Debemos decir que las palabras que Lolo emplea en este artículo son más que duras y van directamente dirigidas a las personas que, seguramente, podían dar solución a lo que plantea. Crítica, pues, tras crítica aunque no destructiva.

Aquellos que vivían en lo que podríamos denominar “Jaén interior” (la sierra, como dice Lolo) andaban faltos de una serie de bienes que no estaban a su alcance y que, como podemos suponer, lastraban mucho su desarrollo.

Muy a pesar de esto que señala el Beato Lolo es cierto y verdad que nunca se muestra pesimista, digamos, de imposible cambio de idea sino que, al contrario, sabe que la persona que habita en tales tierras goza de tener una serie de virtudes ascéticas que, sin duda alguna, lo sacan adelante.

 

 

Publicado en “Revista Linares”, en diciembre de 1956.
 

En las serranías de Jaén se vive el mismo problema en sus orígenes.

Hace unas fechas, “A B C” escribía que “el paso atrás de Las Hurdes no era esterilidad morfológica, sino pecado de la política, carencia de medios de convivir, trasladarse, educarse y enterarse”. ¿Acaso es otra esta sintomatología que la que azota a tantos enclaves rurales que, a trasmano de los caminos, viven el doloroso ostracismo a que le condenó la ciudad durante siglos? En muchas provincias, cuando se hace necesario el camino de herrería, es fácil darse al final con múltiples superficies en las que pulula un porcentaje esencial de españoles para los que el tesoro de la espiritualidad se hizo hasta ahora prohibitivo. Sin ir más lejos, sobre el área montuosa del nordeste de Jaén, que circunscribe lugares tan bravíos como el nacimiento del Guadalquivir, tan recoletos como la moruna Belerda, tan lejanos como las cresterías de Segura, en la linde de Albacete, gravitan problemas en cuya raíz figuran análogas características que abocaron a la crisis hurdana.

DOS “RECORDS”

En el espacio de unas horas la provincia de Jaén ha afrontado el vértice de dos estadísticas negativas: la de emigrantes peninsulares absorbidos por la capital de España y también por el famoso “Pozo del Tío Raimundo”.

Ante la vida mísera de los provincianos que asimila el suburbio, se hace fácil en consejo y las medidas retentivas. Pero el problema cobra perspectivas nuevas, contrapuestas, cuando es el prisma rural, con la compleja ordenación de sus múltiples aristas, el que hay que utilizar para el enfoque. Ayer mismo, sin ir más lejos, recomendábamos a una familia campesina:

-Váyanse. Su única solución por ahora está en la ciudad.

La formaban cinco pequeños, el mayor de trece años, y su pobre madre viuda. La gestión para un internado docente y el empleo de ella en una tarea industrial o doméstica se abrían como única solución viable de urgencia.

MINIFUNDIO

Si Jaén tiene en sus planicies la preocupación de la crisis del latifundio, a las zonas montañeras las afecta el imperio del minifundio. Toda la vida rural gira sobre el trozo reducido de tierra al que un laboreo minucioso arranca posibilidades insospechadas. La incomunicación obliga al autoabastecimiento. Al tiempo se vive de lo que da el terruño, y el sobrante se adereza para la dura invernada. Las demás exigencias las sacrifica el rural a estas disponibilidades. La austeridad campesina hace en este sentido milagros de economía. Pero el problema se agudiza cuando los hijos alcanzan el límite de soltería. Para contribuir al nuevo hogar, al padre sólo se le ofrece la parcelación, que llega de este modo a líneas atomizadoras. La familia alumbra así bajo un clima de privaciones.

Pero si la situación ya es anómala para este núcleo de privilegios, ¿qué no será al simple bracero de aquí, para el que se escamotean usualmente las ventajas laborales? ¿Pueden no ser cantos de sirena las noticias que se filtran de la urbe?

Y es una ocupación estacional la repoblación y la tarea, el vehículo por el que cristaliza la necesidad de emigración. La “corta” es una concesión limitada, para la que se utilizan brazos indígenas. Cuando se cumple el período, al leñador se le suele ofrecer un trabajo extrarregional que rompe todos los escrúpulos de emigración. Al partir sólo, el hogar se quiebra así por su base.

ONCE MESES SIN ESCUELA

Esta es sólo una angulación económica.

-El campesino suele abrirse espléndidamente a las iniciativas que le benefician- nos decía ayer el Inspector General de Primera Enseñanza.

Y así es. Ante el ofrecimiento ocasional de un maestro veraneante, ha habido pequeños que han estado bajando diariamente de caseríos en la espesura de la Sierra, allá donde la vida se ciñe al rumor del bosque, el galope de la cabra montesa o el vuelo pausado del águila.

Es fácil creer que el niño, con once meses de vacación y una serranía para el juego y la aventura, está muy cerca de la Jauja ideal. No es cierto. Al pequeño le abruma su falta de imaginación. Se aburre, aunque, es verdad, por poco tiempo, porque ya a los diez años sus padres le enrolarán como guardián de rebaños.

¿Y el índice sanitario que crea el paso fugaz de un médico sin residencia?

MORAL NATURAL

Mas de intento hemos dejado para el final la perspectiva religiosa.

Comarcas hay que tienen el privilegio de una misa semanal o quincenal. Las exigencias de la zona impiden otro servicio. El catecismo es entonces un lujo, y allí nacen esos mozos que pisan el cuartel analfabetos y ayunos de espiritualidad. La muerte es ya normal sin la presencia del sacerdote, o a lo más, cuando se le ve es entonces, y su sombra aterra como si fuera un ave de rapiña. Aún en el caso mejor, la religiosidad está imbuida de supersticiones, abrumada por el peso de una divinidad mutilada, un Cristo implacable que castiga y aterra.

La moral, sin la dirección religiosa, toma un cauce primario. Los mozos se conocen, y un día “se juntan”, con el beneplácito de los padres. Los “idos” tienen así, entre ellos, una frecuencia aterradora. El baile se ofrece como única expansión dominical.

BUENO, A PESAR

¿Habrá, pues, que sacar una consecuencia negativa del hombre de la Sierra? En todo caso, lo haríamos del abandono en que siempre le tuvo la ciudad. Pese a su incomunicación y la falta de sacerdotes, maestros y médicos, el campesino conserva aún virtudes ascéticas hereditarias. Bondad, generosidad, aceptación redentora del trabajo, resignación, etc., constituyen una reserva que ha de abrirse espléndidamente el día en que sus necesidades pesen sobre altos propósitos. Será la hora en que se cumpla la frase de Ganivet: “No vayáis fuera. En la España interior está la verdad”.

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