En la imagen, Alain Bombard

No podemos negar que Manuel Lozano Garrido se atreve con cualquier tipo de temas y que, como periodista, lo fue (y lo es por lo que nos ha quedado de lo que escribió) algo más que completo. Y el artículo de hoy así lo demuestra.

Un tema como el de los naufragios o, en todo caso, el del caso particular de aquellas personas que quieren demostrar con realidades lo que no son más que teorías, está tratado de la forma tan especial como trata Lolo los temas: no hay ninguno de ellos del que no podamos extraer algo para nuestro ser y nuestra vida particular.

Esto lo decimos porque aquí, por ejemplo, habla de la posibilidad de desesperación en la que nos podemos encontrar. Y es que, según nos dice al final del artículo, “también a nosotros nos queda una vida por delante” pues, como bien dice un navegante de los que se refiere, incluso ante lo muy malo podemos oponer “un segundo aliento”.

 

 

Publicado en Vida Nueva, el 4 de febrero de 1959

 

Cada año la desesperación mata a 50.000 náufragos.

La “serpiente de mar” del otoño es el náufrago voluntario, no por lo que de irreal pueda haber en estas figuras tan concretas, sino por el clima de extravagancia y sensacionalismo que la Prensa, (por lo que le conviene) cuida bien de fomentar. A fuerza de tanta información-tópico, uno no puede evitar, al encararse con las fotografías de estos hombres, como un presentimiento de esquizofrenia y energía dilapidada que el resultado habitual de fracaso parece rubricar. Y sin embargo, estos marinos singulares merecían de nosotros un cuidado reverencial, cuando menos por el servicio a la Humanidad que prestan entre cielo y mar y que agiganta el riesgo de sus vidas. Porque el náufrago es un hombre teologal, que tiene un ideario -al que no sólo espera sino que se adelanta a su encuentro- y que rinde su vida incondicionalmente a una empresa de fin netamente benefactor. En él hay pues fe, esperanza y caridad.

1958, AÑO “GAFE”

En esta ocasión el forzado de mar ha saltado a los diarios apenas en el umbral del otoño y con dos noticias adversas que vienen a anotar sendos negativos en su leyenda negra de suicidas. El pasado veintitrés de agosto el sardinero español “Torróntegui” avistó, a la altura de Gijón, una nave pequeña sobre la que yacía el cuerpo inánime de un hombre. Reavivado resultó ser el naufrago voluntario René Lescombes, que había salido veintitrés días antes del puerto de galo de Arcochón para intentar en solitario la travesía del Atlántico, después de tres operaciones anteriormente fallidas. Con la frente descarnada por el sol, la barba en desequilibrio y una lata de conservas por cenicero Lescombres ha puntualizado que su nueva tentativa tardará apenas lo que sus fuerzas lo hagan en reponerse.

A su vez el Pacífico ha traído su noticia luctuosa, ahora claro con caracteres irreparables. Erich de Bisschop, el marino también francés de los siete espaldarazos catastróficos, ha sucumbido frente a las islas Cook cuando estaba a punto de coronar su vieja ambición de alcanzar desde Chile las islas polinesias a favor de los vientos alisios. Entre los éxitos de Erich estaba la travesía de Tahití-Cannes, contorneando el cabo de Buena Esperanza, una teoría científica que ahora estuvo a punto de confirmar y en cuya gloria se le adelantó la famosa ”Kon-Tiki”.

PARA CADA MAR UN FIN

Tanto la navegación de Lescombes como la de Bisschop presentan matices bien diferenciados y que, por el contrario, son los que caracterizan a cuantos intentos tienen por escenario la órbita respectiva de sus océanos: Atlántico o Pacífico. A uno y a otro ha pretendido surcarlos un mismo afán científico, aunque en el Atlántico lo sea de interés individual y en el Pacifico de experimentación colectiva, etnográfica o migratoria. Si el hombre o la sociedad es el fin de ambos, parece natural que también sean hombres solos o equipos conjuntados los que afronten la aventura de los mares correspondientes. Como así es.

