Sin duda alguna, la Navidad, aquel acontecimiento que cambió para siempre la historia de la salvación, es bien conocida porque es esencia y base de la creencia cristiana. Pero hay otras formas de celebrarla, de que se haga real.

Lolo, en este cuento, donde la tierra aceitunera juega un papel crucial, nos muestra a otro José, a otra María, llamada Mariquilla, que ven nacer a su hijo también en un lugar humilde a falta de mejor habitáculo para ellos.

La tierra, allí donde el fluir del aceite nace de los árboles y de aquellos que la trabajan, es testigo de este pequeño milagro en el que hoy mismo, ayer y mañana, nace un Niño que no deja de ser la esperanza de sus padres bajo una estrella también de ahora que es la que siempre ha anunciado el Nacimiento.

 

 

Publicado en Prensa Asociada, diciembre de 1963

 

I

JOSÉ

Ya darán trabajo en las alquerías
a gañanes y braceros
¡Oh buenas frentes sombrías
bajo los anchos sombreros!

La carta la trajo Juan José, el cartero, en la moto que asusta a los lagartos y huele a tomillo de la sierra. La escribía Julio, el hijo de Emiliana, que trabaja en la ciudad como cobrador de autobuses. Le decía:

“Ayer estuve en la Hermandad de Labradores, a lo de los jornales que quieres que me entere. Os adelanto que menudas son las impresiones. El aceite se está poniendo por las nubes. Si te digo que hay quien paga ya la aceituna a trece pesetas en el árbol…”

“No sé cómo andará lo de la Mariquilla, que me dijiste que espera. Por si acaso, ir sabiendo que a las mujeres les darán cuarenta y seis pesetas. Si os andáis listos, os podéis quitar una temporada de la leña y el yeso, y hasta apañar unas pesetas para los gastos del crío.”

“Hablé de paso con los de una cuadrilla que se forma y dicen que bueno, que os meten. Van al “Vilano”, una finca que está a seis kilómetros. La “pega” va a ser el alojamiento; que ya sabes lo difícil que está en las capitales. De todas formas, escribe con la conformidad, y no olvides que hay que estar aquí para la Pura…”.

A José, le gusta lo de tener siempre la frente alta cuando varea. Ensancha el corazón, lo que él dice. Es bueno eso de meter la vara por debajo de la copa, como si fueran dedos que juegan con las crenchas de una madre: agitarla y que se desmoronen las aceitunas, suavemente, como los consejos de ella. Cada oliva es como una campanilla y de eso le viene la alegría a los vareadores.

José, ahora, no se cansa nunca de tanto cielo y tantas nubes de algodón, aunque el frío sea como un terrón, que aclara el azul, tirándolo a gris. A la espuma de los recuerdos, le viene bien un techo gigante y redondo.

Aquella tarde, cuando vino de la yesera, en la casa olía a retamas y a masa de pan. En el pueblo, ya se sabe, ir y venir al páramo, metidos a todas horas en harina, y al final los cuatro o cinco “duretes” de unas cargas. Y luego, lo que come la borriquilla. Como el tajo no da para más, el chapucillo del serrucho, los quince duros escasos de la mesa camilla para el santero. En la aldea no hay cine, ni tascas, ni tranvías que tomar, pero la gachamiga hay que cocinarla todos los días. Y también lo del chaval. Él ha de venir con holgura y cazuelas que huelan a gallina.

Cuando Mariquilla supo la marcha le remendó la albarda, pero luego se le encogió el corazón al disponer la maleta de la mili. Ella también iría.

-José -se disculpó, casi en un susurro-: cuando nazca tu hijo ¿no quisieras estar muy cerquita y notar el primero su respiración? Lo que sea que sea de los tres.

Salieron al filo del amanecer. Mariquilla montaba a mujeriegas, con una mano asegurándose en las trenzas de la albarda y sujetando con la otra la maleta, y la red de esparto con la gallina.

En los dieciséis kilómetros, José tiró del ronzal con el mimo que vio una vez en los capataces de las procesiones, durante la mili. Y con cualquier pretexto, frenaba a la burra para mirar de reojo a la Mariquilla, con la cabeza baja, como cantando una nana hacia dentro. Paró en la Puente de la Raja, a beber en el Puerto, a tomar un canto; en la Venta de los Feos, a dar un pienso; hasta que al fin respiró ancho al ver las casas encaladas desde la cruz del Humilladero.

La borriquilla se la dejó al cuñado, el fotógrafo, con una saca de pienso; y un coche grande, como una pava clueca, los metió en hora y media por entre las fábricas y el vértigo de la ciudad.

-Que no se te olvide: la luz roja es para quedarse de pié “cútio” en la acera; no pases mas que con la verde.

