Publicación original: Boletín Asociación Amigos de Lolo nº 72, de junio de 2012, siendo la autoría de María Solano Altaba, a la sazón autora de la Tesis Doctoral sobre los artículos publicados por Lolo.

La autora del artículo que traemos hoy aquí conoce muy bien a Lolo aunque sea a través de sus escritos. Y es que María Solano Altaba (en la imagen de arriba) escribió su Tesis doctoral con el título de “Biografía periodística de Manuel Lozano Garrido, Lolo”.

Lo que nos dice aquí la autora de tal tesis es que Lolo se merecía más que bien, sobradamente, el título de “Periodista” por mucho que no hubiera estudiado tal carrera en la Facultad correspondiente.

Como dice Altaba, Lolo demostró muy bien, a lo largo de sus centenares de artículos publicados, que el reconocimiento que ella aquí recuerda lo debía tener por exacto y directo derecho.

Hay un debate perenne que regresa cada tiempo a las mejores charlas de café. ¿Todos pueden ser periodistas, o sólo deberían ejercer esta crucial profesión las personas que tengan un título específico? Yo cifro la respuesta en una idea clave que, a medida que pasan los años, se confirma, a fuerza de estadística: el secreto para ser un buen periodista es ser una buena persona. O escrito al revés: sólo las buenas personas pueden ser buenos periodistas.

Si regresamos al mundano asunto del título, la realidad demuestra que son muchos los profesionales de reputado prestigio, que no pasaron por un aula de Periodismo y nadie duda de su saber hacer. Sin embargo, a todos nos llena de orgullo tener en nuestras manos un título que acredite nuestra profesión, aunque sólo sea por la comodidad de poder esgrimirlo ante la flanqueada entrada de una institución. El hecho es reconocer en nosotros esa capacidad para transmitir la verdad lo más fiel posible a la realidad que nuestra disposición nos permite, y trasladársela al gran público a través de unos medios verosímiles y profesionales. Y ese reconocimiento depende de ese papelito llamado título.

A “Lolo”, el Beato Manuel Lozano Garrido, periodista, le ha llegado el momento en el segundo aniversario de su beatificación. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán. Aunque no estudió periodismo fue periodista por los cuatro costados. Lo avalan más de 400 artículos publicados, no en medios de comunicación menores, sino en los que se convirtieron en la avanzadilla de un periodismo católico y comprometido. Signo, Pax, Vida Nueva son algunas de las cabeceras en las que Lozano Garrido dejó la impronta de sus certeros análisis y de su razonados argumentos. Páginas en las que compartió espacio con profesionales de la talla de monseñor Antonio Montero, Alejandro Fernández Pombo o José Luis Martí Descalzo, pro citar sólo algunos.

La peculiaridad sobrevenida es que toda esta obra periodística la orquestó desde el reducido espacio de su casa. Acababa de entrenas la veintena y la profesión de periodista, cuando una enfermedad degenerativa lo postró en su inseparable sillón de ruedas. Y a sus cuarenta años, fue la ceguera la que lo puso a prueba. Pero no sirvió para desanimar a este profesional de la palabra. Siguió trabajando, quizás, con más ahínco. Eso demuestra que para ser periodista más vale cabeza que pies. Y corazón, mucho corazón, ese despierto y enamorado de Dios, que convirtió a “Lolo” en el heraldo de la Buena Nueva que representa la salvación, en apóstol de la tinta y el papel.

Este periodista de raza que desde hace 41 años contempla en la vida eterna el frenético quehacer de la profesión que tanto amó, ha recibido a título póstumo, el Diploma de honor con el la Federación de Asociaciones de Periodistas de España acredita su trayectoria, por su acervo, por su herencia y, sobre todo, porque cumple esa máxima: para ser buen periodista hace falta, sobre todo, ser buena persona.

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