Manuel Lozano Garrido, aquel de los tiempos en los que estaba en el mundo, conocía muy bien al ser humano y cada una de las circunstancias por las que podía pasar a lo largo de una vida según fuera su ser, su actuar y su estar en el mundo.

Para Lolo, el hombre que lleva a cabo su labor lo hace esperando la esperanza o, mejor, haciendo de esa virtud teologal una forma de ser y un lugar donde reposar cuando las cosas pudieran no estar saliendo bien o no se saben cómo saldrán.

En realidad, aquello que pudiera parecernos como que ennegrece nuestro vivir, las preocupaciones de todo tipo con las que caminamos no son, como nos dice el Beato de Linares, más que brotes verdes de la gracia de Dios o, por decirlo de otra forma, un camino sobre el que llegar al definitivo Reino de Dios, llamado Cielo.

 

 

Publicado en el Diario “Jaén”, el 7 de septiembre de 1969

 

La espuma de los días

 

He aquí un hombre, un hombre cualquiera, sin apenas importancia en sus apellidos; un hombre como hay muchos, enlazado a la tierra, echando raíces en el campo bajo un techo de pájaros y de luces.

 

He aquí a un hombre que, a la hora en que las hojas de los árboles se pusieron amarillas, tomó una yunta y metió la reja en la campiña, bien honda, para darle hueco al puñado de trigo que lanzó después al aire. Centenares de hombres, millares de hombres arrojan al viento puñados de trigo cada año, cuando en los árboles las hojas se ponen amarillas. En el grano, en cada grano, late a su vez el germen de una ilusión; una ilusión que cada amanecer estrena el menudo estallido que le acerca lentamente a una meta de espiga.

 

*   *  *

 

El hombre, los hombres, viven y se enraízan, por la ilusión, al destino y al peligro de los surcos. Su suerte está echada sobre la tierra, con la tierra, con el viento, la lluvia y la luz que se derrama sobre los surcos y, porque sus pies se atornillaron al cielo de la tierra, los hombres del trigo, los que viven y sueñan para la siega, se hicieron necesariamente hombres de mirada a lo alto, dependientes del cielo, de allí de donde viene la nube que esponja y revienta venturosamente el grano, de donde nace la luz, que pone lumbre en la vida de las simientes.

 

*   *  *

 

Este es el hombre que jamás bajó la frente ante la amenaza de una tormenta; un hombre con una luz por debajo de la frente que le llevaba a ver necesaria la lluvia y el frío, la escarcha y el viento. Por eso ahora el hombre sonríe, de cara a la hora feliz del trigo en el granero. Mas que promesa el grano, el grano es ya una realidad de hogaza caliente para todos los días. De aquí que el hombre lo contemple con alegría, ya sin preocupaciones, dando la espalda a todo ese símbolo de tinieblas sobrepasadas que es el campo que extiende al otro lado del rincón picoteado por las gallinas. Para él la esperanza ya ha dejado de ser una voz que clama desde lo hondo del destino. El sueño, la ilusión o la promesa están aquí, concretadas en un hermoso montón color de oro.

 

Las preocupaciones que pesan, los dolores que abruman, esa cárdena insistencia de las nubes en las vidas de los que luchan ¿qué son, sino matices de una germinación de gracia que apunta al granero celeste, allí donde Dios mismo se hace pan de gloria que nutre sin tiempo, más allá de la muerte para siempre?

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