Fuiste premio Lolo en 2010, en la segunda edición del mismo.

Tenían algo de prisa por dármelo, porque es un premio de periodismo joven. Con 35 aún creo que se consideraba joven, pero con 36 ya no. Creo que he sido de los premiados de más edad, quizá el que más.

 

¿Qué significó para ti haber ganado el premio Lolo?

Lo sentí como un espaldarazo a mi trabajo, que se realizaba en tres medios a la vez: en La Razón, en ForumLibertas y en ReligionEnLibertad.

Yo ya conocía la figura de Lolo como «patrón informal» de los periodistas españoles, y había leído algo sobre él.

Evidentemente, en lo espiritual nos da mil vueltas a muchos, porque se forjó en la escuela de la enfermedad y la pobreza total, la de poseer ni control sobre el cuerpo.

Profesionalmente, el premio me hizo sentir apreciado por compañeros cristianos veteranos. En los días de la entrega, en la Universidad Católica de Murcia, pude conocer, por ejemplo, a la mítica Paloma Gómez Borrero, siempre muy cercana a todos.

 

Hoy día ¿sigue significando algo para ti?

Cada año, cuando dan el Premio Lolo, miro quién es el premiado, y muchos son compañeros muy queridos con los que he trabajado. Casi siempre me quedo muy contento de ver los premiados y me digo «ey, estoy en buena compañía». Otras veces veo compañeros que empezaron muy jóvenes y hoy ya son profesionales maduros y católicos firmes. Eso me gusta mucho.

Por otra parte, es el único premio que he recibido, excepto por unos Premios Gandalf de la Sociedad Tolkien Española, así que estoy muy orgulloso del premio.

Y contaré algo que pasó hace poco: quedé con periodistas de un medio habitualmente anticatólico para grabar un reportajito sobre mi libro de conversos y ellos eligieron una famosa iglesia del centro de Madrid. Cuando llegué allí, vi unas reliquias del beato Lolo y recé: «Beato Lolo, me alegra verte por aquí, ayúdanos para que de esto salga algo bueno». El reportaje salió muy bien, creo, y hablaba bien de Dios y la experiencia de fe.

 

¿Qué crees que puede aportar la figura del beato Lolo a los comunicadores católicos que trabajáis en la red?

Lo primero es un jarro de agua fría, de realismo: cualquiera de nosotros, periodistas, podríamos encontrarnos impedidos físicamente como Lolo. ¿Qué haríamos entonces? Hace unos meses, por una tendinitis de Quervain, no podía teclear con la mano derecha y me sentía muy impedido, tenía que dictarle cosas a mi hijo adolescente y ya pensaba si tendría que cambiar de oficio. Y pensé: «Lolo escribió un montón de cosas estando mil veces peor que yo». En fin, Lolo te hace pensar en las limitaciones humanas, y eso te debería llevar a pensar en la gracia de Dios, su generosidad y su primacía.

A otro nivel, me pregunto si hoy Lolo sería un bloguero o más bien un tuitero, si escribiría tuits breves, con mucha enjundia, como dardos al corazón. Tenía una cierta precisión en la prosa, y una nitidez, una luminosidad, que quizá necesitamos en nuestra época acelerada y un poco histérica.

 

Has sido docente de Comunicación.

¿Crees que se puede presentar la figura del beato Lolo, de forma atrayente, a los navegantes de la red?

Es difícil porque vivimos en una época de la imagen y del consumo acelerado, y Lolo no tiene buena imagen física y sus textos no sirven para el consumo acelerado. Es más fácil, creo, presentarlo como ejemplo de fe y entereza en la enfermedad. Un ejemplo para enfermos siempre llegará a más personas, y más profundamente, que un ejemplo para periodistas, porque los periodistas viven acelerada y superficialmente, y el enfermo, en cambio, se para a replantearse cosas serias. Y siempre habrá más enfermos que periodistas.

Dicho esto, creo que sí se podrían seleccionar textos breves especialmente luminososos y edificantes de Lolo y podrían circular por la red en formato meme, o como «la frase del día» o «el pensamiento de hoy para elevar tu corazón». Se hace mucho con Chesterton, o con J.H.Newman, y con otros santos, como San Agustín. Puede hacerse con Lolo.

lolo en su sillón de ruedas con la frase El periodista es catedrático de l averdad en la universidad de la vida

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