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  4. Ha dado seis hijos a órdenes misioneras

Resulta más que tierno que Manuel Lozano Garrido dedique un artículo a una familia tan especial como es la formada por Ramón Mendoza y Ana Negrillo. Y lo es porque fueron maestros que es lo que Lolo no pudo ser aunque fuera su vocación inicial.

Aquel matrimonio, especialmente espiritual si se puede decir así, tenía las cosas muy claras en cuando a su fe y a su donación a Dios. No quisieron nada para sí mismos sino que todo lo entregaron a una causa mayor, la del Todopoderoso en el mundo.

El ejemplo que supone que, en determinado momento del tiempo, haya quien sea capaz y tenga las fuerzas suficientes como para ofrecer a sus hijos a la vida religiosa debe ser agradecido por todos los que creemos que así de importante puede ser la vida de un ser humano.

 

 

Publicado en Signo, el 16 de abril de 1955.

 

El mismo día, uno dijo la primera misa y otra profesó.

La familia entera se dedicó a la Acción Católica.

En el noviciado de Misioneras de Bérriz se ha celebrado una profesión religiosa. La nueva profesa pertenece a una familia numerosa, la de Mendoza Negrillo, en la que se han reiterado las vocaciones, y que por entero ha estado consagrada a la Acción Católica, figurando entre sus dirigentes. La profesa misma hace la sexta entrega de un ciclo de siete hermanos en el que, salvo el mayor, constituido en jefe de hogar, todos han ingresado en órdenes misioneras, los tres varones en la Compañía de Jesús y ellas tres en las Mercedarias Misioneras de Bérriz.

El acto ha constituido una destacada efemérides, por coincidir la primera misa del padre Juan de Dios, el mayor de los hermanos religiosos, venido ex profeso de Lovaina (Bélgica), y reunir por primera vez, después de muchos años a todos los familiares (algunos llegados de lugares como Centroamérica), que de nuevo han de iniciar una dispersión en la que ahora está incluido el destino misionero en las Islas Carolinas.

Días antes empezaron ya a llegar a Bérriz todos los familiares. Las Mercedarias habían reunido previamente a las dos religiosas y a la profesa. Por su parte, la Compañía de Jesús hizo venir de Quito y Salamanca, respectivamente, a los padres José Ignacio y Jesús, y de Lovaina, al padre Juan de Dios, que acababa de recibir la ordenación sacerdotal.

El retiro preliminar fue dado a la religiosa por el misacantano, y la fiesta definitiva tuvo un cuadro de sencillez, como asimismo la primera misa del nuevo sacerdote, que por imperativos del ceremonial hubo de cumplirse como un acto más de la profesión.

El voto fue tomado por el hermano, auxiliado por los otros dos. Entre la comunidad figuraban sus dos hermanas, y en sitio preferente la madre seguía con emoción visible la liturgia del acto. Después diría: «Ha sido el acto más feliz de mi vida. ¿Qué quieres, Señor, a cambio de esta felicidad?» El deseo de Cristo llegó pronto: la general de las Mercedarias manifestó la necesidad de enviar a las Islas Carolinas como misionera a la hija mayor. Ha sido ésta una ofrenda más que el cielo debe haber contabilizado.

De esta referencia, tal vez nazca una pregunta: ¿quién es esta familia Mendoza de tan impresionantes coincidencias? Hela aquí.

DOS MAESTROS SE CASAN

Cuando hubo de constituirse el matrimonio Mendoza-Negrillo, gozaba de cierto preámbulo docente y tuvo un destino de tal. Maestros ambos por vocación, cristianos y brillantemente capacitados, encontraron en la labor pedagógica circunstancias para sembrar la palabra de Cristo, y a ellas se entregaron con fe y entusiasmo.