Le mareaba aquel cabrillear de rayos de gasolina pero le dolía mucho más una mano que le iba estrujando en lo hondo cuando preguntaba por un alojamiento. En el pueblo, no había problema, aunque fueran de adobes. Veinte duros de siega en siega. Aquí nadie lo negaba una habitación con pintura y azulejos, pero ¿llevaba él millones en la maleta? Vieron dos brochazos de cal en unos cristales y entraron: veinte mil pesetas de prima y mil doscientas de alquiler. En un piso bajo, de paredes húmedas, realquilaban, por ochocientas, una habitación, con derecho a cocina. ¿Dónde, diablos, se habían metido las posadas y pensiones? Julio, los encaminó por fin al «Vilano», con su problema a las espaldas. Y fue allí cuando el encargado, mirando la gravedad de la mujer, dijo que ¡ea! , que no había más que el granero y que en él estaba la aceituna, pero que si se empeñaban…

Las criaturas somos como los olivos -se dice José en la briega-: que tienen un tronco y por dentro va la savia, que se cuaja en el fruto de la rama. Ser pobres lo seremos siempre, pero a todos nos iguala el rasero de poder dar algo de dentro: echar una mano para que el compañero apañe la carga en la bestia; subirse al andamio para que Valentín se quede en la pileta, que tiene fatiga. Los hombres tienen su dolor de labranza, sus fríos y su almazara, pero de cada uno sale al fin un chorro suave que unge de amor la frente de los compañeros. Su hijo irá al monte, segará el espliego y regará la planta, pero tendrá una sonrisa, una palabra y unas manos que han de resbalar por la vida como el agua que canta en la acequia.

– José, ¿sabes?; yo quiero ser pastor como mi padre.

“Ñoño”, el manigero -once años, treinta y cinco pesetas-, tiene una marea singularmente azul en las pupilas, con barquitos de velas blancas que rielan. Su pelambre es de un rubio gastado, como de paja ya seca y, cuando anda de un lado para otro con la botija, pisa levemente el barro y la escarcha, como si un ángel que no se ve le fuera aupando de las axilas.

– Mi padre está siempre en el monte y no baja más que a la muda. Este verano trajo un par de borregas y las llevé a pacer al otro lado del río. Cuando volví, se me perdieron por el monte y tuve que buscarlas sin luz por entre las retamas. ¿No sabes una cosa? Por primera vez, aquella noche pude sentir al cárabo? El cárabo, José, es el pájaro que grazna y guía a los animales en el monte para que no se pierdan. Yo también quiero vivir en lo alto y apacentar seguro, como el cárabo.

En la tarde cárdena las estrellas revientan, como el azahar en las olivas. «Sopas», que acarrea, se ha quedado quieto, mirando a un lucero que cuelga como una linterna:

-¿Ves esa estrella? Es mía. Me llama y me pertenece desde niño. Se encarama en «El Rayal» y desde allí me dice que me espera. Algún día, os lo digo, he de ir por ella. Andaré y andaré, pero os la he de traer en la mano, para que se os llenen los ojos de luz.

José nota que de la tierra sube un duro escalofrío. Entre las ramas hay un punto celeste que derrama su blanca cabellera por toda la tarde.

I I

MARIQUILLA

“Esta casa de Dios, decid hermanos,
esta casa de Dios ¿que guarda dentro”

(“Los olivos”, A. Machado.)

Las criaturas somos como los olivos, que tienen un tronco y unas raíces que se ahondan dolorosamente para nutrirse de la tierra.

Los dedos de Mariquilla se mueven como los pies de las mozas en las tardes de fiesta. Doblada sobre la cintura, la tierra está allí, muy cerca, en un colosalismo de película en cinemascope. La tierra es blanca, tirando a ocre. La arcilla, es dulce, tirando a madre, y retiene las aceitunas, como a fresas en el punto de caramelo de la escarcha.

Mariquilla vive en un silencio doloroso el sublime misterio de su hora de grietas y raíces humanas. Todo su cuerpo le gravita con aquel dulce y tremendo peso de su vientre, que busca una savia de arcilla. Un hijo, ay, ha de pagarse las canciones junto a la lumbre con el sudor del hacha, y el frío de las madrugadas. El brazo por el hombro de las gentes del pueblo tiene un precio de rencores vencidos, de sonrisas a contrapelo, de palabras limpias y gestos sin avaricia, como la espuma del agua que se vierte por el río. ¡Ay, qué dulce es seguir en el tiempo la cosecha del corazón de un hijo! ¡Ay, qué duro también seguir paso a paso las heridas de su simiente!

La tarde es larga y largo también aquel gigantesco tirar de los riñones.

-Mariquilla ¿por qué has venido?

