viene a significar Muerte. Lo que quiere decir que moriremos. Por añadidura, ahora, también la ciencia viene y remacha sobre el clavo. “En adelante se ha de poder dictaminar el cáncer de una persona por la palma de sus manos, tan sólo con observar ciertas características de las callosidades de las palmas”.

A mí, como a todos, aquella inicial revelación de la existencia de la muerte, me trajo la primera dramática cavilación de mi vida. Pero, la vida también, en su experiencia, se encarga de dar exactos perfiles a las cosas. La misma adolescencia, con su incontenible y avasalladora vitalidad, se ocupa ya de cambiar casi inmediatamente el simbolismo de nuestras palmas. Más que «morir», la mano dice que lo que de verdad somos es un Misterio, “un hermoso misterio”, decimos nosotros. Hay quien, como el propio Macbeth puede oír una voz de remordimientos. “¿Qué manos son esas que me arrancan los ojos?”. A otros, en cambio, sus callosidades, más que de muerte, pueden hablarles del noble orgullo del trabajo y las obras de bien.

En realidad, esa letra que a nadie nos falta delante de la cara, pienso yo que verdaderamente es la inicial de la palabra Milagro. Una fuente creadora, la raíz de un mundo de sorpresas, un prodigio, en fin, son nuestras manos. Aún mecánicamente, la mano de cualquier hombre tiene asegurada la Primera Medalla de todos los Concursos de Inventores. No hay herramienta o pieza de trabajo que cumpla sus funciones. Las manos hacen, con ventaja, de martillo, alicates, cuchillo, tenazas, destornillador, tijeras, peine, llave, palanca, ganzúa, percha, peso, arado, excavadora, remolque, y mil otros usos.

Pero las manos desbordan los límites de la perfección mecánica para entrar en ese ámbito maravilloso que es la expresión ideológica y sentimental. Con ellas, acariciamos, consolamos, orientamos, repartimos, enseñamos, olvidamos, creamos, hablamos… De algunos hombres se llegan a escribir biografías, pero todas sin excepción dejan redactar la propia con la actividad de sus palmas. Nuestra sangre circula por venas y arterias, pero la salida más fácil del corazón es por los brazos y los dedos. Se circula espiritualmente tan fácil por ellas que allí está nuestro mejor retrato emotivo. Somos buenos o malos y ellas lo son; odiamos y, en las falanges que se crispan, está, feo y torvo, nuestro rencor; amamos y en las yemas de los dedos tiembla dulcemente nuestra caricia. Llevamos siempre el alma en las manos y, a ver si a esto no se puede llamar un milagro.

No importa que haya “muñecas” sobre las que muchas veces han de caer unas esposas. Las de la mayoría son como palomas mensajeras, que vuelan en esperanza y libertad. El signo positivo de la Historia lo han escrito millones de manos ennoblecidas y el porvenir tiene la misma pureza que sus sueños y afanes. Manos más o menos trabajadas, perfiladas o toscas, todas bellas, todas grandes. Y es que, en realidad, las manos de los hombres lo que guardan aún caliente es, en semejanza, aquel otro antiquísimo prodigio de unas manos inmensas que fueron modelando cálidamente en el principio el mundo, las cosas y la vida, el hombre y su destino. ¡Qué gran lección diaria, qué radical examen de conciencia, el espectáculo de nuestras manos a la hora de dormir!

¿Y las manos de los ancianos o los inútiles? ¿De qué valen? ¿Qué pueden hacer? Quietas, una sobre otra, extremadamente entorpecidas, ellas tienen aún, antes y después, -diría que permanentemente-, más que el recurso, el feliz deber y la misión de la plegaria. Unas manos así, rezando, lo que verdaderamente tienen escrito entonces es una E; la “e” de lo eterno.

Mis manos. Bienaventuradas vosotras todavía.

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