Han pasado 10 años desde que fueses galardonada, por UCIP-E, con el «I premio Lolo de Periodismo Joven».

 

¿Qué significó para ti recibir este premio?

Significó muchísimo. Era la primera vez que se entregaba, y me pareció increíble que un grupo de profesionales contrastados considerara que mi trabajo podía merecer ningún tipo de premio, además por delante del de cualquier otro compañero.

Es un premio muy singular porque pone en valor a un tipo de periodista muy específico: dedicado a la información religiosa y encima, menor de 35 años. A un público generalista podría parecerle que se lo van a dar a cuatro monaguillos y ya; pero estos diez años de galardones han demostrado que hay muchos profesionales y muchos medios merecedores de este reconocimiento.

En lo personal, fue todo un impulso; veo esa línea en el currículum y me sigue sonrojando y estimulando a la vez. También tengo guardados todos los correos de felicitación que me llegaron en esos días, para cuando vienen los momentos de bajón.

 

En 2009, ya analizabas el «continente digital» en profundidad en tu artículo «Las nuevas redes» (leer artículo en vidanuevadigital.com), presentándonos la presencia de instituciones y colectivos de Iglesia en la web social. Tu trayectoria profesional hasta la fecha, ha demostrado que eres una experta gestora de redes sociales y contenidos web

¿Qué crees que puede aportar la figura del beato Lolo a los comunicadores católicos que trabajáis en la red?

En el estilo de Lolo están muchas de las características que se le demandan a cualquier periodista: la verdad por delante, aunque duela, pero dicha sin herir; la honestidad al tratar los temas; una narración poderosa, una calidad literaria de las que enganchan; precisión en el lenguaje; documentación, referencias

Creo que el periodismo es periodismo, independientemente del soporte, y desde ese punto de vista, hay pocas diferencias entre lo que Lolo puede enseñarnos tanto a los periodistas de papel como a los de digital. Pero sí que es verdad que la comunicación digital tiende a olvidar esos principios; nos puede la prisa por ser los primeros, y eso a veces se lleva por delante el rigor periodístico, contrastamos menos fuentes, descuidamos la ortografía y la gramática…

El beato Lolo puede echarnos una mano para no olvidar esos mínimos. También me quedo con su humanidad. Aunque gran parte de su obra la dedicó a temas tan trascendentes como el dolor, la enfermedad o la muerte, no hay desazón en ella, ni negatividad ni pesimismo. Los que le conocieron, siguen hablando de él como un “apóstol de la alegría” y siguen hablando de “amor”. Me parece muy significativo.

 

Durante estos años ¿ha tenido alguna influencia, en tu trabajo, la figura del beato Lolo? ¿Lo recomendarías a tus compañeros de profesión?

No es que Lolo sea recomendable, ¡es que es obligatorio! ¿Sabes que la profesión de periodista es una de las peor valoradas, al menos en España? Pues Lolo es el primer periodista que sube a los altares. Hay esperanza para el resto…

Bromas aparte, yo, por ejemplo, ya no me dedico al periodismo –sí a la comunicación–, y hay una dimensión de Lolo que sigo teniendo muy presente: es un modelo de cómo aceptar los reveses de la vida, ofrecer el sufrimiento, sobreponerse a todo ello y seguir mostrando una sonrisa honesta. Me parece admirable.

Te cuento una anécdota: cuando me concedieron el premio, la UCIP-E y la asociación Amigos de Lolo me regalaron una placa, una colección de libros de Lolo y una escultura de un árbol recordando ‘El árbol desnudo’, que es su novela autobiográfica. La placa la tengo guardada para no verla y no venirme demasiado arriba; la escultura sí la tengo en una vitrina en el salón, junto con otros objetos muy especiales que he ido adquiriendo en estos años, y me recuerda constantemente que las circunstancias que la vida te va poniendo delante no son excusa para dejarte arrastrar por la pena y rendirte. Lolo no lo hizo.

 

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