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Este artículo, estamos seguros estamos de ello, debió y fue muy especial para Lolo pues va referido a la revista “Signo” en la que tanto dijo nuestro amigo Manuel Lozano Garrido. Y es que en ella puso algo más que ilusión y trabajo.

Está más que claro que, leyendo este artículo, a Lolo “Signo” entonces ya le había llegado a su corazón y ahí se había quedado dando fruto en tantas y tantas colaboraciones que hizo con aquella revista y, seguro, con las otras muchas que hizo en otros sitios donde publicó.

Esto último no lo decimos con exageración pues considera Lolo que podría considerarse alumno en la escuela de periodismo de “Signo” que, en las circunstancias en las que nació y en lo que supuso para tantos y tantos creyentes jóvenes y menos jóvenes es un tesoro verdaderamente impagable; eso, un “Signo” de los tiempos.

 

 

Publicado en Signo, el 16 de abril de 1955.

 

Pérez Lozano se hizo cruces el día que le di pelos y señales del primer trabajo que publicó SIGNO. Como no me gusta pasar por memorión, le debo unas palabras que bien pueden ir en este número mil.

Mi amigo Antonio opinaba que el hábito del periódico debe llegar antes que el estreno de los pitillos y el rapado de la primera pelusa. Como solo me llevaba cuatro años y aún tenía reciente los malabarismos que se hace a los quince para administrar dos reales por semana, el primer SIGNO de tres perrillas me llegó con una sensible rebaja de una. Antonio –Antonio Pérez- entendía que el cristianismo no da tiempo para lucir un pijama y la muerte le pilló testificando y con las botas muy abrochadas. Que supo lo que hacía, lo dice ahora este “veneno” de la tinta y las linotipias que nos come a varios de los que seguimos.

EL PRIMER “SIGNO”

Al primer SIGNO le leímos, releímos y guardamos en la mesita de noche como guardamos hoy la imagen de aquel “colega –negro- de Aparici” o a la de aquellos chicos arrodillados, contrapuesta a la que otros esgrimían airadamente los nudillos. (Sí, José María, hasta me acuerdo del pie: “He aquí nuestra misión: hacer que esos puños que se alzan con odio se abran para orar”).

SIGNO se había estrenado el 6 de junio de 1936 y la lectura del segundo número hubimos de interrumpirla porque a los cincuenta metros ardía ya la primera iglesia. Sin embargo, tres salidas habían bastado para ganarle a uno el corazón y lo conservamos aún unos días dentro de aquella vorágine. Desapareció en una hoguera oculta, mientras contenías las últimas lágrimas de adolescente y en la puerta sonaban los primeros golpes de un registro que, con gusto, le hubiera hallado como cuerpo del delito.

DESPEDIDA Y REENCUENTRO

Después, a SIGNO le perdimos de vista porque “se pasó” a los nacionales, entretanto que el sufrimiento hacía madurar la hombría en el corazón de chavales que aireaban la pelambre en las esquinillas sin haber podido estrenar su título de Bachillerato. El reencuentro vino desde Burgos, un gran paquete que nos enviaba don Emilio Bellón con todos los números editados en el paréntesis y que distribuimos como botín fabuloso. Golpe a golpe, tres años con la vida en el aire y salpicados por tanto fango social, producto de tantas injusticias, toda la fuerza generosa de la juventud, con sello cristiano, salía al encuentro pidiendo canal y cauce. Habíamos tocado el mal hasta la náusea y, sin embargo, apenas tuvimos tiempo de pasear a la primera chica. El 1 de abril nos alineaba con una experiencia vital intensiva, mientras la persona intelectual estaba allí casi con una peonza en la mano. A SIGNO le correspondía dar base sólida, criterizar un estado de responsabilidad, prematuro y fijar objetivos a una fuerza latente que se encrespaba buscando dirección. El empuje lo extremaron aquellos números de guerra y las figuras concretas de muchachos que dejaban las vidas en las zanjas levantando antes las antorchas del ideario para la entrega al relevo.

“LA GUERRA NO HA TERMINADO”

La primera sacudida la dio SIGNO de esta forma: “La guerra no ha terminado”, apenas seguida del primer blanco: “La última batalla del frente de Madrid” la de todos los suburbios de España, de los que había que sacar a punta de bayoneta de la caridad todo el odio acumulado por varias generaciones y exacerbado por la guerra. La perspectiva valora hoy aquellos combates y la liquidación que a SIGNO le corresponde está a su altura de guía, de motor de las iniciativas. Pienso en aquellos muchachos, que no eran de otro temple, ni mejores o peores que los de hoy, pero a los que una circunstancia providencial acrisoló y el contacto con la carne viva de Dios hizo arrebatadora. Cada semana, SIGNO llevó una orientación que siempre iba dos dedos por delante de las mayores exigencias, El que leía, se daba con una receptibilidad absoluta. Si Vigil, los Mira, don Nicolás, el P. Llanos y tantos tuvieran que escribir las mismas cosas con el alma palpable de cualquiera de sus lectores, creo que les asustaría su penetrabilidad y aquella situación tan excepcional para la Gracia. Cada siete noches, un hombre elevaba los codos en la camilla y gravaba ideas que luego iba escalonando en el trabajo, las tertulias y los centros de apostolado. Las evidencias de los hombres que escribían desbordaban en muchachos de ciudades y aldeas en forma de admiración casi mitológica. Dibujos de Bernal con quince años, hay quien ahora podría reconstruirlos a ciegas.

“SIGNO”, ESCUELA DE PERIODISTAS

A aquellos números no se le puede juzgar aplicándole criterios actuales. Un pasatiempo era un lugar restado a una formación que se improvisaba a pasos forzados. Cada número de SIGNO, jalonaba la estructura de una Escuela de Periodismo. La modestia no nos deja ver el bosque de nuestra realidad periodística.

Por fortuna, hablan los triunfos profesionales de los cabezas de SIGNO. La juventud de cada momento no podrá nunca imputar el no haber tenido, nutriéndole de ideas, a los hombres más capaces de su tiempo. Cada generación tuvo y tiene, su equipo perfecto. Promoción magistral la de Vigil, A. Mira y Jiménez Quilez; soberbia la de I. Mira, Pérez Lozano, Orbegozo y Vara; excepcional la de Pastor, Alonso y el menor de los Miras; brillante, cargada ya de frutos, la actual de Pombo, Hermida, Abarca y Guillamón, citaciones representativas de unas honradas que luego han dado la talla en su matiz profesional.

A un hombre le cincelan la persona la unión de cosas multiformes. No me duelen prendas decir ahora que si alguna vez Dios quiere calibrarme un acto positivo, allí estará, a su vez, cualquier semilla de SIGNO, incluso esta de ir alineando letras en pos de unos ojos amables que me fue naciendo a través de las galeradas del Seminario. Siempre que hago algo, me gustaría poner bajo mi nombre: “de la Escuela de Periodismo de SIGNO”.

¿Comprendes ahora, José María, por qué me acuerdo hasta del dibujo de tu primer cuento?

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