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Un mes antes de que saliera a la luz pública lo que parece una “Carta al Director” del diario “Jaén”, Lolo viajaba a Lourdes con su hermana Lucy haciendo las veces de enfermera. Y lo que el linarense universal quiere decirnos en estas letras es que la Virgen María nunca abandona a sus hijos.

Es cierto y verdad que después de la Segunda Guerra Mundial el pensamiento de la humanidad parecía haber cambiado por derroteros que poco tenían que ver con la religión y con lo religioso como expresión de la fe. Y, sin embargo, María, la Madre de Dios y Madre nuestra, nunca había dejado de estar presente.

Hay algo, sobre todo, que Lolo tiene claro y es que a través de la Virgen María y del apostolado que se puede hacer sobre y con su figura, es más que posible que todo lo parecía estar derrumbándose acabe por levantarse, por así decirlo, como Dios manda.

 

 

Publicado en el Diario “Jaén”, el 11 de junio de 1958.

 

Carta a un hombre de buena voluntad

A usted que sueña con María en el vértice de todas las cosas.

Le estoy escribiendo casi con un pie en el estribo para ir a Lourdes. Apenas unas horas y el deseo habrá cristalizado la imagen blanquiazul y aquella humanidad asombrada junto a la orilla del Gave.

Usted, como yo, habrá seguido el ir y venir de gentes a la gruta. Unas veces son los hombres del Bigorre natal de Jammes o los mozos ingenuos de Arkansas los llamados; otras, el idéntico sensacionalismo de las gacetillas es el que corroe las agencias y el publicitario Tounsend salta de Birmingan a Masabielle. De un modo o de otro, lo cierto es que Lourdes trepa hoy por las galeradas como una realidad palpitante para enraizarse en el corazón de los hombres.

“Hace una semana he visto” en “Paris-Match” una fotografía que se me ha grabado por su expresividad. Representaba un joven recostado esforzándose en dirigir su espejo retrovisor. A su lado, de rodillas lloraba un hombre de manos duras y sienes encarnecidas -¿hay algo más dramático que el llanto de la virilidad?-, entretanto que la cámara había enfocado la silueta de la Inmaculada, que sonreía reflejada por el cristal del enfermo.

Desde que la vi he pensado en el testimonio de esta foto. En la Francia es que son innumerables los que se refugian en la Sagan, que “acaricia al cerdo que dormita en cada hombre” y donde Camus ha intentado una mística de “la dicha sensible”. Lourdes representa la arribada de un modo dolorido y fracasado, egoísta, desquiciado o erótico que vuelve a la pasión domada al “yo” encajado en la voluntad divina de servidumbre universal como un principio de rehabilitación.

“Vivimos ahora una coyuntura”, de derrumbamientos. Uno a uno van cayendo todos los mitos hasta dejar al hombre radicalmente desmantelado, a solas con la verdad total. Un hecho es cierto y es que para que la criatura sea colocada en un destino feliz es preciso inmolar muchos sentimientos colectivos o personales que lo obstaculizan. Así ya en aras de esas aglutinaciones de pueblos en las que nosotros podríamos hacer realidad el Cuerpo Místico, están cayendo ideas, como la nacionalista, intocable apenas hace diez años. En Holanda y Alemania han sido fabricadas unas ciudades sin recuerdo, cara sólo a lo futuro. Entre ellas habitan los hombres sin patria, criaturas que rehacen sus vidas partiendo ya de “la hora veinticinco”. Ante los tibios, ellos elevan el heroísmo de los desarraigados.

“El hombre no es una víctima” involuntaria del silencio de Dios, como quiere verle el fatalismo existencial. En cambio sí podría remacharse el irrefutable acoso de Dios a sus criaturas. Cristo habla cotidianamente a los hombres con la enérgica persuasión de los hechos, y aún condesciende hasta situar en los peldaños de nuestra ascesis símbolos de los más nobles afectos. Así ahora, para el caos hechura nuestra, para la fiebre del sentimiento y el cáncer de la mente nos ha florecido la Ternura en un cuenco granítico de Masabielle.

