«Esperar es caminar, aunque se cieguen los senderos; y  amar, aunque se desencadenen los naufragios, porque uno apuntó ya en la agenda de su frente la gran cita del único Amor que no se interrumpe”

(Beato Manuel Lozano Garrido,
Dios habla todos los días.)

Leyendo los “tres libros diarios” de Lolo, se puede dibujar el perfil de su vida, de sus largos años (más de veintiocho), de dolor de paralítico; y de sus raíces, ramas y frutos de cristiano recio que él era.

El primero de estos diarios, titulado “Dios habla todos los días”, lo comenzó a escribir el 4 de abril de 1959 y lo concluyó el 31 de diciembre del mismo año. En la página final nos ofrece cinco definiciones de la Esperanza. La última de ellas es el texto que abre este escrito. Parece un eco de aquellas palabras del profeta Habacuc:

Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto;
aunque el olivo olvide su aceituna
y los campos no dan cosechas;
aunque se acaben las ovejas del redil…
Yo exaltaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi Salvador” (Hab. 3, 17-18)

Es también la esperanza del justo Job, que “espera contra toda esperanza”.

Pero estas “definiciones” de la esperanza, que el Beato Manuel Lozano nos ofrece, las introduce él mismo con una confesión:

Señor, desde hoy, apenas si deseo otra cosa que apurar extremadamente la fe y vivir    rabiosamente la esperanza”.

Esa esperanza de la que él mismo dice qué es lo que espera:

“He de soñar con verte, me moriré de no verte,
y Tú seguirás amurallado por los siete velos,
siempre escondido e inasequible”.

Y sigue jugando con las palabras:

“Cada lágrima vale por una carcajada;
un dolor, por un consuelo;
la noche, por el mediodía;
el silencio, por el clamor íntimo de una ternura…”.

De esa esperanza, el Beato Manuel Lozano nos dice cómo se sacia, cuando y de qué manera se posee. Es en una página, de trazos místicos, que escribe en Tíscar, junto a la fuente de agua fresca y limpia que salta frente a la puerta del Santuario de la Virgen:

“Tengo sed, Señor, del agua de esa fuente…
Me abraso de ansias de ser mejor,
de notarme más fiel…
Mi sed es de Ti…
Lléname como un aljibe,
y casi en seguida, me dejas vacío,
para que yo goce además
del júbilo de sentir ¡cómo te viertes!”.

(Las Golondrinas nunca saben la hora, página final)

Es como un eco de la esperanza del obispo San Agustín: “Mi corazón está hambriento hasta que descanse en ti” (Confesiones I, 1)

¡Abrirse al silencio, para que se oiga el susurro de Dios!

* * *

Escribo estos renglones “en un día de confinación” a causa del “corona virus”: una experiencia de soledad y de silencio. Un momento oportuno para ver nuestros vacíos y nuestros deseos; nuestra soledad y nuestra esperanza.

Sin duda que es un momento privilegiado para oír la voz del Señor. No viendo los días como un castigo de Dios ¡Todo lo contrario! Es un tiempo de gracia que da el Señor que siempre es PADRE. Un tiempo del PASO -de la PASCUA- del Señor entre nosotros. Un tiempo para medir nuestros deseos, nuestras esperanzas. Pero también para valorar esas esperanzas.

Creo que la mirada al Beato Manuel Lozano Garrido, a su vida, a su dolor, a sus escritos…, a su pensamiento, es una luz, ahora precisamente que estamos en el año -que quedará para la Historia- como el año de esta pandemia dolorosa y mortal, pero también como el año del Centenario del nacimiento de Lolo: Una vida que empezaba con la alegría y el bullicio con que se celebra cada nacimiento. Pero también una vida, partida en dos “mitades”. La segunda mitad, es una mitad de dolores, pero también una mitad de esperanza en el Dios único y todopoderoso que nos salva por Jesús, Redentor y Salvador.

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