Hablar de las minas, en su Linares natal, es como hacerlo de algo muy personal pues, aunque nunca se haya trabajado en una ni se haya pasado por sus galerías, el ser propio del pueblo que es minero ha de llegar al corazón de todos sus hijos. Y eso pasa con Lolo.

Ciertamente, el caso que nos presenta seguramente no es único en el mundo porque hay muchas conversiones diariamente. Sin embargo, la entrega en un trabajo, mediando la espiritualidad de la razón que le ha llevado ahí, muestra hasta qué punto Dios siempre confía en sus hijos y nunca los deja de lado o se aparta de ellos.

El Beato Lolo nos muestra un caso, sí, particular, pero ejemplo a seguir por parte de aquellos que se den cuenta de que una vida especial, la entregada a Dios aplicando el ora et labora no es imposible. Y, en todo caso, todos laboramos, de una u otra forma… ¿no debemos orar?

 
 

Publicado en la revista PAX, el 15 de octubre de 1956

 

Va ya para tres años que una noche, a la hora de tomar el carburo para el turno, los martilleros de una mina jiennense vieron por primera vez a un extraño que. misteriosamente, se les incorporaba al equipo. De unos veinticuatro años, callado y poco remiso a los trabajos duros, algo como una expresión afinada, que le traicionaba por entre el hatillo, les hizo montar en guardia durante toda la jornada. Ante la acogida, el muchacho, modestamente, pidió instrucciones, se limitó a trabajar, y, cuando le llegaba su suerte, prolongaba voluntariamente el turno de la perforadora. Sin embargo, su “aire” y la abstención de palabras soeces no pudieron evitar ciertas sospechas. Al cruzarse en galerías con esportillas y vagonetas, los compañeros se comunicaban las impresiones, y bien pronto surgió la hipótesis de un espionaje. Pero no; pasaron las semanas, ciertas anomalías de trabajo quedaron sin denunciar y “el nuevo” continuó acusando compañerismo y un sincero afán de ayudar a todos. Aconsejó, cumplió a veces el solo la mayor parte del destajo y días hubo que hizo “endoble” por alguno que estuviera en apuros. Demostrada la no peligrosidad, su trato afable y sencillo fue desmontando una por una las piezas del encono hasta llegar a la relación sincera. Sólo una barrera quedó más cerrada que nunca: la de la religiosidad que acusaba él en su vida.

– Mira, Eduardo, ya sabes que te apreciamos mucho, pero déjanos de monsergas. La religión se da en los ricos y ya conocemos sus injusticias.

Y así continuaron los días, con la amistad de unos y la rivalidad de otros, a los que capitaneaba Andrés, un expertísimo barrenero.

Un punto en el mapa

Tiempo antes de este relato, apenas concluida su carrera jurídica, Eduardo Sierra había montado en pleno corazón de Barcelona un bufete por el que desfilaría una basta clientela atraída por el acierto de su gestión.

Honores y éxito los dejó un día el joven abogado para llamar a las puertas del Noviciado que en Bélgica regentan los Padres Blancos.

Pasaron los días y una tarde hasta los claustros misioneros llegaron, para su retiro habitual, un grupo de “Petits Fréres”, los miembros de esa comunidad que realiza un empeño combinado de oración y trabajo laboral. El contacto con los religiosos trabajadores puntualizó en el abogado un matiz más concreto de su vocación: la de contribuir con el propio sudor en el tajo a aminorar “el gran escándalo de la apostasía de las masas”. Consultada la decisión, el Superior no hizo sino alentarle a la prueba, que empezó a cumplirse en los socavones de las minas belgas. Sin embargo, cuando el experimento entraba en su fase crítica, cierto conflicto de producción vino a crear un problema de paro que alcanzó de preferencia a los obreros extranjeros y, por tanto, al español, que recibió el despido. Entonces, Eduardo Sierra se vino a las minas de plomo de Jaén.

Frente a un ideario

Se ha abusado tanto con los obreros de la palabrería sin el respaldo de la conducta, que han acabado por repudiar toda doctrina que no venga ya hecha carne en el hombre que la predica.

Si Eduardo Sierra hubiera alzado el púlpito de primeras, hubiera malgastado su caminata desde Bélgica. Sólo cuando se le vio haciendo frente a la vida con un jornal ganado por él, se le dio al fin, el derecho de beligerancia. Porque como ellos, aquel sí que era uno más que inmola su esfuerzo en la pira del trabajo.

Naturalmente, desde entonces sus compañeros empezaron a comunicarle sus inquietudes, que le llegaban con una preocupación social traicionada por la cizaña marxista. Así, por ejemplo, Andrés, el opositor más destacado, era un hombre que creía a pies juntillas el programa social comunista.

Una luz en lo hondo

He aquí cómo narra Andrés su conversión:

Yo no digo que fuera milagro, porque yo no merezco un milagro, pero lo cuento como me sucedió. En las minas yo trabajo como pegador, o sea, el que prende fuego a los barrenos. Aquel día, como siempre, había ido quemando una por una, las mechas y echaba a correr por la galería para guardarme de la explosión cuando una gota se desprendió del techo con tan mala suerte que vino a apagar la llama de mi carburo. A oscuras y desorientado, los segundos tenían un paso trágico. Fue entonces cuando manipulé con ansia en el mechero y, como fuera inútil, me salió del alma este grito:

-¡Dios mío, ayúdame!

Y esta vez, sí, la chispa surgió y pude ir hasta un recodo con el tiempo justo para librarme del estallido. La onda expansiva me dejó otra vez en tinieblas, pero ya, resguardado, pude dar tiempo a que me auxiliaran los compañeros.

Fue algo providencial, pero lo más asombroso viene ahora: Cuando, ya fuera, revisé el mechero vi, con espanto, ¡que tenía gastada toda la piedra!

La conversión de Andrés la secundaron otros mineros. Ahora todos, constituidos en grupo, estudian las características del mundo mejor para llevar su mensaje a los hombres que laboran. Por lo pronto ya edifican con la aceptación del esfuerzo y el ejemplo. Uno de ellos, que un día se vio impotente para cercenar una conversación blasfema, no tuvo más remedio que arrodillarse en la escoria con los brazos en cruz. Los otros, reaccionando, le pidieron perdón.

Todo esto lo ha podido un joven (del que, intencionadamente, hemos alterado el nombre) que se hizo martillero sólo por Cristo. Su secreto es el de una caridad heroica que se nutre con cinco horas diarias de oración. Su triunfo no es sino un caso más de cristianismo consecuente.

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