De don Ramón Mendoza dice ya algo que por su labor educativa se le nombraba hijo predilecto de la ciudad natal –Begíjar- y que en una calle luzca su nombre. Fijada su residencia en Linares, aquí cumplió hasta su muerte, ocurrida pocos años hace, la heroica tarea de un magisterio ejercido a conciencia, de cuyos frutos se han nutrido todos los estamentos sociales. Oficinas, talleres y centros de estudio recibieron muchachos suyos con una preparación básica a la que se unía cierta educación y una sólida piedad. Todo infundido con métodos persuasivos, en los que nunca tuvo nada que hacer el «la letra con sangre entra». Pero si al maestro preocupaba el futuro vocacional de los próximos hombres, mucho más le urgía la continuidad de su obra religiosa, que halló en la A. C., a la que encaminó generaciones enteras de escolares que incluso llegaron a ejercer la presidencia.

Pero no queda a la zaga de vida de doña Ana Negrillo, su ejemplar compañera. Todo lo dicho del esposo tiene, en lo femenino, similar aplicación. Añadamos que, por especiales circunstancias, ha podido llevar adelante la empresa de generosidad que juntamente iniciaran. Ahora, esta mujer, de una sencillez impresionante, apenas tiene ya qué ofrecer a Dios, aún incluida su propia actividad, consagrada a la oración y al apostolado. Entre sus manos sólo quedan las cuentas del rosario, que desgrana lentamente, mientras su corazón acaricia esa otra sarta de hijos misioneros esparcidos desde el Ecuador a Oceanía. El gesto es bello, pero ¿verdad que es duro? Sólo ella lo sabe. Por eso decía, comentando las lágrimas del día de la profesión: «Hijos: habéis oído muchas cosas, pero nunca que el corazón deje de cumplir sus funciones». Con lo que daba a entender su natural dolor de madre; pero lo que no sabrá explicar nunca es por qué su boca aflora sonrisas que no abandona ni cuando la oración coarta la frase. Sus labios, como los de Adela Kamín, siempre, siempre sonríen.

Y es que en esta fecundidad religiosa no pudo ella nunca ni soñar. Porque, como el otro Luis Martín, ilusionado con una vida religiosa que Dios no aceptaba, para darle en cambio un puñado de hijas consagradas y la santidad de una de ellas con el nombre de Teresa de Lisieux, doña Ana Negrillo había ansiado en su juventud las angosturas claustrales; pero el Señor demoró aquel deseo, que hoy ha cuajado en esta gavilla de seis vocaciones.

Apenas cuando pasen unos meses, el rito de la jubilación va a sellar la ingente labor educativa de esta mujer. Para entonces -se dice- acaricia la ilusión de buscar una ciudad equidistante de los conventos en que habitan sus hijos. Eso sí, su residencia ha de tener la proximidad de un sagrario, donde viva en comunidad de espíritu con los suyos y dialogando con Aquel a quien entregó mucho más que la existencia.

DE TAL PALO…

Con padres así no puede sorprender lo que digamos de unos hijos, cuya educación y enseñanza llevaron personalmente.

Sumariamente: Ellas tres se bastaron para infundir a un Centro muy importante de chicas temperatura y espíritu misional. Y esto es una sola faceta de sus múltiples actividades. La menor, por ejemplo, cumplió con las adolescentes una misión para la que no existen calificativos. En la edad de las crisis y las sorpresas, supo calar, con cariño y simpatía en los corazones, ganándolos a la confianza. ¡De cuántos peligros no libraría con sus consejos!

Fue análogo lo que entre aspirantes hicieron sus hermanos Jesús y José Ignacio. ¡Qué estupenda aquella Sección de Piedad que llevaba el primero con puñados de chavales comulgando a diario y con capillas atiborradas en retiros o ejercicios!

En el Centro en que nació la decuria, José Ignacio ha sido uno de los hombres que más llenaron la función, ideal del instructor. Haciéndose un “peque” más, Cristo supo de muchos chicos, en la edad de la generosidad, ganados por él.

Juan de Dios, que es el que ahora celebró su primera misa, dejó una huella imborrable como vocal de Peregrinación y en el apostolado radiofónico. De su Centro llevó a Zaragoza más peregrinos que el resto de la diócesis juntamente. Y con un espíritu a prueba.

Ha sido, pues, ésta una familia íntegramente dedicada a la Acción Católica. Hasta el único hijo seglar fue fundador de un Centro castrense.

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