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  3. Los “hombres del tiempo” una institución mundial

Hemos dicho muchas veces que el Beato Lolo, que Manuel Lozano Garrido en su tiempo así llamado sin consideración más allá de su persona, era un periodista al que se le podía pedir que escribiera de cualquiera tema. Y si alguien hubiera hecho esto mismo con el tiempo atmosférico hubiera quedado la mar de satisfecho con este artículo pues nos sorprende con un conocimiento más que concreto del asunto.

Es bien cierto que el ser humano, sobre todo el que se dedica al cultivo de la tierra, siempre ha tenido que someterse, en tiempos donde el riego no podía hacerse de otra forma, a lo que la atmósfera producía. Por eso es bien interesante que Lolo nos hable de los muchos intentos hechos por el ser humano de “someter” el tiempo atmosférico.

Podemos decir, a este respecto, que ni en tiempos de Lolo ni ahora mismo se ha podido conseguir un tan anhelado fin. Sin embargo, entonces ya se avanzó mucho en la predicción de lo que iba a caer desde el cielo y eso, se diga lo que se diga, tuvo y tiene una importancia vital para un sector tan sufrido como es el agrícola. Y por eso la figura del llamado “hombre del tiempo” goza de muy buena salud.

 

 

Publicado en Vida Nueva, el 16 de noviembre de 1963.

 

La lluvia artificial, regadera ideal de los campos.

Hay una leyenda oriental que dice que en el centro de la Tierra habita un monstruo iracundo. De cuando en cuando cambia de postura, y de eso vienen los terremotos.

Al trabajador rural europeo no le resultaría extraña una nueva leyenda, con un gigantesco perro de aguas galopando por el azul. De hecho es así: Sus horas de mansedumbre se llaman lluvias oportunas o tardes de sol; sus gruñidos, sus ratos de espulgo, incluso su hidrofobia, tiene los nombres de pedrisco, huracanes, inundaciones y sequías. La vida del hombre es así como una historia de domesticación de los monstruos.

EL CLIMA Y LOS PRESUPUESTOS

Hasta hace unos años, la utilidad de los cambios de tiempo, para el hombre de la ciudad, venía a reducirse a las fiestas más o menos chapoteadas por el agua. El volumen que ha alcanzado hoy la economía, y su influencia en los presupuestos ha hecho generar la preocupación, por el clima. Las frecuentes heladas de Valencia, con su gigantesca pérdida de agrios, son una buena cita de complicación nacional.

La aceituna, el trigo, los frutales, las leguminosas, toda nuestra amplia base agrícola, camina al azar de ese monstruo perruno.

Sabido es que los dos grandes enemigos de las cosechas son la inseguridad del tiempo y los parásitos. Los insecticidas aportaron ya una frase rotunda. Si a la vez consiguiéramos anticipar el conocimiento de los sucesos climatológicos; si también entráramos en la provocación de la lluvia, la Humanidad habría dado un paso de gigante en la seguridad de sus alimentos y en la administración de sus fondos. Pongamos dos ejemplos: las centrales térmicas y el riesgo de las cosechas. De prever la cantidad embalsable, se frenaría el uso de la energía térmica, que es más cara. El conocimiento de una cosecha insuficiente permitiría también importaciones de emergencia en momentos comerciales.

Por fortuna, hay hombres de ciencia que investigan; y ya la esperanza se ha abierto un buen camino.

LOS PROFETAS DEL TIEMPO

Hay cosas que uno no se explica desde una simple profesión de oficinista. Por ejemplo, ésta: ¿Por qué se nos predice al segundo el paso de un cometa y no hay quien diga el tiempo que hará la semana que viene en Torrelodones?

La deslumbrante paradoja, tiene su explicación. El movimiento de los astros se rigen por unas leyes invariables; la climatología, en cambio, está sujeta a accidentes fortuitos, como el frotamiento de las capas de aire o el relieve de la tierra.

Para una predicción matemática hace falta barajar un número de observaciones que casi entra en el reino de los fabulosos. En la actualidad existe una Asociación Central, que compendia todas las averiguaciones diarias de la Tierra. Es la Organización Meteorológica Mundial, con sede en Ginebra que engloba los informes de 2.000 puestos terrestres, otros 2.000 en buques, 750 aéreos y 1.000 colocados en aerostatos. Sin embargo, un científico norteamericano, el doctor Wiener, está exigiendo una cifra de puestos que redondea ¡el billón!

Que en la meteorología, se trabaja con tesón lo dice el hecho de que en los tres años cercanos se ha trabajado más que en los últimos cincuenta. Las dificultades se erizan cuando se trata de explicar la causa de los fenómenos, no en la previsión. El tiempo se puede predecir, cuando menos, con tres días de seguridad; incluso se calculan ya las distintas crisis de una estación. Lo que no es factible aún es la localización de un fenómeno, y menos la determinación de su hora.

Naturalmente que la climatología ha pensado en el “ábrete sésamo” de los cerebros electrónicos. Aun antes de su existencia, el científico Richardson se sirvió de las ecuaciones para la profecía del tiempo. Fracasó, no porque anduviese por mal camino, sino por la imposibilidad de rapidez en sus centenares de operaciones. Su iniciativa volvió a vigorizarse con el triunfo de la electrónica, y en Norteamérica se predice ya hasta con un 85 por 100 de exactitud.

En realidad, el procedimiento ideal es una mezcla de cálculos, sobre todo cuando los fenómenos obedecen a motivos extraterrestres. Lo que sí cabe decir es que la meteorología ha dejado ya de ser pasto de humoristas para entrar plenamente en el campo de la honorabilidad.