“Nuestro mal” estaba –o está- en una conjunción de orgullos. Desde que las guerras se han hecho tan universales las relaciones han tomado el camino concluyente de la fricción, de la soberbia y de la dureza; en resumen, del egoísmo. El fracaso estrepitoso de la soberbia ha empezado a gustar la virtud del amor. Pero en María radica la perfección de la ternura. La silueta de Lourdes está así en la avanzadilla de Dios, tendiéndonos la mano para Su plenitud gozosa. La maternidad, la misericordia, la dulzura, la pureza y tantas virtudes como ella compagina, explican, consecuentemente, esa succión que ahora ejerce desde su hueco pirenaico y, a su vez, también explican los milagros de la perseverancia en la fe del campesino, trabajado por la escuela laica; la renuncia a la salud de la chica con mal de Pott; y esos muchachos que, entre ruinas, dan sus horas libres para cargar esportillas y alinear ladrillos de casas para los humildes. Creo que esto aclara, asimismo, ese paso triunfal de la Blancura de Fátima por la orilla del Nilo, o el Ganges y tantos hechos similares. Y es que unos y otros (bantúes, malayos o coreanos; sabios, mineros y hasta los mismos dañados de la Humanidad) somos también “atraídos”.

“¿A dónde vas a parar con todo esto?”, puede que se pregunte. A lo siguiente: Estoy convencido de que aún no hemos valorado las asombrosas posibilidades del apostolado que se canaliza por María. Es más, diría que alimentamos una manifestación sensiblera que no puede llenar el vitalismo dramático de nuestra hora. Los hechos espontáneos lo suelen demostrar con frecuencia. Tengo aún reciente el recuerdo de una misión a punto de naufragio salvada en última instancia por la presencia virginal. Momentáneamente se rompió el modelo sanitario impuesto por los hombres y allá estuvo María sin contagio, contagiando, en cambio, la fe. “En setenta años que vivo –decía un viejo- no he visto nada parecido. ¡La Virgen en una barraca!”

“Usted y yo nos hemos asombrado” juntos de explosiones de fervor en gentes sin otra vinculación religiosa que la fiesta patronal. Con todas sus desvirtuaciones las romerías están ahí, sin otra razón aparente, sirviendo de cordón umbilical a las masas con la Iglesia. Si el hilo no se ha roto aún es porque la Virgen espera todavía el planteamiento apostólico de quienes son sus depositarios.

“El padre Lombardi ha hablado” de la circunstancia tan providencial por la que atravesamos de crear una humanidad de Dios. El mismo Pío XII ha insistido en que “es todo un mundo lo que hay que rehacer desde sus cimientos” y que su ventana titila en la alta noche como el farolillo rojo de las obras de Dios. Organizaciones y organizaciones están siendo revisadas por sí mismas para actualizar el fin constructivo que las creó, hoy superado.

Hablo de revisión y la idea me concreta esos núcleos que existen en todos los pueblos para extender la devoción mariana o conmemorar la Pasión de Cristo. Raro es lo que no tuvo en sus orígenes una norma específica de beneficencia. Hoy pienso si esta persistencia de María en continuar uniendo estamentos bajo su nombre no nos estará dictando aquí un destino concreto para el ideal mariano: “el apostolado social”, entendido en los amplios matices de una tarea de redención, en la puntilla a la frontera de los odios y en la igualdad espiritual de los hombres de Dios.

“Asusta comprobar” cómo en el cristianismo, tan constitutivamente paterno, ha podido filtrarse una estructuración con niveles de mo……da y arterias. “Aun en el culto -le he oído al P Huelin- hemos hecho de la devoción mariana un instrumento de división social”, con designaciones preferentes cuando Ella persistía en estar con los humildes.

“Tampoco pudo ser un capricho” el de las apariciones virginales en el campo, acordadas tal vez por un rosario de aldeas minúsculas. Los seres de esos pueblos tienen ahora la cabeza hundida en la arena, materializada su vida porque aún no pudieron compartir la existencia con el hombre de Dios: el sacerdote. Es hoy cuando los santuarios de María –sus gentes- podían cubrir el blanco siendo un foco de irradiación misionera; y el muchacho que ya se va haciendo hombre no tendría esa mirada pasional, fructificaría un concepto noble del matrimonio y se serenarían la codicia, la ignorancia y el imperio del hombre bestia. ¿No cree que el sacrificio bien lo merece?

Y nada más. Perdón si yo debiera escribir sobre una imagen determinada y me salió, en cambio, esta generalización. Creo que la coyuntura de Lourdes bien lo merecía.

Suyo.

Manuel Lozano Garrido

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