Casi podemos decir que este artículo, junto a su título en el que nos muestra que el sufrimiento, la Pasión de Cristo, no ha terminado, tiene todo que ver con la propia vida de quien lo escribe, a saber, Manuel Lozano Garrido.

Si hay quien no sepa la consideración que Lolo tenía acerca del sufrimiento, debe leer este artículo bien despacio o, por decirlo pronto, sin tener prisa en acabar, porque en el mismo muestra nuestro amigo la verdad de su propia existencia.

No cree el Beato Lolo que el sufrimiento sea, sólo, sufrimiento, sino que lo incardina con la espiritualidad más profunda y lo tiñe de fe que es, según él cree y nosotros creemos que cree, que es la mejor forma de entender lo que es, en sí mismo, el sufrimiento.

 

 

Publicado en la revista Catolicismo, el 21 de junio de 1960.

 

El sufrimiento, gran financiero de las Misiones

Al hablar de redención, los cinco huecos de Dios sobre el Calvario nos han filtrado una palabra con misterio: dolor. Algo muy grato tiene que haber bajo ese caparazón de erizo cuando el sufrimiento nos llega con un clarísimo marchamo de amor. Alguna relación ha de mantener el dolor con la felicidad cuando las heridas y la sangre están religadas a los días rojos de cada hombre. La maternidad permanente, el nacimiento de los hijos, el mismo enamoramiento que discurre bajo unas acacias tienen en el umbral el ancho cauce de una herida. Y es que el dolor, cuando ensavia de ternura toda su escalofriante corteza de gritos, sube al hombre a un pódium de transfiguración y de gloria.

INYECCIONES Y FLORES

Ahora el teletipo tamborilea con una hermosa nostalgia de tulipanes. En Holanda se ha descubierto una composición que, inyectada en el tallo de las flores, mantiene la gracia y el aroma por un tiempo indefinido. La Agencia acompaña la noticia con un clisé en el que, en un primer plano, todo el barroquismo del clavel y la dureza inapelable de una aguja hipodérmica nos crispan en su áspera oposición. Al fondo, una sonrisa publicitaria de chica resbala, inútil, sobre nuestra piel de gallina.

La verdad es que toda la potencia de evasión que se configura en la epidermis de un clavel la captan con agrado esas cinco antenas que son nuestros sentidos. Al oído, los ojos, etc., les tira hacia lo sensible su fiebre de vegetación biológica. Pero la imagen por la imagen, la tarta de crema como ansia, apenas si remontan la función de la placa de nitrato o la bárbara pitanza del ganado. Lo natural del paisaje es que nosotros le pasemos las pupilas en función de una línea de belleza. Lo lógico es pensar en el perfil de una mujer como un punto de conocimiento para la fraternidad o el amor. Lo sensible es así como el punto de origen para una recreación espiritual. El hombre palpa, mira y escucha, abocando su naturaleza a la amistad, la belleza y la bondad, que forman, en suma, un cometido espiritual, lo que da la diferenciación humana. La relación espíritu-cuerpo está sellada con una marca de jerarquía; el alma, como director de Empresa que resuelve, y la fisiología, como el ordenanza que suministra los informes. Cuando esta trabazón se invierte, cuando el instinto se aúpa sobre el entendimiento y la voluntad, es ya una pobre función animal la que usa el dictáfono y la mesa de oficina.

EL GRAN RESTAURADOR

Mas, ¿cómo rehabilitar el trono de un hombre humillado? ¿Cómo desarticular la fuerza del bruto que se encumbra?

El dolor es el gran restaurador, el valiente apelativo que mina los pies de barro del gigante. Una úlcera o un fracaso son como un seísmo que tambalea el engreimiento de los cinco puntos sensibles. El dolor se enreda en las extremidades o el aire de los pulmones y le pone a la carne una cita de limitación. Por el contrario, la queja o la angustia toman al espíritu y le agitan su raíz inmortal. La enfermedad nos hace crecer – junto a la mesita de noche- el raciocinio y los propósitos, el sentimiento y la permanencia de algo hermoso y sin límites que nos bulle en lo hondo. Es así que, basculando los sentidos hacia la tierra y aupando el platillo de las potencias, el hombre vuelve a “ser” con el sufrimiento. Y “ser” significa salir de una parcela de egoísmo para entrar de nuevo en la esencial vocación de amor. Una criatura restaurada es la que reaviva las brasas del corazón, las siente crecer y piensa en conducirlas como una antorcha para que se haga tea la entraña del compañero o la del hombre de mono que pide lumbre por la calle. El dolor, quebrantadas las vértebras del egoísmo, reanuda la generosidad del hombre; la mujer o el padre que sufren, viven en fruto la prueba que las células le suben a la espiritualidad. El hombre que ve que el cuerpo se le cuaja físicamente en molde de plegaria, y acepta, siente que los lamentos le van redondeando una curva de fruto que levanta y acerca a los dientes del Padre y de las criaturas para que gocen las primicias sabrosas.

COMO UN PLAN MARSHALL

El sufrimiento, por tanto, don, fuente de Gracia, octavo Sacramento, cheque en blanco, dividendo en las manos de Dios que Él sustancia con los méritos de su Pasión y trasiega al forcejeo de luces del que ignora, a los chinos o hindúes a los que se les cuartea una mitología pagana, al vacío del tam-tam, la casta o la rebeldía que fracasan. El dolor, savia del Cuerpo Místico, linfa de la Iglesia, oro que capitaliza la economía misionera.

La Redención es así de taumatúrgica. El amor es así de transverberante. Una joven calla y reposa cara al cielo, y su palabra la van canalizando los hombres que evangelizan junto a la malaria, el Mau-Mau o el rito de fuego. Cada lecho de dolor de un sanatorio o de un hogar, cada sillón de ruedas tienen sobre la cabecera el espaldarazo de un crucifijo misionero. El silencio, la quietud, la fiebre o la herida purulenta son como partículas de ese gran óleo santo que se extiende y empapa, hincha y transfigura la geografía espiritual del trópico, la selva o la tundra.

Como no pondríamos una cerilla ardiendo en el eje de un billete de banco, tampoco a su vez se puede dilapidar esa veta de oro que se detenta en los sanatorios, las camillas o las casucas sangrantes de los pueblos. Una rúbrica, cierta intención oferente puesta en la cartulina de la organización misionera, supone un nuevo orfelinato espiritual, encerado en aulas de conciencias, moles blancas para que cicatricen los corazones. La Unión de Enfermos Misioneros es, en realidad, como un plan Marshall de gracia con el que se financia el Verbo, los pasos y la generosidad de los enviados de Dios.

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