Como prueba de que el Director de “Sinaí” se atrevía con todo porque era un periodista de casta, lo muestra el artículo que escribe para la primera  página del número 28 de la citada Revista. Se titula “La célula y la niña” y, sí, se refiere a una célula y a una niña pero…

El caso es que en Nueva York se llevó a cabo, digamos, algo así como un experimento consistente en mostrar una célula fuera de su ámbito de vida y, claro, la labor fue ardua:

“Lo que apenas se capta con el microscopio, ha sido dilatado hasta un millón de veces, teniéndose que utilizar un millar de tubos de plástico en una labor que ha llevado doce meses de ímprobo esfuerzo.”

Y, como no puede ser de otra forma, Manuel Lozano Garrido, lleva esta situación al plano religioso en el que destaca, primero, Dios que crea la célula y, de ahí, al hombre mismo. Y, entonces, da un aviso a los sabios que tiene todo que ver con su fe católica:

“Aviso, así, para los sabios, ‘Atención especial a las células de los cristianos. Tan fijo como la luz del sol es que allí ha de estar una figura de perfil hebreo que es Dios y hace milagros. A los que lo observen, se ruega la comunicación científica.”

Por otra parte, como es habitual en los números de “Sinaí” no puede faltar la página, o páginas, en las que lo que prima es el optimismo porque se muestran realidades que hacen ver, entonces y ahora mismo, que el ser humano procura el bien del prójimo. Así, por ejemplo, en la sección “Punto. Raya. Punto”,

Por medio de diminutos discos de plástico, introducidos en la córnea, un oftalmólogo de Nueva York ha logrado devolver la vista a cuatro ciegos, mejorando la visión de otros 61 pacientes.

El doctor don Joaquín Barraquer, hijo y discípulo del ilustre profesor, recientemente fallecido, procedió a extraerle los ojos al cadáver de su padre, cumpliendo así su voluntad de legarlos al Instituto Barraquer, a uno de cuyos enfermos le fue aplicado uno de los ojos, poco después.

Verdaderamente, cuando Lolo nos habla, con el título de “Sensacional técnica operatoria” no podemos dejar de pensar que, en efecto, es sensacional, además de extraordinario, extraer a una persona “una finísima capa de huevo maxilar con dentina” para fijar en el mismo una  “diminuta lente acrílica de diámetro inferior a los dos milímetros”. Y todo eso para ayudar a ver a una mujer que perdió la vista a causa de un accidente con sosa

Y, al parecer, el éxito fue total.

Y, sin embargo, aún debemos sorprendernos más. Y es que cuando Antonio Castell, a la sazón panadero, quedó ciego a causa de una explosión no se vino abajo sino que, al contrario, aplicó todo su ingenio para inventar un telar manual para ciegos.

Esto, así dicho, ya parece extraordinario. Sin embargo, el caso es que quien construyó el telar fue, nada más y nada menos que un sordomudo. Y no resulta nada difícil imaginar las dificultades que tuvieron que enfrentar un ciego y un sordomudo para crear aquel telar que, debidamente revisado por los organismos encargados de tales menesteres, no son sorpresa podemos decir, dieron su visto bueno a tal invento.

Y es que, en verdad, muchas veces querer es poder.

Por otra parte, el pequeño comentario que acompaña la primera página de los números de “Sinaí” (en este caso el 49), titulado “Volando sin alas” nos muestra la imagen de una niña que, con confianza se deja echar hacia arriba por su padre. Y sí, lo mismo,  según nos dice el Director de la revista, nosotros debemos confiar en Dios que nunca nos abandona porque

“A Dios le gusta ponernos a prueba para que sintamos, palpemos, vivamos, todo su gran amor y poder sin límites, como esa pequeña de la fotografía, que se aferra con energía a su padre, cada vez que desciende de la altura. Dios también quiere que nos aferremos con mayor fuerza a Él, que le busquemos con ansia y esperanza de seguridad absoluta. Y por eso las pruebas: infortunios,  enfermedades, desalientos… ¡Con qué amor tan inmenso nos abra el Señor los brazos, después de cada salto en el vacío!”

Resulta curioso, por otra parte, que en el apartado “Punto. Raya. Punto” del número 49 de “Sinaí” nos vuelva a hablar de Edward Chojnaki, del que ya había hablado dos números antes, en el 47. La primera vez, eso sí, en aquella lo hacía con mayor profusión y a ella nos remitimos.

 

Continuará

 

 

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