Tiene Cockempot un título –“Salmos de la sed” – que es de por sí toda una recensión biográfica de un estado anímico. Y en Montherlant hay un aullido:

-“¡No hay más que una preparación para la muerte! ¡Y es la de estar ahítos! De alma. De corazón. De espíritu. ¡Y de carne!”- que, aunque brutal y abyecto, es también una manera espontánea de manifestar las vivencias íntimas del ser.

Entre el uno y el otro, toda una gama multifacética colorea las diversas actitudes del hombre frente a la clara e inconcusa verdad de su existencia. Y todas ellas, pese a la antitética disparidad de sus secuencias, se podrían conjugar en la determinante de estas dos palabras: sed y hambre. Porque, como un trasunto de lo fisiológico a lo espiritual, el empuje ardoroso de estas dos palabras –sed y hambre- viene jalonando el largo camino de la Humanidad desde la aventura del Paraíso hasta el babélico conglomerado actual del mundo. Eterna sed y eterna hambre constitutivas esencias del hombre impuestas por Dios y tan necesarias que Él mismo no dudó padecer en su sublime tránsito redentor.

No son de por sí sed y hambre menos indeclinables de un destino. Ni está la vida en sortear su choque y su posesión. Pero sí; destino y vida verdaderos, llegan, inexorablemente, cuando, pisando recio sobre un camino luminoso, se anhelan fuentes cristalinas y el corazón hambrea la vitalidad de un convite perdurable.

En su raíz es idéntico el punto de partida de todas las almas, pero en su desarrollo, es la voluntad soberana la que, dueña de estas esencias naturales, marca el ritmo que bifurca los distintos caminos. A veces lo hace atraído por el señuelo de una fuerza alucinante; a veces también, esta fuerza es capaz de iniciar el comienzo de una nueva Edad: para el bien, por la humildad y el amor; o para el diablo, por la soberbia y el odio. Pero siempre, la felicidad estará solamente en aclarar, al primer golpe de vista, dónde está la Luz meridiana y saber emparejarse bajo su bandera.

Saber elegir, o rectificar cuando la elección fue falsa, es pues estar en camino de salvación.

***

Porque hemos recostado a la voluntad en un festín de pecados capitales, esta paz es inaprehensible y lejana. La paz es hoy el tizón de un deseo que requema las entrañas de la Humanidad; pero un tizón que opera insensible porque la voluntad hace tiempo que eligió y hoy sestea en la molicie de un fuego de codicia, de lujuria o de soberbia. Ahora, precisamente cuando la Luz ha llegado a hacerse meridianamente cegadora, el hombre ha levantado el valladar de su soberbia para dormitar en una cantinela de “¡Paz, paz, paz!” infecunda porque le falta la decisión íntima precisa para alcanzarla.

El camino de la paz y su sentido es una verdad que a fuer de autenticidad es deliciosa y tremendamente sencilla; la única, auténtica y perdurable paz, está en la efusión entrañable con Cristo, porque lo que a la fuerza mínima del hombre es inabarcable, lo allana la omnipotencia taumatúrgica de un Dios que se hizo carne para hacernos asequible por la vía del amor el camino del Cielo.

Los males del siglo radican esencialmente en un egoísmo concentrado y en el tremebundo distanciamiento de la Eucaristía. Para salvarse es preciso que la Humanidad dé marcha atrás en su elección de un camino ficticio. Hay que aclarar los ojos, vidriados por la soberbia, para fijarlos en ese rincón tan cercano -¡y tan lejos, Dios mío!- donde campea la Espiga Eterna de la Paz, Cristo Hostia, única meta capaz de saciar por toda una eternidad la sed y el hambre del mundo. Lo dijo Él con su verbo: “Yo soy el pan de la vida; quien viene a mí no sentirá hambre y quien cree en mí no sentirá sed jamás”. Hay, pues, que rendir los corazones con la actitud y la súplica del poeta: “Como ciervos sedientos que van hacia la fuente, vamos hacia tu encuentro sabiendo que vendrás”. Porque Cristo –y con Él la Paz- vendrá y se nos dará ineludiblemente. Está ya ahí, a sólo un paso de la declinación humilde de nuestro egoísmo, en la encrucijada de nuestra sed y nuestra hambre, salvando la infinita distancia de un Dios majestuoso y justiciero bajo los humildes ropajes de un Dios escondido.

Sí, estás ya ahí, Señor, con la paz inédita, el gozo latente, la felicidad a punto, eternizando en la Eucaristía ese tu gesto secular de amor crucificado para que, por tu “tomad y comed… tomad y bebed”, sea posible la purificación y divinización de nuestra pobre existencia angustiada.

¿Para cuándo, Jesús nuestro, para cuándo esa gotita ínfima –primicias del gran retorno- de nuestro yo en el piélago sin límites de tu poderío?

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