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Si hay un tema que es del gusto y gozo de Lolo es el de la juventud. Y es que desde edad muy tierna ya se interesa por tales temas a través de la Acción Católica. Y por eso en este artículo así lo refleja.

Alguien puede decir que los datos que aquí aporta están muy alejados de la realidad de hoy mismo. Y es verdad. Sin embargo, en origen de todo el mal actual está, precisamente, lo que nos dice el Beato de Linares.

Ciertamente, en aquel su tiempo a lo mejor era posible poner alguno de los remedios que propone. Ahora, sin embargo, podemos proclamar con Cicerón aquello de “Oh tempora, Oh mores! Pues eso.

 

 

Publicado en “Cruzada”, en junio de 1955.

 

El 80 y el 37 por 100 de los niños delincuentes lo fueron por el cine y las lecturas.

En una ocasión, cierto avestruz fue a dar a una llanura en la que se agrupaban otros noventa y nueve animales de la misma especie. Como observara que todos ellos tenían la cabeza escondida bajo el ala, el animal oteó el horizonte y, no alcanzando pruebas que denunciaran peligro, se acercó al grupo, inclinó la cabeza y… la metió también debajo del ala.

En parte, este apólogo de Claudel tiene su correspondencia en el encogerse de hombros de ciertos padres de hoy ante el conflicto que para la educación del niño supone la corrupción del cine y las lecturas, en la quebradiza órbita del mundo infantil. Con un tanto de gravedad en su contra: que los avestruces se inhibían ante un peligro inexistente, pero ellos se retraen y abandonan al pequeño a un monstruo que está inmolando legiones de almas infantiles. Y si no, he aquí un dato revelador que nos atañe: en unas declaraciones hechas por don Ramón de Alberola, Juez Presidente del Tribunal Tutelar de Menores de Madrid, se hace constar que el 80 por ciento, cuanto menos, de los niños bajo su tutela los empujó el cine a la delincuencia, y al 36,39 por ciento la lectura de publicaciones inconvenientes.

Particularmente impresiona otro hecho revelado por el Sr. Alberola: el 50 por ciento de los niños recluidos en la benéfica institución que dirige los suministra exclusivamente la provincia de Jaén.

Grave es la confesión y creemos que justificativa de que ahora nos detengamos analizando esas dos características denunciadas -cine y lecturas- que a tantos niños llevan a marginar la ley.

ARMAS DE DOS FILOS

Sería pueril achacar a la pantalla y a la literatura infantil una mera y exclusiva función demoledora, cuando lo cierto es que, si no el cine, utilizado hasta ahora con fines docentes en un porcentaje mínimo, las lecturas han sido, en ocasiones, estímulo para la cultura y la espiritualidad religiosa. Aún el cine tiene ya sus aportaciones positivas, como lo demuestra el reciente y rotundo acierto de “Marcelino Pan y Vino”.

Sin embargo, habrá que reconocer que la cinta, cuando menos limpia, es hoy como una gota de agua en el maloliente mar de la cinematografía. De España, donde es conocido que la censura oficial ejerce una tarea más responsable, sólo 11 merecieron el “placet” de la Iglesia para los niños. Si a ello sumamos que una sola proyección insana puede dar al traste con la semilla de un centenar de buenas, se alcanzará la magnitud del problema.

Y cuanto decimos de la cinematografía cabe aplicarlo a la literatura. Está aún reciente la campaña de la prensa nacional para incurrir en pormenores. En ABC se ha llegado a decir: “Las revistas constituyen hoy, en general, un poderoso medio deseducador de la infancia española”.

EL NIÑO Y SU EVOLUCIÓN

Curiosidad, imitación y credulidad caracterizan la psicología del niño. Conforme la naturaleza se desarrolla, crece también en el pequeño la avidez por lo desconocido y el afán de sensaciones. La imaginación juega en tal orden un papel decisivo, que extrema la buena fe del pequeño, ese fiarse inocente de lo que ve y de los mayores, en quienes su ausencia de malicia les hace creer ciegamente.

En estas circunstancias las cintas y publicaciones, con su apariencia de verosimilitud y ese atuendo de autoridad que le conceden sal y proyección, las sugestivas viñetas y el empaque de la letra impresa, constituyen un vehículo de infiltración e influencia de fuerza avasalladora. De su empleo, pues, para el bien o para el mal, dependerá la salvación o el abandono del pequeño. Aún en la adolescencia, cuando las contradicciones empiezan a minar la fe en personas y cosas hasta entonces intangibles, el cine y las lecturas continúan alzando sus banderas de fantasía como un refugio a ultranza.

