Había un hombre que dormía desnudo sobre el césped.

Se miraba a un lado y al otro del horizonte y por ningún lugar aparecía otro rastro que el de aquel varón fornido y somnoliento.

Si se caminaba y caminaba las noches y los días, nunca se recogía otra marca que la de sus plantas bien seguras.

Porque de aquel hombre eran los mundos, y su cuerpo modelado sobre la hierba decía que era el Primero, el apenas nacido de un molde de nada, amasado por los dedos milagrosos del Único cincelador de mañanas y fuente  de pájaros y constelaciones.

El hombre dormía con un descanso de miembros sin fatiga.

Sobre la piel del corazón en estreno se le agrandaba por momentos una llama viva, rugiente, como de alto horno en plenitud.

Entonces, por la vereda vino un ángel que lucía sobre la frente unos cabellos de trigo maduro.

El ángel se acercó y fue doblando unas piernas en columna, como profecía de estatuaria griega.

El querubín quiso llamar a la criatura e hizo memoria de su nombre.

Y como no lo halló, le dijo “simiente”, y “raíz”, y “manzano”, y “melocotonero”. Después tomó una brazada de espigas, la llevó hasta el tórax del varón y la candela que le prendía la fue trasladando a los troncos y las campiñas, los prados y los eriales.

Cuando el hombre despertó supo de un gran vacío en el lugar de la entraña.

Entonces fue a los surcos y en el fondo de las espigas vio cómo unos rasgos suyos, pero en niño; luego repasó las manzanas, las uvas, el don de los árboles y por todas partes le sonreía el candor y la inocencia de su fisonomía de infante.

El hombre pensó y al fin se dio al gozo.

Porque había descubierto su naturaleza de eternidad desparramada y florecida por los campos, los caminos y los horizontes.

Allí mismo, también, había nacido la Ternura.

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