No podemos negar que cuando se habla de aquel episodio crucial de la historia de la Salvación como es la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo solemos decir que se trata de palabras mayores y que, en definitiva, pudiera parecer que nos queda grande lo que entonces sucedió.

Es cierto y verdad que, siendo una cosa que no es difícil de entender por ser lo que pasó algo muy común entre los creyentes cristianos, la dificultad llega hasta donde es más difícil llegar: al centro mismo del corazón como si no tuviera relación con nosotros sino, en exclusiva, con el Hijo de Dios.

El autor del artículo, Lolo, pone sobre la mesa una realidad que, bien vista, nos da muchas pistas acerca de esto que es, en sí, algo no imposible de entender: hay realidades de cada día que, espiritualizadas, nos ponen sobre la pista de lo que fue la entrega de Cristo por sus hermanos los hombres y por la salvación de la humanidad.

 

 

Publicado en Prensa Asociada, abril de 1963

 

Empecemos por decir que, con la humanización de Dios, las cosas fueron también enroladas en la tarea de la Redención. El Hijo de Dios tuvo siempre ante la vista y fue observando el servicio maestro de todo ese mundo, brindado por la gentileza de su Autor. El pan que se cuece en el horno de casa, y todo ese reportaje utilitario del taller que va de la reparación del arado a la talla del celemín; la grandeza de la simiente y la noche estrellada o la gallardía del árbol y la espiga, forman un conjunto de sensaciones que el Maestro hace símbolo y encarama al mástil de la predicación. Tan instrumento de santidad vio Él a este mundo que nos rodea necesariamente, que la madera fue remontada hasta la cumbre del Gólgota como un emblema de esa vida callada y noble que nos empuja humildemente hacia lo alto.

Como es natural, en la ascética de la Pasión tenía que abundar toda esa simbología que hace peldaños de los elementos habituales. El pan, el aceite, el vino, el agua, el incienso y las campanas son otros tantos ejemplos de esas avanzadillas por las que Dios se descuelga tan fácilmente sobre nuestro corazón.

El pan

El pan es y fue siempre el alimento más habitual a todos los hombres y pueblos, incluso los antiguos judíos. El pan sin levadura o cualquier otra materia que expansione la masa, lo que se llama pan ácimo, estaba mandado que se comiera, acompañando al cordero, en la cena de la conmemoración pascual.

Cristo empezó por llamarse así mismo «El pan descendido del cielo». En el Nuevo Testamento se cuenta la multiplicación del pan, que Cristo repitió por dos veces.

En el cristianismo, el pan tiene un doble significado. De un lado viene a significar la nutrición que la Iglesia nos hace con su enseñanza. De otro, y fundamentalmente, expresa la alimentación real de las almas que Cristo supone con su Cuerpo. El portento de la presencia continua de Jesucristo en el pan fue instituido en la noche del Jueves Santo, durante la Cena.

El aceite: extraído directamente de las aceitunas, da la materia a los oleos sagrados

El aceite pesa doblemente sobre la Biblia en sus múltiples usos habituales y en su amplia utilización religiosa. El óleo patriarcal no es otro que el extraído de las aceitunas. Desde el principio, el aceite fue utilizado en la cocina, como medicamento; y en la iluminación. Pero su importancia se crece con el empleo en las funciones sagradas, especialmente para la unción de los reyes y en la preparación de los panes del sacrificio.

En la Misa del Jueves Santo se consagran tres óleos: el de la Unción, el de los Catecúmenos y el de los Enfermos. Con este último se ungen los sentidos del cuerpo en el Sacramento de la Extremaunción y viene a tonificar el alma para su último combate. El ungir a los Catecúmenos viene a significar una colaboración en el sacerdocio de Cristo.

El Cirio: Símbolo de Cristo, la luz

Está hecho trabajando la más pura cera de las abejas y simboliza a Cristo, la luz purísima que se crece sobre la virginal antorcha de su alma y su cuerpo. El fuego viene a recordarnos la necesaria purificación espiritual.

En las celebraciones de las vísperas de Pascua se enciende el gran cirio que se sitúa en un gran candelero, al lado del Evangelio. La ceremonia de esa noche se inicia precisamente con la preparación del fuego santo en el atrio del templo, arrancándole chispas a un pedernal, con las que se inflama una yesca, luego los carbones y al fin el alto cirio pascual.

El agua: Su grandeza está en el Bautismo

Cada mañana o en más horas tenemos necesidad y usamos al agua como un medio de purificación. La Iglesia no aparta sino que mima ese lenguaje de nobleza que pronuncia el agua. Se la bendice en el mismo día de Sábado Santo, mezclándola con óleo, y se le añade sal para librarla de la corrupción; su uso supone a los fieles la bendición y los privilegios de la Iglesia, pero la grandeza del agua está en el Bautismo. Derramada sobre nuestras cabezas, aún con la mancha original, nos hace hijos de Dios y nos cita para la Gloria.

El Incienso: Amor ardiente y perfume del alma cristiana

La subida del humo hacia lo alto es un elemental principio de ascética que el hombre tuvo a la vista desde la invención del fuego. El incienso es un buen recordatorio del alto camino de la oración. Zacarías, en los relatos bíblicos, y el ángel que lo ofrece en el Apocalipsis son dos ejemplos de la profunda gravitación que ejerce sobre los libros revelados. Su significado lo reparte la Iglesia así: el fuego es una alegoría y un acicate del amor ardiente de nuestra alma; el perfume, el buen aroma del alma cristiana que se embebe de la santidad de Dios. Los cinco granos de incienso que se incrustan en el cirio recuerdan las cinco llagas que Cristo tuvo en la hora de nuestra salvación.

Las campanas: Su uso empezó a fomentarse en el siglo IV

En el siglo IV, cuando la Iglesia deja de ser acorralada, empieza a fomentarse el uso de las campanas. Los campanarios nacen con prisa, como queriendo borrar aquel silencio de cuatro siglos, voceando por el mundo la grandeza del mensaje que salva. Los pregoneros materiales de Cristo toman su nombre de Campania, la región italiana donde nacieron por primera vez.

El Derecho Canónico recomienda que se instauren las campanas a la vez que se edifican los templos y dan normas para su bendición.

La campana católica de mayor volumen es la de Toledo, que pesa 17.800 kilos. No obstante es superada por la del Kremlin, con un peso de 200.000 kilos, aunque no puede usarse por haberse roto al intentar colocarla. Importantes son también la de Burma, en Ampura (180,000 kilos) y la del templo de las Diez Mil Edades, Pekín (50.000 kilos).

Para los cristianos, el repique del Sábado Santo tiene un símbolo especial de gloria y de triunfo. Los cuatro vientos reciben el mensaje de la Resurrección de Cristo, que es la piedra de toque de la divinidad de Jesucristo.

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