Ocurre preguntar: ¿Han hecho, cine y publicaciones, honor a esa confianza depositada por la inocencia? Convengamos en que no. Desde la instauración de la Prensa, desde la creación de los Lumière, el mal ha hecho su asiento en las pantallas, las tiras de las revistas y las galeradas del cuento, sin que del hombre católico saliera más que una pasividad condenable o un retraso contraproducente. En el cine casi nunca hubo una presencia educativa o religiosa acusable. Hasta ahora no se ha conocido un “tebeo” que, cuando menos, careciera de cualidades negativas. Y si son los cuentos…

EL MONSTRUO DE UN SOLO OJO

Por su voracidad así se ha llamado a la televisión, pero también el calificativo cabe aplicarlo a la cinematografía, de acción análoga. Examinemos la técnica de “casa del cine” y sus trofeos.

Ya hemos hablado de su credulidad. Ahora, acomodemos a un pequeño cualquiera en una localidad. Ya está. La luz se apaga y emerge la cinta plateada. Desde este momento dejemos al margen la realidad, pues el niño anda inmerso en un mundo imaginativo. Ahora sus ojos se posan en el héroe que todo lo avasalla, en la escena más o menos exótica, en la odisea del “malo”, con sus trucos, y su manera de allanar la ley, en el manejo que hace el “bueno” de las armas y su golpe decisivo, etc., etc.

Cuando al final la sala se ilumina, el niño o el adolescente llevará sobre sí un triple impacto: en su fisiología, en su conducta y en sus ideas. El primero se traduce en un desequilibrio nervioso que empieza en la sala, sigue con miedos y largos insomnios y luego se prolonga más o menos días, según la intensidad de la excitación. La alteración en la conducta alcanza a la imitación de los personajes, de los incidentes y de las relaciones. En las ideas, en los casos mejores, el niño sólo llega a distinguir la inconveniencia de lo sexual. El suicidio, la injusticia, el adulterio, pasan desapercibidos, con la consiguiente confusión de criterios.

Precisamente la censura católica, más que con escenas reprobables, fáciles de suprimir, lucha contra un cúmulo de sucesos diluidos, como las costumbres extranjeras, que no pueden ser condenados por su difícil apreciación, pero que acaban siendo asimilados por los espectadores. En tal sentido merece reseñarse la confusión creada en la juventud en torno a las relaciones amorosas, hasta el punto de que la mayoría ha llegado a identificar el amor con la efusión amorosa, menospreciando a los que se conducen limpiamente y acusando unas relaciones cinematográficas.

Por su parte, la técnica que acusan “tebeos” y cuentos se puede sintetizar en ese culto a la irrealidad y a la violencia, cuando menos negativa.

Con esa personalidad ¿Cuál será la hoja de servicios al niño de la pantalla y las publicaciones?

TERROR EN U.S.A.

Tenemos ante la vista un informe redactado por el F.B.I. Objetivamente en él se reseña que la nación yanqui está sobrecogida por el número y los delitos de las bandas infantiles. En solo un año los tribunales han tenido que juzgar a 350.000 delincuentes menores. En los últimos cinco años la criminalidad infantil ha aumentado en un 50 por ciento y más de un millón de peques llegaron a combatir con la policía. Y no cabe exclusividad de clases: de una banda formada por niñas de Washington, 25 eran de familia acomodada. Y basta para muestra.

¿Causas? El FBI las señala: lecturas nocivas en las que el crimen se glorifica.

¿Y si arribáramos a otros países? Ahí está Francia con su caso de ese pequeño que aplicó a un compañero una técnica de degollación de cinta policíaca. Y ese clamor de Canadá, Inglaterra y Centroamérica, pidiendo una censura que ponga coto a los desmanes.

España es otra cosa- dirá alguien.

Pero sería cándido llegar a una conclusión de inocuidad. Recordemos esas sólo 11 películas que podían ver los niños, el suceso del chaval que se arrojó desde una buena altura conjurando a un personaje novelesco, la nota de la Dirección General de Seguridad, a raíz del descubrimiento de una banda, invitando a la vigilancia paterna, etc. Aunque nos pese, también a nosotros nos alcanzan las consecuencias.

¿SOLUCIONES?

Las hay. La autoridad debe extremar el cumplimiento de la legislación; no asistencia de menores, fotogramas inconvenientes al exterior. Los padres estrecharán su deber de vigilancia. Decía “Ecclesia”: “Observen a sus hijos, niños o adolescentes, cuando siguen sus ojos los dibujos y el texto de la prensa infantil. Tomen después en sus manos esas páginas y reflexionen”.

Los niños deben ir menos al cine y con seguridad. Criben los padres las distracciones y háganles simpatizar con las buenas. Afortunadamente hoy las hay. Citemos al “tebeo”, “Trampolín” para ellos, a “Volad” y “Tin-tan” para ellas, a las colecciones de novelas Escelicer y el Robe, a “Marcelino”, cuento y película, a la distribuidora Pax, al Círculo de Lecturas Santa Teresa y tantas otras obras limpias, recreativas, culturales y educativas. Los padres son quienes en definitiva tienen la palabra. A ellos toca dislocar esas quintas columnas contra la infancia.

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