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  3. El libro “Jesucristo, lección y ejemplo de educadores», fuego para la vida y las obras

Como hace en otras ocasiones, Manuel Lozano Garrido, a la sazón Beato Lolo, entra en el mundo de los que otros han escrito. Es decir, tiene la buena costumbre de proponernos buenos libros con los que formar nuestro corazón y levantar el alma.

Que Jesucristo sea tema de su especial cuidado no es nada extraño. Y es que sabemos que el Hijo de Dios era buen ejemplo de muchas cosas. También, como podemos ver en el artículo de hoy, de educador pues educó, y cómo, a todo aquel que quiso dejarse educar.

El libro de Serrano Haro, Agustín, entra en aquello que supone de bueno y mejor que hizo en su vida de predicación Aquel que quiso enseñar, de la mejor manera posible (la suya), lo que de verdad importa.

 

 

Publicado en Vida Nueva.

 

Una verdad es un tesoro que enriquece al ser poseída. La misma verdad, comunicada por una experiencia, añade además la cordialidad de un testimonio. Cristo no sólo es el más conveniente moderador de almas, sino que su doctrina se afianza como la pedagogía por excelencia, con cauce a la perfección.

Viene esto a cuento porque ahora en un libro un hombre se acerca a decirnos que al educador le es sustancial copiar en propia fisonomía la de Cristo y lo hace echando por delante sus casi cuarenta años de forjador de almas, su nombre -que descuella entre nuestra intelectualidad formativa- y, sin él quererlo, su hermosa ejemplaridad cristiana.

La figura del que ha de tallar el corazón de las criaturas, desde que prende la vocación hasta que se la pone en coyuntura de actuar, y todo el mundo complejo de su actividad, son enfocados a la luz del Evangelio. Desde el principio hay aquí una supeditación intencionada de la erudición. La literatura de especialidad Serrano de Haro la conoce como pocos, pero en “Jesucristo, lección y ejemplo de educadores”, hay sólo la bibliografía necesaria. Lo esencial es el Evangelio; no un Evangelio de laboratorio, sino “encarnado”, con latido de arteria y experimento íntimo. Lo demás queda rebasado por la idea de Jesús, apasionadamente soberana. Lo que a Serrano de Haro le ha ocurrido le apremia para esta instauración de Cristo en la entraña del educador. La consecuencia es el ardor y la urgencia de un hallazgo que devora, prisa e intimidad -deseo de comunicación- que se traduce en un llamear de estilo. Cada palabra es una antorcha que redondea una fórmula de bienaventuranza.

Pero además lo saludable es que la posible pesadumbre doctrinal la sortea ese riquísimo anecdotario que se va dosificando. Sin alarde, hay soterrada toda una interesantísima biografía. Ese camino que desde los abruptos caseríos rurales de Guadix lleva hasta la alta inspección de nuestra enseñanza, a lo largo de mil pericias, está aquí expuesto con modestia y encanto, conservando el eje del heroísmo sobre el que gira la vida del maestro. En esta composición es donde una vez más destaca la técnica de adaptación y amenidad de un autor que ha sabido alcanzar cuantiosas ediciones populares.

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