No podemos negar que la revisa “Sinaí” tiene como destino preferencial los enfermos y que a ellos va dirigida. Sin embargo, algunos de sus números abundan, precisamente, en ese tema de una manera muy especial. Y el que hace 47 es uno de ellos. Tampoco podemos negar que el Director de “Sinaí” sabe de qué habla cuando escribe, con el título “¡¡Es difícil ser enfermo!!” y lo hace así, con signos de admiración, para que se sepa la cosa:

“¡Señor, libradme de esta tentación de apreciar el tiempo de la enfermedad como un periodo estéril y sin valor!

/…/

Es preciso siempre volver, Señor, a esta aceptación sin restricción y sin rencor de la vida que Vs me ofrecéis.

/…/

Mi heroísmo será de sonrisa a pesar de todo, de aceptar aún mis imperfecciones.

Mi celo se satisfará si no convierto la  vida demasiado dura  para los que me rodea y cuidan.”

Y termina como sólo puede terminar quien sabe muy bien que su sufrimiento no deja de ser fructífero:

“Pero, ¿se trata de hacer lo que yo quiero o de obedeceros?”

Por otra  parte, ahí mismo, en la  primera de las cuatro páginas de las que consta este número, escribe de forma alegórica bajo el título de “El camino”:

“Este es el bueno camino, el abierto, alegre, rumoroso y perfecto camino. Un camino de cara al hombre, hecho para los ojos, profundo, sugerente, rectilíneo, casi tirando de unos pues que tienen ansias de andadura, con su entramado de árboles, por entre los que se ve y puede gozarse el noble saber de la vida.

/…/

El camino – ¿por qué no? – tiene sus sombras; unas  sombras constantes que se atraviesan de modo intermitente por el asfalto.

/…/

Dale ilusiones y perfiles a ese camino. Moja tu dedo en el propio corazón y, con la yema, escribe sobre el asfalto la palabra “Esperanza”.

/…/

Si andas sobre la esperanza, con la esperanza dentro de ti, tu camino -tu vida-, se escribirá con ce mayúscula y se leerá Camino y Cristo a la vez, porque Cristo es el único, verdadero y maravilloso. Camino de amo y de gloria.”

Y, como hemos dicho arriba, este número tiene especial predilección (dentro de la que es propia de “Sinaí”) con enfermedades y enfermos.

Así nos habla de Edouard Chojnaki que había perdido las manos por el efecto de la explosión de una granada en 1945. Aquel hombre, como podemos imaginar, no lo tenía fácil porque (entonces, más pero ahora, tampoco le sería fácil) sin manos, en fin… como que la cosa es difícil de sobrellevar. Sin embargo,

“Aprendió a montar en bicicleta – después de un largo y doloroso aprendizaje, en el que las caídas fueron innumerables- y, finalmente, pudo lanzarse al trabajo. A razón de unos cincuenta kilómetros diarios”.

De todas formas, habiéndose hecho representante de comercio era fácilmente superado por sus compañeros de trabajo que lo hacían en coche. Entonces

“Durante meses enteros, cuando el hombre disponía de un rato libre, se iba a las ferias y se entrenaba en los “autos de choque”. Hasta que un día se compró un automóvil. Desde entonces ha recorrido unos cincuenta mil kilómetros. ¡Y sin permiso de conducir! Nunca se lo pidieron.

Queda claro, según esto último, que los tiempos han cambiado mucho desde entonces… Y, sin embargo, aquel hombre precisaba tener el carnet de conducir.  Y allí que se presentó ante el examinador que pensaba ser más severo con él que con los demás porque

“ya sé que hace algún tiempo que conduce usted sin carnet.”

Aquel día, al parecer, era muy frio y el suelo estaba helado y el examinador pidió un voluntario para ver cómo iría la cosa. Y ni corto ni perezoso, Chojnaki se adelantó a todos y, después de estar quince minutos probando acabó obteniendo su “deseado papelito”.

Hay, sin embargo, en este número de “Sinaí” un caso muy especial que es de los niños enfermos y su educación. Y nos lo muestra con el título “Vuestra escuela, en vuestra casa” que es el nombre de la campaña que, en Francia (de aquel tiempo) una Asociación de tal nombre, llevaba a cabo para acudir a los domicilios pues

“Su objeto es ir a llevar a los enfermitos esa instrucción de la que son -la experiencia lo demuestra- más ávidos que los otros niños, y hacer así que estén en condiciones de hacer estudios “como los otros”.

Se obtenían resultados excelentes de aquella labor de acompañamiento educativo y lo demuestra que el año anterior “todos los alumnos presentados por la escuela fueron admitidos en los diversos exámenes en que estaban inscritos.”

Y es que, sin duda alguna,  todas las historias de superación tienen que ver, no por casualidad, con la propia del Director de “Sinaí”, aquel Manuel Lozano Garrido, ya ciego de los ojos pero no del corazón ni del alma.

 

(Continuará)

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