-Y tú, Purita ¿porqué traes en la capacha al pequeño que tiene que mamar y lo llevas cerca, colgado el cesto de una oliva? No me digas para qué. Dentro de un mes, tú te acercarás un día a la taquilla del ferrocarril para reclamar tu billete y el de tus hijos. Una tarde, allá muy lejos, llegaréis a la ladera de un bosque del Pirineo y, con Ángel, tu marido, empezaréis a levantar con ilusión las paredes de un hogar definitivo. ¿Crees que entonces te dolerán los amaneceres de la aceituna? ¿Le pediría a Consolación que cambie por un asiento en la lumbre los manteles, las sábanas que borda al sol y las palabras que han de bendecir unas manos que se entrelazan?

Por la escalera de la ternura, el silencio se empina por el azul redondo. Pegado a los surcos hasta la cara de bronce de Mariquilla llega –intenso- el vaho de las entrañas maternales que gestan.

III

EL NACIMIENTO

¡Venga Dios a los hogares,
y a las almas de esta tierra
de olivares y olivares!

El encargado dio tempranera para que los aceituneros de la ciudad pudieran preparar con sol la cena y los panderos. La alegría de la Nochebuena ribeteo los caminos con unas canciones que hablaban de mozas y vareadores con la frente signada por el bálsamo del amor:

“Aceitunera, aceitunera por Dios: cuando volvamos del tajo no me niegues más tu amor”.

“Sopas”, el loquito “Sopas” -¿dónde está la locura: en la caricia de una luz o en esa maraña que se enreda bajo la frente y duele?-, tiro a solas por el sendero zigzagueante del “Rayal”, con su lucero pulido sobre la cumbre.

En “El Vilano”, la Nochebuena tiene un aire de golondrinas a medio paso. La fogata cruje en la chimenea y los aceituneros, sentados en el poyete, toman la gachamiga y se ven con caras rojas de lumbre, pero el corazón se escabulle hacia los recuerdos y las figuras ausentes. Geografía de Nochebuena con el marido en la “corta” y el hermano como minero francés o alemán. Nochebuena también en la aldea, con pestiños y roscos de baño y una Virgen rural que a la mañana se procesionará por la ribera del río. Navidad con el dolor de la melancolía, con la ceguera de las distancias.

Pero la Navidad siempre tiene su arpegio y su vocerío de ángeles rubios. A Ñoño, que viene con un leve galope de cervatillo, tiembla en la voz un repique de campanas:

-Purita, Conso, Miguel,” Largueras”: ¡un niño! ¡Mariquilla tiene un niño! José, que vengáis! ¡Si le vierais…!

Del granero sale el olor húmedo y fuerte de la aceituna que se amontona. El niño descansa sobre una manta oscura con cenefa blanca que José ha extendido sobre una brazada de ramón. Sus negros ojos, su piel dorada, brillan como un panecillo caliente, Mariquilla está semirreclinada sobre el cemento. Con todo su cuerpo alabeado alrededor del niño.

-¿Me lo dejas?

Ñoño lo toma, lo besa y luego se lo lleva a los otros. “Largueras” lo tiene cerquita y la barba se le hace de algodón. Purita se dice que tiene que traer los polvos de talco. Conso, que irá por la sábana con tres rosas a medio bordar. Miguel, se acuerda de la pelliza.

Inesperadamente se ha hecho una luz de seda que arrincona la nostalgia. La Nochebuena ya tiene nido de carne sonrosada y ascuas que suben del corazón. Un niño -José, Mariquilla- es como una oliva, que tiene tronco, raíces y ramas. Un niño es, en fin, una confluencia que se remonta hacia la esperanza.

José, que ha vuelto a recibir al niño en sus manos encallecidas le mira y le ve sobre una cordillera de aceitunas. Luego lo deja en los brazos de Mariquilla, se va al montón, toma una aceituna y, con el pulgar y el índice, la oprime hasta que al fin revienta. Después, con la pulpa que chorrea, se acerca y con toda unción -¿cómo le llamaremos?- dibuja una cruz sobre la frente del hijo. La madre le ve hacer y al fin sonríe, ancha, radiante, estremecedoramente feliz.

Por la puerta del “Vilano” sale un no se qué de ternura que se encarama y da brillo a la estrella gorda que está fija sobre el “Rayal”.

I V

EL LUCERO

“Sobre el olivar
hay un cielo hundido
y una lluvia oscura
de luceros fríos” .

(García Lorca)

A «Sopas” lo encontraron muy de mañana, casi en la cumbre del “Rayal” tumbado de cara a la nieve. Tenía un brazo extendido hacia adelante y de la mano entreabierta se le derramaba un chisporroteo como de rueda de afilador.

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