No. No vaya a creer nadie que el Beato Manuel Lozano Garrido tuvo un gemelo o algo por el estilo. Sin embargo, hemos descubierto algo que a nosotros nos parece importante y que tiene que ver con la forma de conocer a quien, habiendo sufrido mucho en su vida terrena supo sobrenadar el dolor y, como un verdadero coloso del espíritu, subir hasta donde está su alma ahora mismo que es, sencillamente, en el Cielo.

Pues bien, decimos esto porque a tenor de la realidad de las cosas, hay dos formas de conocer a Lolo. Bueno, a lo mejor hay quien dice que hay más pero, en esencia, creemos que a Manuel Lozano Garrido se le pudo conocer, digamos, en vida del linarense universal y, también, se le puede conocer (o se le pudo conocer) desde el mismo momento que dejó el mundo (el 3 de noviembre de 1971) y subió donde sólo suben aquellos que muestran a Dios que tienen el alma preparada para habitar algunas de las estancias que prepara Cristo para sus hermanos los hombre e hijos de Dios.

Se suele decir, por ejemplo, que a todos nos hubiera gustado conocer a Cristo cuando predicaba por caminos y pueblos de su tierra judía. Y sí, ciertamente, es algo que a nadie le puede disgustar porque haber visto, in situ, al Mesías no es cosa baladí sino, al contrario, algo más que deseable. Esto lo decimos (sin querer equiparar en según qué cosas a Cristo y a Lolo; en el sufrimiento, podríamos hablar…) porque aquellas personas que tuvieron el gozo de haber conocido al beato Lolo cuando (íbamos a poner pisaba) no pisaba el suelo por sus especiales circunstancias tuvieron que darse cuenta de que allí había alguien de una pasta muy especial.

En muchos pasajes de los libros de Lolo (sobre todo los que se corresponden con un diario donde la cosa da para eso) escribe nuestro hermano en la fe que le visitaba tal o cual persona, que algún pintor se le acercaba para enseñarle su obra, que había niños que acudían a su casa, seguramente, con la curiosidad de ver a Manuel, que decían estaba muy enfermo. Y qué decir de las visitas médicas que tanto abundaron en su vida y que, simplemente, le salvaron la vida muchas y más veces.

Con esto queremos decir que sí, que muchas personas sabían quién era Lolo. Sin embargo, estamos más que seguros que muchas de las mismas no eran conscientes de quién era, de verdad. Otras, sin embargo, sí que sabían que aquel hombre gozaba de fama de santidad y que, por tanto, sólo podía seguir una vida como siguió y sólo podía terminar su alma donde terminó, junto a Dios.

Hay, por otra parte, otra forma de conocer a Lolo. Y estamos seguros de que, por las circunstancias de la vida, es la más común: conocer al beato luego de haber fallecido, en aquel entonces y ahora mismo, hoy.

Difunto Manuel Lozano con su crucifijo en las manos

Ciertamente, no haber gozado de Manuel cuando era Manuel, así, a pecho descubierto y a sillón de ruedas puesto, es algo que, con franqueza, lamentamos. Sin embargo, como las cosas son como son nos conformamos con la otra forma de saber que una vez hubo alguien que dedicó su vida a ser, como han dicho de él, “sacramento del dolor”.

A lo mejor se puede sostener que se trata de algo demasiado intelectual saber de alguien por lo que escribió y dejó dicho. Sin embargo, no sólo tenemos eso sino que podemos hacer uso de los testimonios que de Lolo han dado muchas personas empezando, por supuesto, por su hermana-madre Lucy que tanto vivió los mejores y peores momentos de Manolo, llamado Lolo, a lo mejor, por propia humildad, por no querer ser más de lo que él creía que era; también de las personas que, aún en el mundo (gracias a Dios) nos dicen esto o lo otro y escriben sobre su amigo y más que conocido.

Sí. El Beato Lolo puede ser muy conocido a través de sus libros o artículos publicados en la prensa de la época. Y no vaya a creer nadie que se conoce poco a nuestro amigo según las cosas que dejó dichas por escrito. Y es que, a través de ellas podemos conocer, por ejemplo

– lo que fue su vida, lo que le pasó a lo largo de los años,

– los momentos de oración que tuvo, las que dejó escritas,

– la profundidad de su alma,

– los anhelos de vida,

– la voluntad de que nadie sufriera su sufrimiento,

Y así podríamos seguir un rato porque conocer al Beato Manuel Lozano Garrido de esta forma, para muchos, es, además, la única que tenemos. Y les decimos a ustedes, con toda franqueza, que nos pegamos a tal posibilidad, como una lapa, vaya que sí.

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