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  4. Los novelistas también tienen su ‘gordo’

Es normal que Manuel Lozano Garrido dedique artículos al mundo de los libros en el que tanto tenía que decir o, mejor, por el año que escribe este (1959), tendría que decir pues sería en la década siguiente cuando empezará a publicar los suyos.

La aparición del premio “Nadal” fue como una especie de auxilio para los escritores noveles que, como es lógico, no se habían dado en conocer y tuvieron en el mismo un punto de partida más que digno para darse al público que, desde entonces, los tendría en cuenta.

Lolo nos habla en este artículo de los dimes y diretes con relación a tal premio pero sabiendo a la perfección que el mismo venía muy bien para todos aquellos que querían abrirse paso en el difícil mundo de la publicación. Sin olvidar que él mismo sería seleccionado para el premio “Nadal” en el año 1967 por su libro “Las estrellas se ven de noche”.

 

 

Publicado en “Linares”, en diciembre de 1957 y en “Signo”, el 17 de enero de 1959.

 

En la XV edición del Premio Nadal.

Los novelistas tienen su “gordo”. Se instituyó en honor de un periodista.

No es justo hacer al niño patrimonio de la ilusión cuando nada se ha escrito sobre la soberanía de esta reina maravillosa. Los novelistas, esos hombres que con su mundo de fantasía a cuestas se aniñan en la creación literaria, estaban pidiendo también ser alineados en la fiesta de Reyes, la conmemoración, por antonomasia, de la ilusión. En consecuencia, desde hace tres años, los tres Magos venerables vienen tomando sobre sus espaldas la noble tarea de allanarles ese lento, duro y espinoso camino que lleva a la consagración literaria. Por eso ahora hay ya escritores que, en la noche crucial de Epifanía, encuentran en sus grandes zapatos el eco sonoro de un nombre con el que iniciar la briosa carrera de la fama. Apenas con su poco más de una docena de adjudicaciones, el Nadal es hoy por hoy la más antigua lotería de las letras, que goza, asimismo, de un ascendiente no superado por los restantes premios, aunque sí lo haya sido en su cuantía.

CÓMO NACIÓ

La palabra que da nombre al premio no guarda ninguna relación con el hecho señero del nacimiento de Cristo. Nadal es el apellido de un joven escritor catalán desaparecido en las circunstancias más prometedoras. Apenas con sus treinta años. Eugenio Nadal, como redactor jefe de la revista “Destinos”, había acusado ciertas características que presagiaban una consagración a corto plazo. El hecho de que apenas si cristalizó una obra el libro “Ciudades de España” hizo pensar a varios compañeros el director, Agustín Vergés, Masoliver y Teixidor en dar continuidad a su misión en dar continuidad a su misión facilitando el paso de otros escritores que vivieran análogas situaciones de gestación, juventud y valía. Esta parquedad de fines y la escasa cifra del premio 5.000 pesetas declaraban un deseo de ausencia de espectacularidad que los hechos se encargarían de obviar en la primera ocasión.

VOTACIÓN Y FIESTAS

El mismo año en que falleció Nadal se publicaba la convocatoria de constitución, que fue resuelta en el café Suizo, de la Ciudad Condal, por los cuatro patrocinadores, a los que se sumó el también periodista Vázquez Zamora.

El sistema de votación consiste en una lectura previa que reduce al mínimo el grueso de participantes. Ya en el primer escrutinio los siete miembros ampliados así en 1949 con la inclusión de Néstor Luján y el “Nadal” Sebastián J. Arbó limitan a otros siete los finalistas, de los que, a su vez, en sucesivos recuentos se va apartando el último clasificado, hasta llegar al triunfador único. En cada elección todos los miembros emiten tantos votos menos uno como títulos sigan batallando, con lo que queda siempre uno en desventaja, que es el que se elimina.
La costumbre de enmarcar el fallo en una fiesta social nació de la decisión primitiva del Jurado de reunirse en el saloncillo del Suizo para deliberar en el curso de una cena, a cuyos postres se sumaban algunos amigos y comentaristas. La Prensa, la radio y algunos visitantes en traje de gala de las fiestas del Liceo, perfilaron las características del añadido social que hoy tiene.

UNA MUJER Y LA FAMA

Veintiséis eran los novelistas que contendieron por la relativa fama y las escasas pesetas del primer Nadal. Cuando al fin, se publicó el resultado, abundaron las sorpresas al ver a una chica que no llegaba a los veinte años encabezando el recuento definitivo, “Nadal”; con sus hoscas criaturas, su duro ambiente y su vacío espiritual aireaba una briosa manera de relatar y el trazo firme de unos personajes en los que se acusaba ya la actual maestría de su autora. Carmen Laforet levantó así una polvareda publicitaria cuya verdad el tiempo se ha encargado de mostrar. El resultado fue de crédito personal, y de rechazo para el premio, que se situaba en un rango de primera línea.

Al año siguiente el cetro de Carmen Laforet pasó a otro novel, José F. de Tapía, a quien heredaron dos hombres sobre los que hoy se asienta buena parte de la novelística actual: Gironella y Delibes. El resto de triunfadores, lo forman Sebastián J. Arbó (1948), Suárez Carreño (1949), Elena Quiroga (1950), Luis Romero (1951), Dolores Medio (1952); Luisa Forrellad (1953), Francisco J. Alcántara(1954), R. Sánchez Ferlosio (1955), J.L. Martín Descalzo (1956) y C. Martín Galite (1957).

ALGUNOS DATOS

Para el revuelo que han armado los triunfos femeninos, sólo fueron premiadas cinco mujeres. En cambio, son nueve los varones que vencieron. Finalistas hay una mujer y catorce hombres. El año de mayor afluencia fue el de 1955, que vio coronarse a “El Jarama” sobre 241 títulos. Para ella es también el récord de votos, con un claro 7-0, ostentado; en cambio “Nadal”, el de ediciones, con 14; ritmo del que no desmerece “La frontera de Dios”.

PROS Y CONTRAS

Se ha tachado al “Nadal” de no haber dado aún una obra definitiva. Si cierta, la imputación no es justa, pues va contra toda lógica pretender la plenitud en un principiante. En cambio, sí entra en sus fines, y el “Nadal” lo cumple, lanzar un plantel de nombres desconocidos que, por añadidura, están renovando los valores de nuestra novela. Así citemos a Laforet, Gironella, Delibes (los tres confirmados por el Nacional de Literatura), Tomás Salvador, Elena Quiroga, Luis Romero, Goytisolo, Núñez Alonso y figuras tan prometedoras como Martín Descalzo, Sánchez Ferlosio, Truloch y tantos como los que ya habrá que contar.

Lo que sí es admisible es que en el “Nadal” ha pesado a veces una cierta preocupación técnica y estilística, con perjuicio del fondo, así como no quedar exento a la hora del fallo de un deseo de sensacionalismo o afán de acomodarse a corrientes imperantes. En cuanto al punto de vista de la ausencia de una espiritualidad constructiva, “La frontera de Dios” ha venido a borrar este matiz negativo que ya iba minando su brillante historia.

(En la imagen, de 1959, Ana María Matute recibía el Premio Nadal por su novela «Primera memoria».)

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