De cara al Cielo, el hombre que sufre se convierte en hoguera, en que se decanta el oro del corazón.” (Manuel Lozano Garrido, Lolo, Reportajes desde la cumbre, p. 119)

Sufrir por sufrir o, lo que es lo mismo, encontrar gozo en el sufrimiento como algo enfermizo no puede ser del gusto de Dios Padre. Es decir, quien busca infringirse algún tipo de dolor no es que esté de acuerdo, precisamente, con la voluntad de Quien le ha creado. Otra cosa, muy distinta, es el hecho mismo de padecer enfermedad y sufrimiento sin haberlo buscado. Y es que quien lo busca está abusando de un derecho que, además, no le corresponde.

Pues bien, el Beato Manuel Lozano Garrido tiene bien claro, conoce y acepta lo que conoce: que cuando se sufre hay formas bien distintas de contemplar tal dolor y que todos los seres humanos somos capaces de entender las cosas como son.

Debemos tener cuidado con lo que leemos. Lolo no nos dice que según tiene por bueno el ser humano, según su forma carnal de ver las cosas o, en fin, según es la común creencia del homo sapiens, el dolor sea así o de otra manera o que entendamos el cómo o la razón de su esencia. No. Lo que nos dice nuestro Beato es que según lo entiende el Cielo o, lo que es lo mismo, Dios, quien sufre…

¿Y qué es eso para el Todopoderoso al respecto del sufrimiento?

En esencia podemos decir, aunque parezca difícil de entender la cosa, que es dolor es luz.

Más de una persona debe estar pensando, ahora mismo, que esto es bien locura, bien necedad. Y es que es lo mismo que dijeron algunos de la Cruz de Cristo pues todo sufrimiento es, en cierta manera, una cruz. Pequeña, por nuestra, pero una cruz al fin y al cabo.

Lo bueno que tenemos los seres humanos que nos hemos dado cuenta de que Dios es nuestro Padre es que sabemos que somos templo del Espíritu Santo. Es decir que nuestro corazón está habitado por Alguien tan grande que, automáticamente, lo ha convertido en tierra dorada, en monte santo, en lugar desde donde nuestra vida debe ser dirigida.

Pues bien, el sufrimiento es el fuelle con el que damos aliento a la hoguera de nuestro corazón. Con él, sabiamente entendido y convenientemente (es que nos conviene hacerlo) sobrenaturalizado, podemos mirar al mundo de una forma distinta a si lo hacemos con un corazón ennegrecido por el dolor y, en fin, dolorido y triste.

Es decir, en el Cielo se entiende que nuestro sufrimiento nos vale de mucho. No se mira, Dios no lo mira, como un afección personal que debe hundirnos sino que, al contrario, debe elevarnos por sobre nuestras circunstancias y llevarnos al mismo y definitivo Reino de Dios como hizo, exactamente, con Lolo.

Pensamos que, seguramente, eso se ha de deber al hecho de haber contemplado el terrible sufrimiento de Cristo durante su entera Pasión y, al final, en su Cruz. No nos extrañe, por tanto, que veamos las cosas, nosotros, de forma distinta a cómo las ve Dios. Al fin y cabo nosotros pareciera que sólo aspiramos a llevar una vida cómoda y a no sufrir lo más mínimo. Y Cristo supo entender la suya de una forma muy distinta, con un Espíritu elevado, muy por encima de su realidad de hombre. Y eso, al parecer, sólo está al alcance de aquellos que comprenden lo que les pasa desde un punto de vista no solamente humano sino, sobre todo, espiritual.

Vamos, como comprendió Manuel Lozano Garrido. Justamente así.

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