Religión Confidencial, 9 de agosto de 2020

Mira que los periodistas andamos faltos de santos de andar por la redacciones. Y para uno que tenemos por estos predios… pasa inadvertido, muy inadvertido, demasiado inadvertido.

Se trata de Manuel Lozano Garrido, Lolo, que nació un 9 de agosto hace cien años. Por lo tanto se cumple el centenario de su venida al mundo. El 12 de junio de 2010, en una memorable ceremonia en Linares, su cuna, fue declarado Beato, reconocido como un hombre que vivió y luchó por la presencia de Dios en su vida. Fue agraciado, como argumento en su defensa y no precisamente del abogado del diablo, con la gracia del periodismo, que también es una gracia en la medida en que es don.

Pues en estas estamos. Sobremanera en la diócesis de Jaén, que se ha volcado con este centenario y prepara una serie de actos, encuentros, jornadas, celebraciones que llevarán a primera plana a quien no quiso el más mínimo protagonismo.

Porque a Lolo le espantaban las luces de la fama, de los falsos honores, de los primeros puestos. Es un referente para los periodistas, pero de lo que da lecciones, de verdad, es de humildad, que al fin y al cabo es andar en la verdad. Cuestión esta de la que debiéramos saber algo más los plumillas de turno.

Por más que algunos que se consideran católicos oficiales, incluso en esto del periodismo, enarbolen la bandera de este Beato de los periodistas, me temo que Lolo se escapa de las manos de todo aquel que quiera apropiárselo para aprisionarle. Sus textos son tan puros que huyen de cualquier instrumentalización. Una mecanismo psicosocial, el del uso y abuso, al que los periodistas estamos demasiado acostumbrados.

Lo ha dicho el gran promotor de la Causa de Lolo, el sacerdote Rafael Higueras, en la homilía de la misa inaugural de este centenario de Lolo, en Linares. Y lo ha dicho con la claridad y el donaire que le caracteriza:

“El humildísimo Lolo, cuando es homenajeado, y se le otorga el título de “Hijo predilecto de Linares”, escribe una parábola larga, extensa, contando una fábula que comienza así:

“Había una vez un hombre que vivía siempre dentro de los límites de su propia habitación.  El alcalde, que usaba bastón de mando en las procesiones, puso su firma al pie del expediente…

Con la prudencia sabia del Job que ve pasar la vida por delante, dejándolo convertido en un “árbol desnudo”, Lolo concluye su fábula: “y al fin se oyó un chasquido (al abrir el sobre que contenía el título de Hijo Predilecto) y por los ojos asomaron dos lágrimas que resbalaron por las mejillas, la comisura de los labios y la barbilla”. Y concluye con un grito sordo: Homenaje al hombre”.

Homenaje al Beato de los periodistas, que es el beato de la humildad en la verdad también para los periodistas.

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