Testimonios de Amor, 1 de marzo de 2024
por María Sánchez Ballesteros

En este primer día de marzo, queridos lectores, hemos querido entrevistar a una persona que, sin duda alguna, nos ayudará a vivir más plenamente este tiempo cuaresmal. Manuel nació en Linares en 1920 y, a través de su enfermedad (yo me atrevería a decir que incluso gracias a ella), nos da una lección magistral de amor, alegría, esperanza y confianza plena en el Señor. Nos introducimos en la máquina del tiempo y… allá va…

Lolo, preséntate.

Nací en Linares en 1920. Fui un joven de Acción Católica, periodista y escritor. Estuve en silla de ruedas durante más de 25 años, y ciego durante mis últimos 9 años. Pero siempre intenté comunicar la alegría a los jóvenes desde mi invalidez.

¿Qué es para ti la Cuaresma?

Pienso que no deja de ser esta la hora en que debe remontarse el corazón; no va a ser él solo de piedra, que digamos. Y al espíritu del hombre, la verdad es que solo revolotea con ansias de desprendimiento. Uno es nave de altura y no va a andar echando ancla por todas las cosas de la tierra. Soltar lastre es una actitud que el cristiano debe hacer por vivir de un modo permanente, sin rodeos; esto, en resumen, viene a llamarse sacrificio.

Sacrificio… Creo que esta palabra en el siglo XXI da un poco de miedo. ¿Qué es el sacrificio?

El sacrificio son dos alas para la figura de un cristiano; una donación cotidiana y alegre, gozosa y dolorida a la par, como escuece y embriaga también el pedazo de pan que se quita uno de la boca para los suyos.

Sacrificio es notar una fatiga invisible en el padre y acercarse cariñosamente al atardecer para decirle: «Ya está bien que trabajes. Ahora me toca a mí».

Sacrificio es sentir la enorme carga del mundo a cuestas de Dios y arrimarle el hombro con generosidad: «Dame una parte, Señor -le decimos-, que ya son veinte siglos y es para hundir a cualquiera el peso de casi tres mil millones de criaturas que somos ahora».

En cierto modo no está mal nuestra suspicacia ante la palabra «sacrificio» pero en realidad, lo que hay que poner en el sitio que ocupa en los diccionarios es esa otra caliente, dulce y luminosa que se llama AMOR.

Vale, ya lo voy comprendiendo… ¿Y el dolor? Porque antes de que apareciera tu enfermedad, eras un joven muy activo. ¿Qué me puedes decir sobre el dolor y la enfermedad?

Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante, con una plenitud que nunca pudiera soñar.

Mercado Paredes, Ana Isabel. «La alegría vivida». 29 de mayo de 2020. Parroquia de San Félix de Valois (Jaén)

 

¿Soñar desde una silla de ruedas? ¿Qué te da alas para soñar?

La verdad es que lo que más me gusta es esta vecindad de la parroquia. Está tan cerca que, en primavera y verano, hasta puedo seguir la misa por el toque de la campanilla. Con todo hay algo mejor aún: el propio Sagrario, situado enfrente. Mientras trabajo, como o duermo, Cristo permanece de cara a mí, apenas a unos veinte metros de distancia. Frente por frente, los dos estamos en postura de diálogo. Cuando sufro, cuando lucho, cuando me afano por ser mejor, me basta apenas mirar de reojo para notarle como si me estuviera asentando. Si me abato, si me dobla la cabeza alguna infidelidad, cierro aprisa los ojos porque, si los abriera, habría de notar unas pupilas que me acusan.

Cuando aún podías mover algo los dedos te regalaron una máquina de escribir. ¿Qué fue lo primero que escribiste en ella?

Señor, gracias. La primera palabra, tu nombre; que sea siempre la fuerza y el alma de esta máquina… Que tu luz y tu transparencia estén siempre en la mente y en el corazón de todos los que trabajen en ella, para que lo que se haga sea noble, limpio y esperanzador.

¿Qué consejo nos das para alcanzar la tan ansiada paz en un mundo que muere de sufrimiento debido a las guerras, al odio y a la violencia sin límite?

La paz es hoy el tizón de un deseo que requema las entrañas de la Humanidad; pero un tizón que opera insensible porque la voluntad hace tiempo que eligió y hoy sestea en la molicie de un fuego de codicia, de lujuria o de soberbia. Ahora, precisamente cuando la luz ha llegado a hacerse meridianamente cegadora, el hombre ha levantado el valladar de su soberbia para dormitar en una cantinela de ¡Paz, paz, paz! Infecunda porque le falta la decisión íntima precisa para alcanzarla.

Los males del siglo radican esencialmente en un egoísmo concentrado y en el tremebundo distanciamiento de la Eucaristía. Para salvarse es preciso que la Humanidad dé marcha atrás en su elección de un camino ficticio. Hay que aclarar los ojos, vidriados por la soberbia, para fijarlos en ese rincón tan cercano -¡y tan lejos, Dios mío!- donde campea la Espiga Eterna de la Paz, Cristo Hostia, única meta capaz de saciar por toda una eternidad la sed y el hambre del mundo.

¿Algo más que añadir?

Tengo sed, Señor, del agua de esa fuente. Mi corazón quema de tanta lumbre interior, de tantos ardores siempre. Me abraso de ansias de ser mejor, de notarme más fiel, más leal, más generoso, más incondicional. Mi sed es de Ti ¿por qué has de darte siempre con cuentagotas? ¡Dame más, Señor! Lléname como un aljibe, y casi en seguida, me dejas vacío, para que yo goce además el júbilo de sentir cómo te viertes! (Las golondrinas nunca saben la hora, p. 274)

Compartir:
Accesibilidad