Continuamos con las cartas que Lolo escribe a religiosas de clausura. En este caso quiere referirse el linarense universal a un tema tan crucial como es el de la pobreza, pues pobre fue el Maestro, Cristo.

Es cierto y verdad que la pobreza la ha habido siempre y siempre la habrá (eso ya lo dijo el Hijo de Dios) Sin embargo, cuando desde la entrega en la pobreza de la vida que, tras una tapia, llevan a cabo las religiosas a las que el Beato de Linares escribe estas cartas, se obtienen frutos de amor sin cuento, no está mal reconocer que la Voluntad de Dios, en ellas, se ha cumplido a la perfección.

Pobre fue Quien fundó la Iglesia, pobres aquellas almas que han tomado el camino difícil hacia el definitivo Reino de Dios llamado Cielo y lo hacen desde el otro lado de una tapia de un convento.

 
 

Publicado en la revista Orate, en diciembre de 1962

 

Hermanas:

Ayer tuve carta de Madre Asunción de la Eucaristía. La hubiera distinguido a media legua, porque no hay muchas personas que utilicen en el correo, volviéndolos, unos sobres comerciales ya servidos.

En el aluvión de cartas de colores y tarjetas con dibujos que el cartero prodiga en la Navidad, el mensaje de Madre Asunción, con su solemne envoltura de pobreza, chirría como la amapola en el haz de trigo. Como Carmelita, ha venido a profesar hoy en el sentido extremo de la pobreza, y su credencial la airea en todas las palabras y hechos con que ha de relacionarse.

Naturalmente que esta cabeza inclinada que significa la carta que viene de un Carmelo hay que tomarla con prisa para que se ice sobre el candelero de una lectura de preferencia.

Darse así, con una profesión tan sin dibujos de la pobreza, es un trébol de cuatro hojas.

Los que soñamos con darle a la pluma un matiz de servicio total a Dios, hemos de esforzarnos por el reparto de un pan de verdades de corteza sin aristas y hasta envuelto en un papel de celofán de las palabras con freno y azúcar. Sin embargo, y por suerte, hemos de confesar nuestro fracaso. Con la fortuna y la pobreza pasa como con los hilos de la luz: se juntan y ¡paf!, el fogonazo. Son tan contrarios como la noche y el día, el dolor y la carcajada. Las dos alardean de un positivismo para el que no cabe otro remedio que pensar en la hipocresía de alguien. Pero, amigas, ¿quién miente y donde está la verdad?

Fijémonos, por ejemplo, en la vida de ciertos hombres que llevan un misalito bajo el brazo. Cuando llegan a casa sueltan el devocionario sobre la bandeja de plata del «hall» para arrellanarse en un butacón de gomaespuma, beber ginebra, ver la televisión y tirar de talonario. Para el «Mercedes» y las langostas, ellos se cuidan de manipular sobre la cuerda floja de eso de la «pobreza de espíritu». Tener suerte parece ser que a uno le toquen las quinielas o que cebe la cuenta de su banco.

Sucede que las monedas, las joyas, se van amontonando en la cabeza y como pesan, de allí bajan fácilmente al corazón. No vale que eso que late dentro del pecho, proteste que ha de trabajar hacia fuera para vivir; que tiene que ser generoso e ir repartiendo por los órganos para la vitalidad que recibe. Los labios que devoran el caviar, los ojos y la nariz que prosiguen el banquete, nuestra media naranja de materia que busca su almuerzo, apelmazan las paredes del corazón para convertirlo en alacena de gustos. Metidos en lo del almacenaje, el corazón apenas si admite de materia lo que una caja de membrillo. Prensaremos los cheques, y como en los nidos de ratones, a lo que más llegamos es al atasco y al olor de carroña.

Lo peor del dinero es su esterilidad. Agregando una a una las monedas, lo que se consigue es hacer una montaña, pero ni una perra gorda logrará nunca lo que un denario de amor, que es como un hueso de melocotón que se mete en la tierra y a los tres años lo vemos como un árbol frondoso. Las criaturas hemos nacido, no para llenar huecos, como los muebles, sino para ensanchar en el mundo la tibieza y dar espíritu mucho más allá de la muerte.
El gran valor de lo nuestro está en un algo que siempre viaja y nunca muere. Santa Teresa lo diría mejor con aquello de que: «la vida es una mala noche en una mala posada». Aunque la carne grite, lo bueno es traspasar la frontera lo más enteramente posible.

El «confort» será siempre una instalación y nadie ha visto nunca que se pueda avanzar arrellanado sobre una butaca.

Dios ha puesto a la felicidad en vilo, sobre las cumbres, para que no se enfangue, y los montañeros nunca emprenden el ascenso con una mochila pesada e inútil. El «cadillac» o las buenas raciones de solomillo, podrán llevarse por la máxima llanura de los sesenta y cinco años de un hombre, pero a la felicidad, que no tiene calendarios ni sentidos que se atascan, sólo se llega por la cuesta arriba. No hay otra verdad aunque se la cubra con la seda de un gusto momentáneo. A la riqueza, nadie le quita su sabor final de tarta sin azúcar. Y si no, a ver cómo explican los millonarios su escape de filantropía.

