Como buen periodista que es Lolo, lo primero que aquí asoma es un notición: por primera vez un hombre, en este caso sacerdote, ha podido comulgar a través de una sonda. Y esto era entonces, claro está, para ser dicho y transmitido.

Sin embargo, como podemos imaginar, el autor del artículo acaba siempre llevado el ascua de la cosa a la sardina que es, por decirlo así, la fe. Y por eso nos habla de la importancia que el sacerdote tiene en la vida del creyente católico y a lo que va es a certificar es que sí, que es así.

El caso es que Manuel Lozano Garrido sabe más que bien la importancia que tiene una persona que se ha entregado a Dios, a Cristo (siendo lo mismo) y a su prójimo en todo su cuerpo y su alma. Y por eso, en la circunstancia tan especial como la que nos presenta de enfermo y viéndose obligado a tener a Cristo en su cuerpo a través de una sonda, nos representa el mismo sacrificio del Hijo de Dios por cada uno de sus hermanos los hombres.

 

 

Publicado en Cruzada y en Cara y Cruz, el 27 de marzo de 1962

 

Voy a hablar de un hombre. No conozco su fisonomía, ni sus apellidos, ni si es de pueblo o de Capital. He sabido de él por una noticia y ya conocéis que el periodismo es como en el cuadro de Sorolla, que busca sólo el pescado -la noticia- sin importarle las criaturas que quedan en la cuneta.

 

Bueno, ahora que digo esto, caigo en que precisamente sí sé que es un hombre en la cuneta y también cura, un cura que desde hace tiempo ha dejado de decir su misa de ocho, cada día.

 

Sin más, os doy la noticia: «En Barcelona, y, por primera vez, un hombre -sacerdote- ha podido comulgar a través de una sonda».

 

Ahora que están de moda las encuestas, pienso que a una en la que se me interesara qué es lo primero que salvaría del mundo en caso de una catástrofe, contestaría diciendo que la palabra y la mano derecha de un hombre como éste, aunque estuviera ronca, aunque se le quedara inválida, pero que al menos pudiera decir levemente un «yo te perdono», mientras la mano iba trazando una cruz en el aire.

 

A quienes creen, les parece poco el mimo que merece la figura de un sacerdote. Su fragilidad, en cambio, como en este caso, es una baza, que los incrédulos airean intentando meter cuña en la solidez del cristianismo. Por el contrario, esta peripecia yo la he sentido en forma de un tirón de las rodillas que buscan el suelo para dar gracias por este milagro de un Dios con nosotros en forma permanente.

 

 

Necesito decir que, cuando leí la noticia, tal vez por asociación, me vino a la memoria la escena, de mi primera visita a los talleres de un periódico. Me acuerdo que lo que más me entusiasmó fue el trabajo de la rotativa. Miraba al rodillo y nunca me cansaba de aquella milagrosa multiplicación del pan del espíritu. Era un diario católico y estaban tirando algo que se relacionaba con unas jornadas misioneras. Todavía caigo en aquella cara grande de Cristo que iluminaba un gran cirio, puesto en primer plano. Los rasgos eran simples y fuertes, y muy penetrantes sus ojos. Cuando echó a rodar la bobina todos empezamos a ver la cara del Cristo que se iba estampando centenares de veces sobre la blanca superficie del papel. La primera impresión salió tímidamente, pero al rato las dos pupilas incandescentes nos miraban desde todos los rincones del taller.

 

Desde entonces he pensado muchas veces en que también el sacerdocio es así, como una rotativa que va estampando la imagen, la gracia y el poderío de Dios para que lo tengamos a Él en las calles con autobuses y en las humildes veredas de los villorrios escondidos, junto a niños que juegan en los parques o al lado de negros que disparan flechas envenenadas.

 

En realidad, la limitación física del sacerdote es una preocupación que hay que adelantar veinte siglos. Un cura con cáncer o inválido no hace sino reiterar en el tiempo el temblar de un Cristo con posibilidades de pulmonía o de accidente de trabajo. La Redacción, consumada desde un cuerpo de barro, airea a los cuatro vientos la hermosa y total solidaridad de Dios por el hombre que Él forja. Es impresionante el humanismo de Dios por lo que de cariño radical expresa. De un lado, toda la obra creadora tiene por dentro el ascua viva del amor al hombre. Nacimos para intercambiar fuego del corazón con el Autor de la vida, pero sólo se ama en la entrega voluntaria. De aquí nuestra libertad. En su ocultación bajo la piel de un hombre, hemos de ver, ante todo, un inmenso e impresionante deseo de que no sea mediatizada esa libertad. Pero hay más. Un Cristo con hambre en el desierto o sudando bajo los olivares, un Dios-hombre que trabaja, lucha, pasea y conversa, lo que hace es decirnos que los cincuenta o sesenta años que puede vivir una criatura, tienen en su limitación, un aparente carácter de debilidad pero, desde que Él la ha vivido, la superación es posible, y la debilidad, en cambio, de cada minuto nos sirve para ir amasando piedra a piedra un puesto seguro en la eternidad. Todo el cristianismo gira sobre las fuerzas de esta limitación que usó Cristo para saldar la trampa de una cadena de generaciones. Un Cristo al que se puede contar las palpitaciones o que siente el cansancio del trabajo del taller es como un amigo que nos echa la mano por la espalda y nos dice: «Aúpa, hombre, que esa tentación es fácil de vencer y se puede ser bueno durante las 24 horas del día». Y uno levanta la cabeza y tensa los músculos porque son unas fibras gemelas las que lo dicen y dan el ejemplo.

 

¿Que sería hermoso que, estas mismas cosas, nos la dijera el Señor vistiéndolas toda su grandeza y viéndolas nosotros cada día? ¡Pobre hombre nuestro, mediatizado entonces! ¡Lástima de ese Dios del lado de acá del barro, cruzando la frontera y mirándonos tan sólo a través de una distancia infinita!

 

Si la fórmula de la Redención ha sido el milagro más asombroso de todos los tiempos, un portento gemelo se repite cada día en los hombres que visten de negro. Si cada altar es un Gólgota diario, la compasión de Dios, su padecer, con nosotros, dentro de nosotros, se realiza en cada aldea, cada habitación y cada hombre que se mueve bajo el sol. Ante todo, Dios ha cuidado al máximo nuestra consolación. Cuando uno levanta la cabeza después de una caída, no somos fulminados porque el depositario del perdón tiene dentro de su carne la misma posibilidad de tropiezo. Cuando el mal físico nos pone en ese trance de tener que usar una sonda en la garganta, Cristo vive el ángulo de su inmensa ternura canalizándola a través de las manos de un hombre que también puede ser sondado cualquier día. La gloria nuestra está en ese laurel de la Redención que fructifica cada hora. Lo bueno, lo maravilloso, lo escalofriante, lo fundamental es que en cualquier minuto del día o de la noche, con viento, con lluvia o con niebla podamos estar seguros de que cada marca del tiempo del siglo veinte, tiene una tarde de Nisán con la misma precisión y eficacia, que aquella otra de Jerusalén. Y todo gracias a esos hombres ungidos que pueden ser carne, hombres noticia y de cirugía.

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