Continuamos con las cartas que Lolo escribe a religiosas de clausura. Y en este caso abunda nuestro Beato en lo que de real y palpable tiene la fe que las mismas muestran en su aparente alejamiento del mundo.

En este caso, trátase la cosa de religiosas que dan su vida (en un caso, literalmente y, en otro, en forma del martirio diario de su labor entregada y profunda) por una fe a la que se adhieren y a la que respetan tanto que hacen que se vea con su hacer diario.

La fe, como nos quiere decir Manuel Lozano Garrido, no es para guardársela, como se diría en la Biblia, debajo de un celemín sino que, como luz que es, la de Dios, ha de iluminar para que se compruebe que, en efecto, lo es.

 
 

Publicado en la revista Orate, en octubre de 1962

 

Hermanas:

Ayer tuve noticias de Sor María Marta. Llamamos a su casa para algo secundario y nos encontramos con la sorpresa de su carta.

Creo que son veinte años los que me separan de ella y, sin embargo, la he venido recordando con todo afecto. La última vez que nos vimos fue en Madrid, en esta ciudad donde se entrecruzan misiones y destinos, sentencias y esperanzas. Hacía sólo unos días que yo estaba caminando por el vía crucis de los especialistas cuando llegó. Iba de un lado para otro, como problema que nadie retiene, pero, sobre los fatalismos, me aupaban el corazón la juventud y la esperanza.

Sor María Marta se llamaba entonces Salvadora y Madrid era para ella la última etapa del camino sin retroceso de los ideales. La linde entre los dos mundos, el de la vida simple y el de la felicidad sobrenatural, pasaba por un fotomatón de la Puerta del Sol, el kilómetro cero: seis fotos, tres para los padres, los hermanos o alguna amiga; otras tres para un convento, tal vez para un pasaporte…

Dos o tres años después pusieron al fin ese pasaporte sobre la mano izquierda de sor María Marta. A la derecha le llegó también un crucifijo que ella retuvo con amor y energía.

Al lado de Sor María Marta había otra monjita, también de pasaporte y crucifijo. A su vez, era joven y se llamaba Sor Teresalina. Codo a codo, las dos subieron la misma pasarela de un barco, se apoyaron sobre la misma barandilla del puente, vivieron la misma nostalgia y notaron crecer la misma alegría al otear en el horizonte la India de sus ensueños misionales. Por fin un día bifurcaron los pasos en un cruce de camino. Sor Teresalina siguió por el que indicaba una pancarta con el nombre de Baramulo. Sor María Marta enfiló y arribó a Cochín, a Pallurrethy, mejor dicho, un lugar oscuro de la India civilizada.

Al poco tiempo el nombre de Sor Teresalina se hizo carne de noticia. Lo tamborileaban los teletipos, se preocupaba el cine, lo deletreaban los maestros en las escuelas con profundo respeto y admiración. Su vida de mujer joven se había hecho roca para defender a los pobres y evitar la profanación de un sagrario. La tierra reseca sorbió con ansia aquella sangre que derramaba el vaso de generosidad que era el corazón de Sor Teresalina. Murió con el hábito empapado por una dulce y roja tibieza. Por delante del hombro, a la izquierda, la sangre se encendía como si tuviera estrellas de púrpura. El mundo sintió un temblor de escalofrío al conocer su gesta y “Sor Intrépida” entró ya briosamente en el impresionante martirologio de la Iglesia.

Las noticias que ahora llegan de Sor María Marta no son de las que pasan a los periódicos y se rotulan a cuatro o cinco columnas. Porque apenas si es noticia que una monjita fabrique sus ladrillos, los amase y salpique su hábito de cal a todas horas para ir aupando lentamente las paredes de un convento. Menos aún que se le hundan, que al fin y al cabo es lo que viene a decir: que todo hizo ¡clof! Y volverá a empezar. El sudor y la arena, las manos encallecidas por la picola, el acarreo del agua, los niños que eternamente esperan su escuelita, el dolor maternal de esa Superiora que es hoy Sor María Marta, no entran en las sacas de correos ni suben las escalerillas de los aviones.

Sin embargo, sospecho que para ese mundo espiritual y cristiano en que estamos comprendidos y vosotras significáis, Sor María Marta va a ser una estupenda, sabrosa y sensacional noticia. Su segunda preocupación o problema lo despacha ella en apenas dos líneas, pero es todo un mundo de méritos y sugerencias el que se nos abre tirando del ovillo de su carta. Resulta que tan sólo les pide a sus hermanas que, siempre que puedan, no dejen de enviarle periódicos y revistas de España, “aunque no sean religiosas”, porque “se me va olvidando el idioma de no tener nunca con quién hablarlo”.

“Si ese es el conflicto –podríais decirme-, que cuente con nosotras para solucionarlo. ¿Quiere usted darnos la dirección?” Pues sí, hermanas. Aquí van, y espero que toda una cordialidad de periódicos con noticias llamen desde ahora a las puertas de ese conventito de esa India distante y milenaria. Tomad nota: Sor María Marta Cecili. Sta. Elizabetlis Convent. Pallurrethy P. O. Cochín. Kerala. Sur India.

