(La noche tiene cien dedos, que buscan el arco de la garganta. Cada paso hacia las tinieblas es como la renuncia a un asidero sobre el vacío. Un hombre –el Hombre- lanza un guijarro, y la arena la recibe con un eco de continente perdido. Veinte  metros, y ya un corazón es una isla. Todavía tiembla la rama cuando unas rodillas se derrumban al pie del olivar.)

 

Van de la mano, en silencio, por la acera soleada. Luis sigue con la vista la línea regular del bordillo, y a Mari Carmen la noticia le quiere sobrenadar entre tantas contrariedades:

-Ya tenemos piso. Ahora nos casaremos. ¡Qué bueno don Leopoldo! ¡Cómo le dolía hablar de la prima que le ha reclamado el casero…!

Luis piensa en los muebles y la vajilla, aún en el aire; en las contabilidades y las horas “extra” que se le avecinan; en el sastre, los pintores y las pagas hipotecadas -¿hasta cuándo?-, a las que ahora habrá que cargar las diecisiete mil de la prima. La voz se le fuga en el vértigo de las monedas:

Sí… don Leopoldo es amigo de la casa…, casi me vio nacer…

Ahora don Leopoldo se humedece el pulgar, y con una sonrisa picarona lo va pasando, uno a uno, por el verde apergaminado de los billetes. Después los ordena, los anuda con una gomita, y la cartera los recibe con apego. Camino del bolsillo, la sonrisa se le ha expansionado por los carrillos, y un guiño a la “girl” del calendario se le queda ronroneando, como un moscardón, en el ojo derecho.

(Hasta los recuerdos tienen en la noche un duro sabor de acritud y de fango. Están sobre la palma del Hombre arrodillado, como una ostra gigante, y, cuando la uña la abre, se desliza, grave, desde lo alto, la esfera viscosa de una gota de amargura.)

Chirrían las ruedas al brusco frenazo del tranvía, y él le calcula, maquinalmente, el índice de desgaste. El cobrador le ha ido hasta el asiento, y piensa en los sus quintos de segundo malgastados. Mañana, en la factoría, deslumbrará a los jefes con la nueva fórmula de productividad. La guarda como un milagro de la precisión matemática. Al obrero, de cara, habrá que acercarle veintidós centímetros el mecanismo de traslado. Por la izquierda le entrará el acero, con las esquirlas de frente, para que él las tome por el respaldo. Con segundo y tres cuartos va bien para darle la vuelta y pasarlo a la derecha. A ese delgadito del mono que está en el ocho hay que trasladarlo a la descarga de material. Está siempre aireando los arañazos de las manos y asusta a los otros. ¡Si no es posible, si hasta la potencia celular está calculada…! Que no se distraiga con otras cosas. Allá él si tiene cinco hijos y el jornal no le llega. Aquí sólo cuenta la efectividad.

(Alguien se acerca, y sobre el bíceps coloca la punta de un alfiler y le empuja. Otro enfila su estilete sobre las piernas. Aquél apunta su espada a los costillares. Luego otro, y otro, y otro se unen y forman la legión de las túnicas, las cotas de malla, los chaqués, las americanas y los mambos. Al Hombre lo alancea la concentración de todas las criaturas que delinquen en la Historia.)

La gotera sigue repicando en el envase de leche americana. Hace frío, y consuela este arracimarse de los ocho en la habitación; ellos cuatro en el rincón, sobre el papel que cubre el aserrín que le dieron en la carpintería. A sus doce años los ha desvelado la película de la tarde. Los hermanos duermen, y los padres, despiertos y callados, están cerca; hasta le llegan las respiraciones entrecortadas… Es su primera noche de insomnio.

Al día siguiente, en la comida, un chaval pecoso mira a su madre, con el gesto de cólera de la inocencia que se derrumba.

(Cuando niño, alzaba los dedos hasta el pecho y le gustaba sentir en las yemas el blando refluir del corazón, su leve topada de corderillo. Esta noche, alguien, arriba y abajo, a los laterales, remachó unas láminas de bronce, y el latido le llega emparedado, duro, metálico. Para la palabra “Amor”, para la acción de amar, hay en cada poro los contrafuertes de un dique.)

Al salir ha mirado al escaparate de las Líneas Aéreas, y en el cristal confirma su orgullo de silueta de espiga, su talle de junco y de mimbre que lee en la envidia de las mujeres del casino y los salones. Él lleva ya los billetes para el “tour”, y son Chamonix y las fiestas del Club Alpino, el abrigo de visón y la travesía de placer los frutos palpables de una vida independiente. Se casaron hace tres años, y desde el principio dejó bien sentado que los hijos no podrían quebrar temprano su exuberancia física. A Enrique le arrancó la conformidad el “Seat”, la entrada de tribuna, las tardes con habano y el televisor que al fin disfruta.

Ahora van de pie, hacia la tienda de material deportivo. De pronto se han quedado quietos, entorpecido el paso por un cochecito, desde el que un bebé rubio, mofletudo, les extiende las manos con una alegría sin reservas, cándida, irresistible. Por un momento, ella ha sentido en el costado el rasguear de unas uñas diminutas, como la rebeldía de una maternidad sojuzgada. Esta vez es él el que se anota la baza del quite:

Mira, este traje deportivo te caerá de maravilla. También triunfarás en Chamonix.

(Los ronquidos de Pedro, de Santiago, de Juan, están en las sienes acompasando estos sonoros, tremendos, demoledores mazazos de fragua. Hasta el sueño tiene en esta hora una raíz delictiva. El músculo, la carne, los huesos, EL HOMBRE, están crujiendo como una hormiga pisoteada.)

“He dejado a Kempis porque me entusiasma Guardini. Fue estupenda la meditación de esta mañana sobre la Providencia. De Guardini me gusta la fluidez de ideas y su exposición tan sencilla, tan asequible. Las de hoy las he saboreado durante toda la mañana de oficina. Es lástima el rato que me disipó el ordenanza con su pegajosidad y su verborrea intrascendente ¿Qué querría el hombre con aquel runruneo de palabras? (El ordenanza: “Si don Ramón me aconsejara… ¡Necesito tanto confiar esta amargura…!”)

Bueno, aquí, con el sillón de orejeras, el brasero y la radio a medio tono, sí que podría leer el semanario católico. Con tanta oficina, círculos y actos de apostolado, me debo ya un descanso. La verdad es que me desconciertan estas revistas de hoy. Antes uno tenía su santoral, su relación de cultos, las homilías. Hoy todo es hablar de la silicosis, el nivel de vida, el absentismo ¡Qué tendrán que ver los santos con los jornales! (El silicoso: “La pensión, para cacahuetes. Luego dicen que no odie”. El chavolista: “Desde un colchón “Flex” se puede hablar muy bien de Dios”).

(Ya, sí, Por la frente, los pómulos, los brazos, caen Misisipis de sangre. Es sangre –LA SANGRE-, que empapa la arcilla, que salta a las autopistas, que salpica los rascacielos, que diluvia sobre los mundos, para ahogar al monstruo horripilante de la Culpa.)

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