En realidad, no sabemos si Lolo se refiere a sí mismo en los acontecimientos que, apoyándose en Belén, nos trae en este artículo. Sin embargo, es seguro que se refiere a una persona que se encuentra postrada en la cama por enfermedad que, perfectamente, podía ser él mismo.

El repaso que hace a ciertos momentos del nacimiento del Hijo de Dios en Belén los trae al hoy, al entonces de 1965, y va refiriéndose a la enfermedad que padece quien esto escribe (o referida a otra persona) Y así une, en un mismo momento, aquello que sucedió en la primera Navidad de la historia y el hoy mismo.

Hay algo, sin embargo, que sí apunta a Lolo: todo lo que pasa es doloroso pero “no triste”. Y es que palabras como “alegría” y “esperanza” conforman el devenir de quien, pese a su enfermedad, sabe muy bien qué es lo que vale la pena.

 

 

Publicado en la revista Enfermos misioneros, en diciembre de 1965.

 

¿Cuántas figuras de barro salen hoy de los desvanes para ser desempolvadas y bruñidas por el cepillo de la ilusión? El niño, las chicas, los padres y todo ese dorado enjambre que bulle en el seno de la familia, se centran estos días alrededor de un tablero para resucitar lentamente el suceso que más ha conmovido a la procesión de las generaciones. Pasarán los Reyes y un buen día los personajes modelados volverán, no sin nostalgia, a ese largo reposo del tonelito que sirvió para las uvas de fin de año.

Pero Belén va más allá de los simples recuerdos para enseñorearse de los tiempos, la geografía y la caducidad de las vidas. Belén es milagro vivo de cada minuto, palpitación real, mensaje de estreno continuo, fuerza que vive siempre fresca sobre la peripecia de los mundos. El hecho del Cristo Niño agiganta a la aldea o nos apiña a los hombres para meternos a todos con holgura en su clima de amor.

Por su generosidad, su poder y su grandeza, Cristo nace realmente en cada hombre de nuestro tiempo que no pueda vestir su corazón de zamarra y vivir sus horas de humildades ante los pies ateridos del Niño.

Sobre las realidades físicas, la Nochebuena de 1965 reserva también en el Portal una parcela para las criaturas que ya nunca pisarán humanamente los caminos de arcilla.

Aquí tienes hoy, Niño bendito, a un leve puñado del gran corro pastores del dolor del siglo XX, que se dan la mano en torno tuyo para que mires gratamente su espíritu de colaboración y lo hagas también redentor.

EL CAMINO

“Subió también José para inscribirse en el censo juntamente con María…” (Lc. 2, 4-6)

La consulta era a las cinco, pero el coche vino a las tres y cuarto porque, por la inflamación, ya no puedo hacer la flexión de la rodilla, y se me hace difícil montar y el viaje. Por añadidura, también la antesala, esa galería de criaturas dolorosas que me obligan a pensar en el futuro. Cuando entré en el reconocimiento, la espera me había convertido las articulaciones en un alfiletero, me pesaron (¡ay!), me dieron una sesión de onda, me pincharon en la espalda, y me dijo el médico que había llegado en buena hora (?), pero que antes tenía que ir al especialista de nutrición, al internista, al cardiólogo, etc. Luego vendría el tratamiento. Sabía lo de mis dolores, pero que no tomara aspirina.

Volví más cansado que nunca y, con la veda de los calmantes, oí campanear todos los relojes de la noche.

Todo esto es muy doloroso, pero de ninguna manera triste. Tiro una raya al final de un futuro en blanco y debajo pongo las palabras “alegría” y “esperanza”. Lo digo de cara a ese misterio de José y Maria camino de Belén, yo también empadronado en los casilleros de las clínicas y especialistas. Tú, Señor, un día, acabarás en Cruz, ya lo sé, y porque tengo conciencia de ese destino gemelo de nuestras vidas, te doblo las rodillas del corazón y subo hasta la banderola de mi alma los limpios colores de esa alegría tuya que no deja resquicio más que para los sentimientos de paz, de fe y de hermosa esperanza.