HURACANES Y SATÉLITES

La bestia negra de Centro y Norteamérica, así como de los países del Extremo Oriente, son los huracanes y tifones. Se comprende, ya que son, en gigante, como el paso de una apisonadora por un jardín.

De hecho, el progreso contra el huracán se reduce únicamente a la ganancia que supone anticipar las señales de alarma. Medios tan ultramodernos como la aviación y el radar son ya superados por el uso de los satélites.

Se cree que, tanto los huracanes como los tifones obedecen a la alteración del equilibrio eléctrico que existe sobre la Tierra, junto a la ionosfera. La tempestad surge en aéreas que por su templanza la favorecen, como el Caribe y los mares ecuatoriales del Extremo oriente. Conocidas las zonas de nacimiento, el esfuerzo del hombre tendió a ir hasta allí para investigar en la propia salsa. Escuadrillas con dotaciones muy entrenadas consiguieron penetrar en el “ojo” del huracán para tomarle su pulso de velocidad, dirección y fuerza, haciendo así posible el aviso preliminar a las zonas afectables. El radar vino a redondear esta tarea, desarrollando el espionaje desde tierra. Sin embargo la contribución más importante la han dado los satélites artificiales, esos laboratorios volantes que con tanta machaconería prodigan los norteamericanos. Las observaciones del satélite se basan en la reflexión de los rayos solares, que son acusados de un modo especial por las nubes. La célula fotoeléctrica de la aeronave recoge los informes y los pasa con rapidez a la Tierra. Los datos son así en extremo precisos, pues las nubes son únicamente detectadas cuando alcanzan determinado volumen y consistencia.

Con todo, el huracán sigue conservando su terrible pegada de boxeador, ya que, a lo más, se ha conseguido poner tiempo entre la salida del disparo y su diana. Todavía falta quebrarle el pulso en su misma zona de origen, pero la distancia no es tanta como cuando empezaron a actuar los casi pilotos suicidas.

LA LLUVIA, EL MANÁ DE LOS CAMPESINOS

El sueño dorado de los agricultores ha sido siempre la lluvia a voluntad. Verlas pasar sin resultado, con sus ubres bien repletas, es un suplicio de Tántalo demasiado irresistible. El día que se haga posible este ordeño celeste borraríamos el clima de angustia que fue siempre el tormento de los agricultores, a la vez que garantizábamos la seguridad, el aumento y la calidad de la producción.

Los esfuerzos iniciales para provocar la lluvia se han venido dirigiendo a la imitación de la Naturaleza. En el Congo, por ejemplo, se siembra una amplia superficie con polvo de carbono, que por su oscuridad atrae los rayos solares en un 80 por 100, provocando desde los bosques inmediatos una succión de aires que se remonta y puede ser sometida a congelación.

Otro procedimiento muy utilizado en Alaska es la colocación de unas grandes láminas de aluminio que, al reflejar y reforzar la acción del sol, proyectan los haces de luz sobre la superficie de un lago, favoreciendo la evaporación y las consiguientes lluvias locales.

Mas cuando la ciencia ha entrado verdaderamente en el camino de las posibilidades ha sido a partir de los estudios del holandés W. Verrart. Sobre su ruta pisó ya después de la guerra, y con notable éxito, el norteamericano Vincent J. Schoefer, al que se ha llamado el padre de la lluvia artificial.

Sabido es que las nubes son grandes volúmenes de vapor de agua que, por condensación, se licuan en el aire, descendiendo por su propio peso. Aunque nada se ha podido concretar sobre las causas del fenómeno, se ha comprobado que el proceso se pone en marcha cuando en la base de la nube se acusa la presencia de ciertos cristales, en especial los de procedencia marina. Vonnegut descubrió en el yoduro de plata un elemento de alto sentido condensador, y Schoefer se encargó de demostrarlo prácticamente. Las medidas complementarias fueron la incorporación del radar para ir detectando la presencia de nubes y el bombardeo inmediato de anhídrido o yoduro por medio de aviones. Las últimas conquistas han sido el empleo de la keddite, casi una sal común, bastante más económica que el yoduro, y la utilización de cohetes, que por su rapidez, su economía y su eficacia posibilitan más el éxito. En este sentido, Italia descuella en los esfuerzos por el triunfo final con una excelente industria de cohetes y más de 10.000 puestos de observación aunque sus investigaciones tiendan de preferencia a la lucha contra el pedrisco.

El Japón es el país que batalla con más esfuerzo en la provocación de la lluvia. Sólo en 1.961 fue invertida en estos sondeos la cantidad de 25 millones y medio de yenes. Las autoridades de Tokio han venido desarrollando un plan cuyo fin no es otro que el de fomentar la lluvia, dirigiéndola ya hacia un depósito concreto, en los alrededores de la capital, esperando redondear la cifra de los 40 millones de toneladas de agua. Consecuencia de su fiebre de lluvia, es el Plan Quinquenal hoy vigente. Grupos de bombarderos esperan de continuo órdenes que le pasan aparatos de radar montados sobre camiones en movimiento. La multiplicación de la lluvia en un 70 por 100 es un dato bastante elocuente, que los norteamericanos confirman con su coeficiente de 85.

Indudablemente que la Meteorología es una ciencia relativamente actual, de inmensos límites, apenas explorados, y que esa hermosa ambición de hacer con el viento, el agua y las temperaturas las mismas filigranas que con un “poney” de circo, es un empeño que aún no es fácil de tener sobre la palma de la mano; pero el hombre ha empezado a jalonar su camino de victorias y ya nadie tacha de visionarios o brujos a los que, como el holandés W. Verrart o el inglés Richardson quemaron sus días en un aparente clima de fracaso.

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