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  4. Los terreros. Una estación más en el Viacrucis de las minas

Que Manuel Lozano Garrido no era un periodista apocado o que diera la espalda a temas socialmente importantes lo demuestra en muchas ocasiones. Y la de ahora, la de este artículo que les traemos, lo muestra y demuestra.

Mina y Linares son palabras que, en su tiempo, iban de la mano. Y la vida de aquellas personas que trabajaban en ellas, eran causa de tema más que importante para alguien que no quisiese esconder la realidad de las cosas.

Podemos decir que este artículo es muy valiente. Y es que hace notar, y podemos ver en sus dos últimos párrafos, que las condiciones de trabajo y de remuneración no iban, precisamente, de la mano sino que eran inversamente proporcionales.

 

 

Publicado en Vida Nueva, el 14 de marzo de 1959.

 

 

Hablar de las minas es entrar en una órbita familiarizada con el sudor, las lágrimas y la penuria económica. El ángel del dolor ha plantado su tienda en las bocas de las galerías, y todas las operaciones que se inician en “lo hondo” tienen un común denominador de angustia y calvario. La fe nos dice que esta humanidad configura la silueta crucificada del Gran Mártir; pero también el mismo ejemplo de Cristo nos ha de hacer fijar la predilección de la caridad y de la compasión sobre estas criaturas que asientan el pie sobre su misma huella sangrienta y redentora.

LA QUIMERA DEL ORO

Sobre el “pioners” colonizador y buscador de oro, la literatura americana ha tejido toda una épica legendaria y heroica. Zane Grey nos ha dado la dura imagen del hombre que repta por el desierto, unas veces hacia el fracaso y otras coronando el esfuerzo con el brillo triunfal del oro. La mina española tiene también su “El Dorado” y su quimera, un pequeño núcleo de perspectivas que atiza el sueño cotidiano y levanta castillos de naipes que un día habrán de derruirse estrepitosamente sobre las espaldas de quienes les crearon. El pobre hombre que, día a día, se entrega al polvillo mortal de la silicosis tiene en los “terreros” una meta ideal de liberación que, mientras no es afrontada, ayuda a superar la dura realidad de los martillos. “Ir a los terreros “ o “tomar un cajón” es una iniciativa que bulle continuamente en cada imaginación de los que trabajan en el interior.

EN EL TERRERISMO HAY CLASES

Con el plomo de las extracciones, las minas revuelven gran cantidad de escoria que justifica un trabajo ulterior de separación en la superficie y en las fundiciones. Sin embargo, la operación de limpieza no es tan justa como para apurar al límite la presencia del rico mineral. En las tierras que se abandonan al exterior formando colosales “escombreras” suele haber una mínima parte de plomo, a la que la Empresa renuncia por el costo elevado de las operaciones complementarias. El valor del plomo, no obstante, ha alcanzado últimamente cotizaciones muy tentadoras y, en consecuencia, muchos hombres de la minería han caído en la cuenta de una explotación optimista de los desperdicios. Las Sociedades mineras, a quien, como decimos, resulta inconveniente la dedicación a los escombros, han encontrado en el arriendo una cómoda y positiva manera de aumentar sus remanentes. El negocio se cumple a través de un productor intermedio y responsable que se hace cargo de la concesión mediante el compromiso de abonar de un 15 a un 18 por 100 del beneficio, y a quien se concede el incentivo de unas primas por tonelaje entregado. Si alguna vez el mito de la fortuna ha tenido realidad, es este terrerista de clase intermedia el que ha hecho acopio de los doblones. El pobre “lavaor” ha estado siempre reducido al vuelo corto y al panorama concreto de su miseria. El escombrero entonces, por su cuenta, realiza nuevas concesiones, distribuidas ya esta vez a auténticos trabajadores habituales, que son los que cumplen directamente la tarea mediante una participación del 3 por 100. Ellos, con un grupo de cuatro o cinco operarios a res, toman a su cargo un nuevo “cajón”, con el que inician sueldo, -casi siempre familias- las complicadas faenas de lavado mineral.

“RUMBO” Y… FATIGA

En lo esencial, el laboreo consiste en someter a la masa de tierra y plomo a una serie de cribas y corrientes de agua que van decantando el mineral, desprendiendo a su vez el volumen de tierra despreciable. Mas la operación es tremendamente fatigosa si se tiene en cuenta que, en las mejores condiciones, el plomo apenas participa en un porcentaje de 1 por 1.000.

