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Cuando el Beato Manuel Lozano Garrido se adentra en el mundo de la poesía estamos seguros de que lo hace desde un corazón tierno y gozoso. Y es lo que hace ahora cuando, por decirlo así, toca un tema tan de querer como es el nacimiento del Hijo de Dios.

Aquellos pastores acudían a Belén después de haber escuchado que un Ángel les había anunciado el nacimiento de Alguien de una importancia vital. Por eso cuando están ante Jesús sólo quieren que eso no termine nunca y que, en fin, aquel Niño quede allí con ellos.

Dicen los pastores que el Niño es “Alba”. Y ciertamente lo fue y lo es porque supuso y supone un nuevo día, aquel en el que Dios quiso salvar al hombre y se encarnó de una Virgen que siempre lo había sido y lo fue. Y ellos no querían perder aquel momento y, seguro, siempre lo tuvieron en sus corazones.

 

 

Publicado en Cruzada, en noviembre-diciembre de 1951.

 

Niño, Divino Niño.
Desde que Tú nos miras,
nos quema el pecho un ansia de eternidad ardiente.
Desde que Tú sonríes,
florecen en las sendas dulzuras inefables.
Si rompes a llorar,
rezuman de dolor los corazones nuestros.
Por eso, en esta noche de lucerío estático,
queremos desgranarte la rosa de una súplica:
Niño, Divino Niño. Quédate con nosotros.
Son rubios tus cabellos como el trigal maduro.
Tus ojos claros tienen
la luminosidad de inmensas primaveras.
Tu faz es sonrosada
como el fulgor del rayo crepuscular de otoño.
Y en el rosal de sangre que es tu boquita en flor
palpitan rumorosas esencias que cautivan.
Por eso te decimos:
Niño, Divino Niño. Quédate con nosotros.
Infante de Belén:
la gracia omnipresente,
la línea inaprehensible de una belleza azul,
y el gozo recamado, reflejos son de Ti.
Alba latente sois
que con su luz satura de incandescencia el aire.
Por Ti discurre en éxtasis la linfa del arroyo.
Por Ti las aves comban armónicas cadencias,
el lirio leve escancia su surtidor de olores
y en el azul henchido crepitan los luceros.
Por Ti vierte el crepúsculo efluvios que eternizan.
Sin Ti se nos diluye la vida en amargura.
Sin Ti en las majadas, nos aprisiona el llanto.
Sin Ti los corazones son nidos de zozobra.
Por eso te decimos: Quédate con nosotros.
Y para Ti serán
las noches de la sierra,
el son de las esquilas, la rubia mies de mayo,
el fruto desbordante de los campos de Rut,
y el alma indefinible de todos los pastores,
su corazón de llama para tus miembros gélidos.

Por eso te decimos:
Niño, Divino Niño. Quédate con nosotros
que Tu presencia infunde
amor y eternidad.

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