Fijaos en los que lo pasan «bien» en la vida. Si se despiertan a media noche, se llevan la mano al corazón por si le juega la mala faena de cansarse. Todos buscan la relajación de las almohadas, pero después de asegurar el sudor a destajo del corazón. Y es que las entrañas necesitan desenvolverse con holgura. Dentro de ellas estorban los cacharros. Les sobra con la sangre, en la que va la vida, y su fuerza para distribuirla.

El alma de cada ser participa también de ese destino de recibir, transmitir, y agigantar la vida; una vida sin peso ni limitación de tiempo o calidad. Las gotas de la sangre del alma son como las semillas, que tienen la gracia especialísima del crecimiento y de la fecundidad, pero el auténtico milagro de la multiplicación se lo da a los hombres el río de la circulación de la gracia de Dios que se le canaliza por las entrañas. Para que Dios se haga fuente en nosotros, sólo pide que le demos capacidad en los sentimientos. Si nos «salimos» del propio corazón, si hacemos «limpia» de ansias avarientas y desarraigamos el egoísmo, Dios «entra» como succionado en nuestra interioridad y lo que arraiga es su simiente y su fruto cierto de vida. El corazón es un reservado para Dios, en el que ni aún nosotros tenemos concedida la vivienda. Lo que de bueno hay en cada hombre está pensado para la transfusión y el ancho campo de los demás corazones. Dios es como el esqueje del rosal, que se hinca en la maceta. Luego, por dentro de nuestras ramas van la savia y al fin nos hacemos por Él rosas de primavera sobre la vida de los otros.

-¿Que ves?…, le decía un padre a su hijo.

-«Veo a las personas que van por la calle».

-¿Y ahora…?, le insistía colocando algo de metal tras los cristales.

-«Ahora sólo me veo a mi mismo».

Decía Pascal que «no conocemos a Dios sino por Jesucristo»; y Salvaneschi redondea la frase, afirmando que, «la pobreza es santa porque nos refleja la verdadera imagen de Jesús». El Dios que se acerca a todos y a cada uno, tenía que hacerlo con este radicalismo de la pobreza que son los pasos de Cristo. De sus treinta y tres años de renuncia le viene a la pobreza todo su carácter positivo. El no poseer es como las alas de su santidad. La cazuela y el pan de Nazaret se financiaron únicamente con el sudor de los humildes carpinteros. Cristo tuvo sabiduría e inteligencia como para haberse apañado una fortunita, pero en la gran hora de la redención estuvo sin camisa ni sandalias. Se empeñó en conservar las costillas limpias para soplar con fuerza el viento del amor. Si nosotros tenemos sobre la frente una marca y una cita de cristianos, es porque Él se negó a «instalarse» en la buena vida de su tiempo y se hizo grano de virtudes que pudren bajo el surco. Al hedor del establo de Belén, a la simplicidad de la carpintería de Nazaret y a la Resurrección sin corona de laureles, le debemos esa riqueza de bondad, de alegría, de ternura, de pureza o de mansedumbre que cada hombre, por Cristo, tiene reservado en el banco de la santidad. Hoy no hay aldea ni caserío que no disponga de una sucursal de virtudes. Así fue Jesús de fabulosamente rico en su pobreza.

Pero el mundo es también rico de fortuna material. Lo que hacen los poderosamente afortunados es pescar en el río revuelto de los bienes; tirar del copo para empobrecer a los compañeros de viaje. Conforme aumenta el número de los coleccionistas de acciones, se agrava también el porcentaje de los miserables. Por eso la salvación de la humanidad está en la limitación de las ambiciones. Los azucarillos, disueltos, endulzan y dan su noble sabor a todo el café. De aquí que la pobreza venga a ser como una cartilla de abastos que raciona por igual el tesoro de los hombres. Por cierto que vuestro caso es, bien elocuente. Cada una os vais al convento, renunciando a todo por el bien común. Al formular el voto, vuestras manos quedan ocasionalmente vacías, pero ¿no os notáis después la eficacia y el positivismo de los bienes que llegáis a poseer en colectividad?

Cuando Bernanos hablaba de que los «pobres salvarán el mundo», lo que veía era el triunfo de la limitación de las ambiciones, la tabla rasa a las desigualdades, la posesión discreta y justa de todos los bienes y por todos los hombres.
Circunscritas por las cuatro paredes de cal, trajinando en las horas sin brillo, recortando cualquier deseo con las tijeras de la renuncia, os garantizo que jamás enriqueceréis y misionaréis tanto al mundo como cuando os entregáis al hondo giro de la pobreza. La falta de comodidad, el plato único o los hábitos que se remiendan os han de herir, como duele la perforación de las raíces; pero Cristo da testimonio de que por toda la geografía de los corazones empieza ya a latir el santo fruto de la pobreza que se encarna.

Vuestro siempre

Manuel Lozano Garrido

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