En general, toda la tarea tiene como eje el “rumbo” y el “cajón”. Con toda su pomposa denominación, el “rumbo” no es más que una charca circular de cinco metros de diámetro, sobre cuyo centro gira un largo travesaño, del que a su vez caen dos pesados lienzos que rastrean, al circular, el fondo el estanque. Por un punto de la circunferencia, la masa de agua es alimentada continuamente, y el mineral que en ella se deposita, sometido a la acción rotatoria de las lonas, se va distribuyendo según cierto grado de volúmenes que permiten la eliminación de los mayores. Las escorias menudas se trasladan con esportillas al “cajón”, donde penosamente se ultima el ciclo.

El “cajón”, es eso: un cajón con fondo de criba y cierto sistema superior de palanca que, accionado en la otra extremidad por un obrero, es sometida a un rítmico zarandeo vertical que lentamente discrimina la última composición.

El elemento humano de un terrero suele ser: primero, alguien, casi siempre un menor, a quien se encomienda la rotación de los lienzos. Después colabora el “acercaor”, encargado de alimentar el “cajón” con las purificaciones incompletas de las charcas. Luego viene el “palanquero”, que con las manos completamente en alto imprime a la criba, mediante saltos constantes, una actividad permanente de subida y de bajada. Por último, el “lavaor” vigila la composición y se encarga del aislamiento final del plomo. Lo que no quiere decir que una serie de agregados familiares queden al margen del trabajo de limpieza.

EL TERRERISTA, HOMBRE

Ir a los terreros en misión periodística es una tarea que siempre se presta al efectismo. En verano y en invierno, ellos alimentan un cuadro dantesco que da pie a las descripciones más impresionantes.

Y es que, en realidad, el trabajo tiene de por sí una estructura infrahumana ilimitadamente abierta al asombro. Operación de gigantes es, en el invierno, romper todos los días una costra de hielo y trabajar durante horas al aire litre, entre barro y con el cero aferrado a la línea del barómetro, como también lo es en verano aguantar ese sol de Andalucía que cuece los cerebros, sin otro paliativo que un leve sombrero de paja, y, así mismo, el vaivén del “palanquero” saltando ocho horas sin descansar y con el cuerpo en una posición desorbitada. El terrerista no tendrá sus pulmones citados con el polvillo criminal pero a su humanidad la trabaja un conjunto de sobreesfuerzos capaces de corroer la más firme naturaleza. Por añadidura, su trabajo estricto tiene unas remuneraciones de bajo nivel escandaloso que recorta las violaciones continuas de la Ley, amparadas en la impunidad de la distancia para las inspecciones. Lo corriente y moliente es hallar hombres a los que se mutilan alevosamente unos jornales que ya desbordan cualquier industria moderna.

El trabajo de los niños aporta un doble carácter punitivo. De un lado, las retribuciones arbitrarias, al no estar reglamentado su empleo por la lógica prohibición de edad. El segundo delito es el de la falta de asistencia a lugares educativos, su absoluta analfabetización.

UN CASO

Este, el “cajón”, con otros veinte más, está situado a ocho kilómetros de la ciudad. El camino se hace a pie, sin incluirlo en el horario. Hay cinco personas empleadas, cuatro de ellas menores de dieciocho años. En el “rumbo” está un niño de nueve años que ya lleva dos trabajando. Con el mismo tiempo de empleo hay una chiquilla de doce – hermana -, que ahora deja de trabajar porque “ya va para mujer”. Al preguntarle que si sabe leer, contesta: “No; pero gano quince pesetas”. Luego hay un peque de catorce que padece de ataques epilépticos. Actúa como “acercaor” y las crisis solo preocupan por sus ausencias del trabajo. El “palanquero” es el mozo de los dieciocho años. Los sueldos, naturalmente, sufren aquí rebatiña.

Al mundo de las “escombreras” lo beneficiaría mucho unas lógicas bases de remuneración, pero la cultura y el humanismo tienen un cometido esencial de dignificación; cuando el hombre mire al hombre como un tesoro respetable y no como una masa de rendimiento, sobre los “terreros” también se habrá hecho sentir el fruto de la Redención.

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