Pero a lo que voy ahora es a todo lo que hay al fondo de esa leve petición de periódicos de una monjita. En Cochín está floreciendo algo más que un hermoso y voluntario sacrificio. De allí parte un mensaje de luces y de vida que nos interesa subir al candelero de la mente. Me pregunto: ¿no es el martirio una entrega a Dios, deliberada y generosa, de toda naturaleza, hecho por y con todo amor?

La verdad es que hay dolores y sacrificios que remontan la peripecia de la muerte. Dolor por dolor, sin ir al más allá de las consecuencias, uno prefiere un ataque al corazón a pasar por el trance de la agonía de un padre. El tiro a las entrañas apenas si supone una agonía de quince minutos. Y es que el verdadero sufrimiento es el de atravesar todas las extenuaciones imaginables y luego tenerlas que revivir a cada momento porque se nos han quedado vivos el corazón y la conciencia.

Desde que sor María Marta pisó la cancela de un convento, el pausado, duro e invisible martirio se va cumpliendo en su persona, como diría también de vosotras. El primer tormento debió ser no besar las frentes de los padres a la hora de acostarse o dejar de dormir a la pequeñita hermana rubia. Luego vendría el telón voluntario a la cara graciosa de los familiares y amigos. Yo, que he conocido el gracejo andaluz y me he reído con los chistes de la que luego se llamaría Sor María Marta, os digo que me pone la piel de gallina el pensamiento de un continuo, extraño y frío lenguaje. A su vez, conozco también lo que supone no saber qué ha sido de aquella acacia que todas las primaveras florecía delante de su puerta, o si continúa manando o no el chorro de agua clara de la fuente vecina.

Remontando todo esto, en realidad entramos de lleno en el campo de la Fe. “Un cristiano –decía Mauriac- no se adhiere a la Fe porque es dulce sino porque es verdadera”. Los pasos que median entre un hogar y el convento son, de hecho, hitos escalados en el camino de la verdad meridiana de Dios. La propia consolación tiene un valor muy secundario en las caminatas hacia el Cielo. El valor de la fe está en las raíces que pone y en profesarla sin compensaciones. No vemos, pero hay un árbol dentro que nos da un fruto de seguridad. “¿Para qué queremos los misterios?”- le preguntaban a la monjita de una novela de Cesbrón-. “Los misterios –contestaba ella- son como el sol: no podemos mirarlos cara a cara; sin embargo ellos alumbran nuestro camino.”

La confianza que pide la fe se compagina con nuestra fortaleza. Decía nada menos que Nietzsche: “Si quieres el descanso del alma y la felicidad, cree. Si quieres ser discípulo de verdad, busca.”

Sé que a mis dedos, como a los vuestros, les gustaría tocar las llagas; que a mis ojos les agradarían ver el mismo perfil nazareno del Redentor y que los oídos me harían feliz con oír claramente su palabra, pero ¿tiene algún valor personal o comunitario ese fervor que toca, que ve y que oye?

Lo bueno de nuestra fe es que un día se nos metió en el corazón y allí se quedó tan segura como los cimientos de una casa de cincuenta pisos. Lo estupendo es que, a su vez, la Fe, vivida a diario con telones, cobra un maravilloso giro redentor, que pone en circulación un valor activo con capacidad de salvar.

Se ha hablado mucho sobre el primer pecado de Adán. Lo que nadie podrá dudar es que allí se consumó un pecado de traición, una felonía a la confianza de Dios, una violación en resumidas cuentas, de la Fe. Aquella confianza exige una restitución, y la Fe únicamente puede devolverse con los ojos vendados; con un “sí” rotundo a unos labios que no preguntan con sonido; con el caminar en ligereza a una llamada que apremia sin altavoces.

¿Comprendéis, hermanas, el inmenso valor, el tremendo valor de los horarios y la obediencia, los pasillos grises y los trabajos vulgares, la monotonía y el libro de horas? Cuando sondáis con toda amabilidad a un enfermo; cuando maceráis vuestras espaldas o claváis las rodillas en el suelo de una alta noche; cuando seguís bondadosamente las letras de un silabario, lo que estáis diciendo es algo muy parecido a esto:

– “Señor: yo sé que Tú mismo has tomado un ascua de tu corazón y has prendido la antorcha de una llama de amor en el mío. La vida oscura, mi horario de humillaciones y actos repetidos, este no ver de sol a sol, lo subo hasta la hoguera de mi alma como pasto de la luminaria que debe ser mi vida. Acepto el telón que pones para que aquí no te veamos cara a cara y lo interpreto en el sentido de un deseo tuyo de que entreguemos nuestra lumbre en tus manos para que tú la traslades a otro lugar necesario y se hagan luces en almas que apagaron voluntariamente los destellos de su alma con el delito y la incredulidad.”

Sí, hermanas; con sandalias que no salen de un claustro o con zapatillas que pisan las salas en silencio para no despertar a los enfermos, se puede correr diariamente el maratón de la Fe. Un “Fiat” y una sonrisa con sol, con lluvia y con tormenta, tienen un maravilloso valor de comunicación. Si en algún momento no veis palpablemente a Dios y seguís en la alegría, es tan fijo como el sol que nos alumbra que otros ojos espirituales que nunca supieron de misterios ni de glorias, se han abierto inesperadamente y el propio Cristo les canta desde sus propias entrañas. No es otro que este el maravilloso misterio redentor de la Fe.

Vuestro siempre,

Manuel Lozano Garrido

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