LA CUEVA

“No había para ellos lugar en el mesón…” (Lc. 2, 7)

El viaje me resultó casi interminable por la lentitud y la necesidad de caminar despacio por los dolores; como lo pensaba, no me han operado. Dos meses en el sanatorio; y el doctor… siempre que el sábado, que lo dejamos para el martes, que la otra semana. Cuando lo decía, se extrañaba de ver siempre mi gesto de incredulidad. Desde hace cuatro meses que sentí prolongarse la ronquera y se me enredaron las piernas al levantarme, he leído y sé tanto de la enfermedad como él y sus ayudantes juntos. La sombra de esa palabra llana que termina en r y se acentúa, el mal del siglo, la tengo grabada en la realidad de mi vida y en el conocimiento. Una semana o quince días; puede que un mes, y los ojos que me miran detrás del azul del cielo y los empezaré a ver en toda la profundidad de su ternura, ya sin telones. Para mí, no hay lugar en las camas de los sanatorios ni en la mesita de los quirófanos, pero Tú, mi Niño, tienes una gloria ancha, con una almohada de felicidad en la que siempre se reclina la cabeza con dulzura. Por si no escribo más, quiero llenar con firmeza unas líneas de mi diario. Pongo así: “Hoy se hace más necesario que nunca situarse ante la Cruz, crucificarse y estarse en ella con los ojos puestos en el Cielo. De otro modo no alcanzaremos esa paz pequeña y serena que deseamos”

EL PESEBRE

“Le envolvió en pañales y le recostó en un pesebre…” (Lc. 2, 7)

Desde hace dos meses, ya no me levanto. Y ahora, con el frío, el médico me ha dicho que tenga cuidado con las pulmonías. Y así es: en una quincena, tres. Ahora, no hablo, porque necesito la mascarilla de oxígeno por la fatiga. Variarme de postura o cambiar las sábanas me traen el recuerdo de un niño, allí en el moisés con la madre empolvándole y cambiándole los pañales.

El correo me ha traído unas tarjetas de Navidad y, por la calle, se oye la alegría de los niños que van comentando los escaparates de Reyes. El frío, mi torpe invalidez de casi recién nacido y este aire que se enrarece por la nariz y la garganta, ¿no tiran a la vez de las mismas circunstancias y esas realidades que confluyen en Belén? Estoy confinado en una habitación de paredes verde claro, muy lejos de la tertulia y las multitudes, pero, por Jesús, mis ojos remontan el misterio de la soledad para asociarme a la evidencia redentora de Cristo que, para salvarnos, se solidariza con los hombres por amor.

LA ESTRELLA

“En viendo la estrella, ellos se alegraron con gozo…” (Mt.2, 10)

Como siempre, cenamos temprano, antes incluso de la caída del crepúsculo. Luego, desde la cama, oí el leve alboroto que la Nochebuena ponía extraordinariamente en los pasillos. Después, los que podían, fueron a seguir la Misa del Papa, que la daban por televisión. Yo me quedé a solas en mi cuarto, como el año pasado y el otro; como hace ya casi veinte Navidades de sanatorio. No brillaba otra luz que la lejana de la galería. En la mesita de noche vi las doce menos diez en la esfera luminosa del despertador y sentándome en la cama (como siempre duermo, por el corazón, con la ventana abierta para purificar el aire), tomé al niño Jesús que tengo sobre la mesilla y lo puse entre mis brazos, muy apegadito a ese corazón donde se arremolinaban los viejos recuerdos y las entrañables figuras del hogar. La fiebre de mi cuerpo y de mi alma le contagió también a Él la tibieza (¿o fuiste Tú el que verdaderamente me inundaste de ternura por dentro?). El pulso, rápido, marcaba la cadencia de un villancico y, con los labios sellados, empecé a entonar una nana de dolores santos que tenía en acompañamiento de síes del corazón. ¡Qué bueno eres Jesús, y que impresionante es esta delicadeza tuya de nacer también en los sanatorios!

Por la ventana se veían las estrellas como botones de rosas blancas. En una, más grande, titilaba algo como un morse sobrenatural. Alargué un dedo y me hice la ilusión de que la tocaba. Después, lo besé y, dulcemente, lo fui pasando por la frente del Niño para hacer una Cruz, a la que fui acomodando pacientemente los trazos enérgicos de la mía.

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