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Lo que hace Lolo en esta entrevista debió gustarle mucho y es seguro que gozó con ella. Y es que se refiere a la montaña y a su Quesada donde está el Santuario de la Virgen de Tíscar, tan querido por tantas razones y motivos para él.

El hombre a quien entrevista es un Guarda Forestal (y ponemos las mayúsculas porque las merece) que, muy esforzadamente, trabaja en la montaña y allí vive con su familia. Su vida y, es verdad, milagros (por tal como es su situación allí) son para tener muy en cuenta.

Ciertamente, no sabemos si cuando dice Ramón Díaz Jorquera (que es el Guarda Forestal) que en verano lleva a sus hijos a una escuela que se prepara en el Santuario y que “un gran hombre, un maestro que allí veranea” , se refiere al mismo Lolo que veraneaba en aquellas tierras. Nosotros, de todas formas, lo podemos imaginar haciendo eso. Y Dios… siempre ahí.

 

 

Publicado en Signo, el 25 de octubre de 1954.

 

EL GUARDA FORESTAL, colono del SIGLO XX

Alguien se lanza al Atlántico sobre una balsa de leños, y la Prensa, naturalmente, le sirve con titulares heroicos. Otro ser vive en tierra años y años la misma incruenta batalla y apenas hay quien caiga sobre, el valor de su renuncia. El guarda forestal es un náufrago voluntario en roca firme, con la misma embestida salvaje de la Naturaleza, con idénticas soledades abrumantes, con análoga muralla de distancias y tempestades.

– Es una vida que me agrada, porque ha sido más desde que nací. Veintiocho años la tuve con mi padre y catorce llevo ahora de casado. Y, sin embargo, algún día me obligará a dejarla, con dolor, la educación de los hijos.

Ramón Díaz Jorquera nació pues, en una casa forestal y ahora cumple entre pinos sus cuarenta y dos años robustos. Su residencia, cuadriculada por una faja inmensa de árboles, la tiene en La Presilla, a cuatro kilómetros montuosos de un santuario solitario, y a 14 de la ciudad más inmediata: Quesada, en Jaén.

La romería anual es el día grande, único, de las gentes de la montaña. Ramón se ha puesto hoy el uniforme nuevo de pana y se ha bajado con la mujer y los cinco hijos a que los chavales coloquen su hierbabuena en las andas de la Virgen y a comprarles turrones y roscos de baño.

– Su porvenir es mi gran preocupación. En verano los mando a una escuela que monta en el santuario un gran hombre, un maestro que allí veranea. Ocho kilómetros que ellos se hacen con gusto. Pero es sólo un mes. En el invierno apenas tienen los días que a mí me obligan a quedar en casa las nevadas.

– Junto a la educación, ¿cuál es su mayor problema?

– La falta de médico. Aún pienso con escalofrío en la pulmonía que tuve hace poco. Hubo que ir por el médico con más de un metro de nieve en los caminos, y traerle en caballería.

– ¿Cuánto gana un guarda forestal?

– Mi sueldo es 930 pesetas. Por cinco hijos tengo una ayuda familiar de 1.031 pesetas. Además, dos pagas extraordinarias y un tercio de las multas.

– ¿Y el abastecimiento?

– El Patrimonio nos deja para cultivarlas, 64 áreas de tierra. Patatas, trigo, verdura y fruta las resuelven ellas en parte. El monte da setas, espárragos y nízcalos. Por cada cinco de familia podemos tener una cabra. Con más hijos, dos y una caballería.

– ¿Y el resto?

– Hay que bajar a comprarlo a la ciudad y se almacena para el invierno. Las primeras lluvias dejan ya a uno enterrado para meses.

– ¿Y entonces?

– No hay otro recurso que sentarse a la lumbre, mientras fuera aúlla la zorra o el viento y cantan los búhos. La nieve cubre puertas y ventanas, y entonces se hacen todas esas cosas que se han ido dejando de un día para otro: mi mujer le da a la aguja; yo reparo menudencias, y los chiquillos desgranan piñas y leen. Y aún sobran horas y días para vigilar, porque el tejón acecha las gallinas.

– ¿Qué obligaciones son las del guarda?

– Vigilar el monte y las lindes, inspeccionar los pastos, anotar el pesaje de alquitranes, señalar los árboles para la corta y cuidar por la veda de la “capra hispánica”, que pudo desaparecer.

– ¿Ya no hay peligro?

– Lleva dieciocho años de veda y aún se la ha prolongado otros tres. Se ha extendido mucho y ahora se mueve confiada. Hace poco me avisó un leñador de que una se me había metido en la huerta. Tuve que ir y alejarla a pedradas.

– Ramón, ¿y Dios?

– Dios está a nuestro lado, guardándonos cada día. Mis hijos ven siempre su mano en las maravillas que ha puesto en la Naturaleza.

Imagen: de Todocolección

Nota de quien esto aquí pone: la Santa Providencia de Dios ha querido que encontrase, para imagen de este artículo de Lolo referido a una persona que trabaja en Quesada, en la Sierra de Cazorla, la de un libro dedicado, precisamente, a un Guarda Forestal que también trabajaba en la misma Sierra. En fin, las cosas de Dios son así…

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