Lescombes y Bischop han hablado, o han seguido directamente las huellas, de dos hombres cuyas proezas bien merecen su azar y su peligro: el del médico francés Alain Bombard y el de la no menos célebre expedición “Kon-Tiki”.

EL SOL DE LOS INCAS SOBRE UNA BALSA

Hasta 1947 se ha creído que el origen de los núcleos polinesios, en el archipiélago oceánico, no era otro que una simple colonia de la Malaya relativamente próxima. En un viaje por aquellas latitudes Thor Heyerdahl, un etnógrafo noruego, comprobó la existencia de cierta cultura sudamericana que ponía en tela de juicio el origen admitido. Tras de cuidada investigación, Thor lanzó, a su vez, la nueva hipótesis de una emigración americana a favor de las corrientes sudcontinental y de Humbold y de los vientos alisios. Partiendo de un dibujo español de cuando el Descubrimiento, el científico noruego reprodujo una balsa inca -la “Kon-Tiki” en recuerdo de un jefe inca-, con la que el 28 de abril, partiendo del puerto del Callao, se lanzó al océano en compañía de cuatro compatriotas y un sueco. Tras de una azarosa singladura de 8.000 kilómetros siempre favorable a la trayectoria calculada, la misión vino a cumplirse en el arrecife coralino de Raroia, contabilizando 101 días de periplo y un triunfo que daba solidez a sus especulaciones.

El recientemente fallecido Erich de Bisschop sostenía postulados similares, en los que iba incluida la posibilidad inversa: la habitación de América por los hombres del quinto continente, revalorizando su arte de navegar, de cuya influencia encontró rasgos en chinos y coreanos.

Lo mismo la “Kon-Tiki” que la “Tahiti-Nua” -la nave de Bisschop- han dejado abierto un ancho horizonte a la ciencia zoológica y etnográfica.

DESTINO: EL HOMBRE

En el Atlántico ha sido el hombre, en su condición de tal, el único objetivo y protagonista. Se calcula que 50.000 criaturas perecen cada año a consecuencia de naufragios. En el Hospital de Gijón, Lescombes insistió en que él no pretendía sino refrendar la hazaña de su compatriota el médico lionés Alain Bombard.

A Bombard la cifra de accidentes marítimos le actuó como un berbiquí en su paz de laboratorio. Los cálculos, el análisis y la verificación le dieron entonces la verdad matemática de que el hombre podía subsistir, utilizando sólo los recursos del mar, cuya agua, asimismo, científicamente asimilada, ofrecía la potabilidad necesaria. En la mayoría de los naufragios la muerte llegaba, a lo sumo, al tercer día, cuando el organismo podía tolerar muy bien los diez de inanición. Bombard aventuró entonces la idea de un desenlace psicológico, con la desesperación como instrumento.

Sin embargo, estas teorías, tenían la helada disección de la sala de ensayos y sólo podrían ser aceptadas partiendo de una comprobación personal. Así la entendió el mismo afrontando el experimento, no obstante su “handicap” de antecedentes tuberculosos y hepáticos. Bombard se lanzó al Atlántico sobre un bote de goma de la última guerra “L´Héretique”, arribando a las islas Barbados al cabo de sesenta y cinco días de travesía. Como resultado quedó en pie la posibilidad de supervivencia y lo que es más importante, un tesoro confirmado de energías morales que, a su vez tienen fuerza para esa navegación individual que a todos nos supone la vida.

SIETE ENEMIGOS, SIETE

Para Lecombes son siete los caballos apocalípticos del navegante: las tempestades, el frío, la humedad, el calor, la sed, el hambre y la soledad. El alemán Lindeman, médico también, cubrió el otoño último, en setenta y dos días, el mismo itinerario de Bombard, apenas en una leve piragua engomada de 4,5 metros por 0,7 m. Él ha dejado una narración que dice mucho de estos temibles adversarios. Entresacamos:

Tempestad y frío: “De madrugada se desencadenó una tormenta. Las olas se elevan como torres a una altura tal que exclamo: ¡No, olas tan inmensas sencillamente no existen! El viento arreció anoche y ahora sopla a 30 nudos. Con las velas arriadas, me he tendido sobre la lona. Súbitamente se yergue un enorme muro de agua y luego se desploma sobre mí. El bote ha zozobrado y yo, metido en el agua, manoteo entre las olas. El casco invertido sobresale del mar. Está resbaladizo.

