El número 44 de las Circulares de la Obra “Sinaí” (mismo número de la Revista de tal nombre) va referido, como los demás, a muchas realidades referidas al enfermo y a quien sufre pero cabe destacar la referencia a dos personas de no poca importancia, a saber el Venerable Manuel Aparici Navarro y el doctor y Premio Nobel de la Paz (1952) Albert Schweitzer sin olvidar la relación que tuvo este médico con otro doctor muy nombrado en estos artículos, a saber, Tom Dooley.

Sobre estas dos importantes personalidades, decir ahora mismo, para empezar, que el primero de ellos apenas había hecho unos meses de su fallecimiento (28 de agosto de 1964) y al segundo le quedaban pocos meses de vida cuando salió publicado este número, que es de febrero de 1965 y fallecería, el ilustre doctor, el 4 de septiembre de 1965.

Pues bien, del primero de ellos, Manuel Aparici Navarro (abajo, en la imagen, con su sotana), nos dice que “Vivió la Acción Católica como ‘brazo’ de la Cruz” (así titula su apartado)  y nos dice del que hoy es Venerable de la Iglesia Católica (desde que el 27 de marzo de 2013 el Papa Francisco reconociera las virtudes heroicas del madrileño nacido el 11 de diciembre de 1902) es

“Una de las figuras más gigantescas del moderno apostolado católico”

Y es que

“La vida de don Manuel Aparici transcurrió al aire de una tremenda actividad que ha dejado huella en varias generaciones e, incluso, en el camino de todo el apostolado español.”

 

Podríamos decir que esto es algo más que bueno y que es muy recomendable para la vida y existencia de todo católico. Lo que pasa es que aquí concurre algo que, como es el ser mismo de “Sinaí”, apunta a la aparición del ya Venerable en sus páginas porque

“Sería interminable pormenorizar sus casi increíbles actividades. Nos quedamos hoy con un interesantísimo matiz que afecta a nuestros lectores: su personalidad de enfermo. Nueve años estuvo don Manuel Aparici clavado materialmente a una tremenda y dolorosísima cruz.”

En realidad

“Fue un Apóstol con vocación de crucificado que él mismo pidió a Cristo como culminación de todo su apostolado de Acción Católica.”

Vemos, por tanto, que el Director de “Sinaí” tenía una gran admiración por aquel hijo de Dios, luego Siervo y, por fin, Venerable de la Iglesia católica que mostró un ardor espiritual digno de ser tenido en cuenta.

Y, sobre la otra persona a la que se refiere Lolo en este número 44 de “Sinaí”, a saber, el doctor Albert Schweitzer  lo hace porque, cuando cumplió los 90 años, en enero de 1965, apenas 8 meses antes de morir, y encontrándose en el hospital de Lambarene (República africana de Gabón, hoy República Gabonesa que se independizó de Francia el 17 de agosto de 1960) recibió el homenaje de los suyos (doctores, monjas, enfermeras y enfermos) en el que se le ofreció una tarta “con nueve velas, una por cada década de su vida, consagrada al cuidado de enfermos africanos”.

 

 

El caso es que este buen hombre, trabajador incansable en favor de su prójimo y, entre éste, el que estaba enfermo en los lugares más recónditos del mundo, apareció muchas veces en los libros publicados por  otro doctor a quien el Director de “Sinaí” prestó bastante atención en su “Sinaí”. Y nos referimos, sin duda alguna, al doctor Tom Dooley, a la sazón llamado “Doctor América”, quien puso su atención en la obra que ya estaba realizando el doctor Schweitzer para llevar a cabo la suya en Laos como hemos podido mostrar en más de un artículo de esta serie.

Pero ya podemos imaginar que este número de “Sinaí” no va referido exclusivamente a estas dos grandes personalidades sino que tiene y contiene mucho más.

Así, por ejemplo, nos habla de Baltasar Tortella, de 82 años, que, siendo ciego, “sigue al frente de su taller de alfarería”. Y es que, aunque no todos sus años había sido privado de la vista sí era ciego desde hacía 26 años pues el propio barro con el que trabajaba le fue minando la vista hasta que acabó perdiéndola. Sin embargo

“Baltasar no puede ver y, sin embargo, acude invariablemente cada mañana a su pequeño talles de Inca, ayudad de su bastón. Se sienta en su taburete de madera, cubre sus rodillas con una manta vieja para protegerse de la suciedad, y se pone a amasar el barro con sus propias manos, ya deformadas por el trabajo”.

También nos habla del caso de don Fortunato Nicolás Troisi, argentino que, habiendo venido al mundo gracias a una transfusión de sangre que le hicieron a su madre casi moribunda, decidió donar la suya, donación a donación, hasta llegar a la estimable cantidad de 40 litros de líquido tan preciado e insustituible.

Y, aunque sea para que veamos el cambio de los tiempos, tan sólo citar que hace mención, en este número de “Sinaí” de algo que, entonces, se veía como un gran avance (y lo era): “Progresa la investigación sobre trasplante de órganos” y es que, según lo que se avecinaba

“Pronto podremos vivir con un corazón o pulmón que perteneció a otra persona”

En realidad, a todo eso le da Lolo el título, de lo porvenir en tal campo, de “cirugía de repuesto” y será, según nos dice, el comienzo de una nueva era como, por cierto, ha venido a ser.

Por otra parte, que no crea nadie que este número no se dice nada de la propia Obra “Sinaí”. Y es que recuerda, por ejemplo,

 

“… a nuestros beneméritos socios protectores,

… a los que solicitan información,

… a los que remiten dinero y,

… a todos en general porque es necesario intensificar ‘vuestras oraciones, viviendo plenamente el espíritu de Cuerpo Místico de la Iglesia y de nuestra Obra.”.

 

Amén, es lo único que podemos decir.

 

(Continuará)

 

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