El oleaje ronca, brama, truena implacable. El viento me zarandea y hace un frío horrible. Debo esperar a que amanezca para enderezar la nave”.

Humedad: “El agua que barre el bote sin cesar se ha colocado hasta mis rodillas. Tengo hinchadas las puntas de los dedos. He pasado tres semanas con la ropa mojada y llevo veintiuna noches sentado en el agua”.

Calor: “El sol asaetea sin clemencia la vela de popa. Rocío la lona con agua salada y luego me siento algo mejor”.

Sueño: “Sin dormir no podré resistir otra tempestad, pues el peligro de naufragio aumenta. He pasado una noche infernal. Sólo sé que debo guardar el bote donde sea y echarme al sueño. ¿Cuántos días he navegado sin dormir? Muchos y Dios sabe cuántas noches, ¿o serán semanas?”

Hambre: “Pienso mucho en la comida, especialmente en golosinas y, como buen alemán, en una tarta de crema batida… Sigo pensando en comer…¿Por qué no me doy el gusto de tomar una lata de leche? Impulsivamente la tomo y la sorbo. Después me avergüenzo.”

Sed: “Cae un chaparrón y recojo tres litros en la lona. Bebo uno y el resto lo guardo en un recipiente”.

Soledad: “A ratos me siento medio muerto. Todo se ha acabado, sencillamente, hasta el pensamiento! Sólo queda la soledad infinita de esta infernal tormenta.”

EL CUADERNO DE BITÁCORA DE BOMBARD

El gran testimonio moral lo dio Alain Bombard. Él dice:

“¡Naufragio! Esta palabra es para mí la expresión misma de la miseria humana.”

“Quiero dar al náufrago normas de vida, detallarle una manera de emplear el tiempo que le permita ocupar activamente su jornada, con la voluntad de siempre, tensa hacia esta meta: la vida”.

“En igualdad de circunstancias (dando por supuesto el papel del espíritu y, entiendo por tal el valor, la esperanza de vivir) es posible sobrevivir si se cumplen determinadas condiciones físicas.”

“Si la sed mata más pronto que el hambre, la desesperación es todavía más rápida que la sed.”

“Ante el miedo hay que conservar el timbre de voz, pues de lo contrario reaparecería constantemente para escuchar nuestros murmullos, esa mala oración”.

“La soledad no ataca bruscamente, enemiga ya conocida; pero su presencia se hace sentir poco a poco, al filo de mis días Atlánticos.”

“Contra la soledad, el “ruido” y la compañía de los animales. En un metro cúbico de agua hay diez veces más vida que en la misma cantidad de tierra”.

“Comprendo la diferencia entre soledad y aislamiento. Del aislamiento, en la vida normal, sé cómo puedo librarme: sencillamente, tomando la puerta o cogiendo el teléfono. Pero la soledad, cuando es total, nos aplasta. ¡Desgraciado el hombre sólo!

“Siempre tengo ganas de que llegue la noche: ante todo, porque es un día más que ha pasado; en segundo lugar porque me duermo, abandonándome por completo a la Providencia, y, finalmente, porque de noche no veo los sucesos inquietantes”.

“Un hombre que cree tocar el fondo de la desesperación puede siempre hallar un segundo aliento que le permita continuar y resistir, como Anteo, cada vez que sus pies tocan la tierra. Para infundir al naufrago esta esperanza y persuadirle de que la vida está al término de la prueba, yo quisiera que se imprimiese también: Acordaos que un hombre lo hizo en 1952”.

Estas son las conclusiones de Bombard. También a nosotros nos queda una vida por delante.

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