Como ya hemos hecho ver en otros artículos anteriores, si bien la revista “Sinaí” tiene un claro destinatario o, mejor, está referida preferentemente a quien sufre, hay algunos números donde esto brilla de forma aún más excepcional. Y el número 52, publicado en octubre de 1965 porque podríamos decir que es una verdadera joya de comprensión hacia quien lo puede estar pasando mal, lo ha pasado mal y seguramente lo seguirá pasando mal pero no se ha dejado vencer por el mal que sea el que padezca sino que, como diría Lolo, sobrenada sobre el mismo y remonta un vuelo que ya lo querríamos para nosotros aquellos que no pasamos unos sufrimientos como los suyos.

Alas que sólo pueden venir de Dios en forma de dones y gracias especiales es lo que nos muestra el Director de “Sinaí” que, por aquel entonces, ya hacía tiempo que había sumado a sus males procedentes de su enfermedad inhabilitadora en lo físico la ceguera que era, por decirlo pronto, como el final de un castillo de fuegos artificiales que Dios le había regalado para que mostrara el mundo que se puede, y vaya que se puede, seguir adelante muy a pesar de muchos pesares.

Pues bien, como decimos, este número 52 nos viene la mar de bien para traer a esta pequeña historia de “Sinaí” unos ejemplos más que ejemplificadores.

El caso de Pepín Moreno López (el título del artículo de “!Haló: J.M. L. No contesta!” tiene su razón de ser) es, verdaderamente curioso. Y es que Pepín sufrió una meningitis a los nueve años que lo dejó, físicamente, como entonces quedaban los enfermos de tal enfermedad. Y creían que, si escapaba de aquello se iba a quedar “tonto o ciego, o algo por el estilo”. El caso es que aquel niño quedó sordo.

Sin embargo, Dios tenía preparado con aquel niño una sorpresa más que grande. Y es que Pepín empezó a leer libros que su padre, maestro de profesión, le fue dejando. Pero es que, además de llevar a cabo una labor tan loable como esa, el niño escribía, según su propio padre que de eso sabía más que mucho, muy bien o, mejor, demasiado bien dadas sus circunstancias.

El caso es que, en la escuela, los maestros se dieron cuenta enseguida de que Pepín quería aprender con más que ganas. E, incluso, para eso, aprendieron el lenguaje de los signos lo cual fue, por decirlo pronto, un primer milagro que obró en el corazón de su prójimo aquel joven del que muchos creían que saldría “tonto” de la meningitis. Y tonto, precisamente tonto, no salió…

Don Ramón, el maestro de quinto curso, una vez volvió de Madrid Pepín con su padre y comprobar que, por eso de la Guerra Civil no se podía hacer nada por él en el colegio de sordomudos, lo tomó bajo su tutela. Y avanzó más y más pues su ansia de superación era muy para tener en cuenta.

Luego empezó a trabajar en una imprenta. Claro, como no se distraía con el sonido de las máquinas… su rendimiento era, allí también, para nota alta. Y es que su lema era: “Lo que otro haga lo puedo hacer yo”. Y, eso, que lo hacía…; luego, empezó a escribir cuentos y ensayos. Y eso también lo hacía bien.

Aquel niño, sin embargo, tenía un secreto: desde que encontró a Cristo su vida cambió, como vemos, más que para bien, para muy bien. Y todo su progreso vital sabía que se lo debía a su hermano Jesucristo, que tanto había sufrido también por él. Y quería más y más.

Según nos cuenta Lolo, aquel Pepín sería el que fundó la revista juvenil “Cruzada” donde tanto colaboró nuestro Beato linarense y donde publicaría, por ejemplo, su hermoso reportaje de su viaje a Lourdes. Y tenemos que decir, con franqueza, que nos emocionó encontrar en un número de “Sinaí” a quien, con su perseverancia, tesón y fuerza basados en su alma espiritual, fundó aquella revista de Linares.

La cosa no termina ahí porque decidió que también iba a trabajar en la radio. ¡Un sordo en la radio! Y, claro está, leían sus guiones que eran tan buenos que ahí también prosperó más que mucho; y luego, trabajó de dibujante en una empresa; luego, se casó y, en el tiempo aquel de la revista “Sinaí” tenía hijo e hija, una “parejita” como suele decirse.; luego, hizo el bachillerato nocturno con 34 años; y luego, ya para terminar, entonces se preparaba para hacer Magisterio que, como dice el autor del artículo “le va a ser como coser y cantar”.

Y el resumen de todo esto bien que lo pone por escrito Manuel Lozano Garrido: “recordar vuestras propias dificultades y fijaos en cómo se arrugan los entrecejos, con alegría, con ancho sentido del humor, con espíritu de esperanza, con abierto optimismo; cómo lleva veintinueve años haciéndolo un chico compañero vuestro, amigo vuestro y alegre servidor de todos vosotros.

También nos habla el Director de “Sinaí” de Rodrigo Rubio, que padecía artritis y caminaba con dos bastones. Pues bien, el buen hombre, a pesar de tales dificultades, se había hecho con el Premio Planeta de aquel año, 1965, con su novela “Equipaje de amor para la tierra”. Pero es que ya llevaba unos cuantos años (al menos, desde 1960) ganando premios literarios.

Pues bien, en una “Nota preliminar” de esta novela nos dice su autor:

“En Equipaje de amor para la tierra hay algo más que la semejanza con la vida de una personas, y un poco menos de ‘ese algo oscuro’ que algunos, antes de tiempo, han querido ver. En esta novela nos encontraremos -os encontraréis- con una vida, con un mundo que ha rozado a muchos con un viento que, ¡ay!, no fue, por desgracia, demasiado suave. Todo lo demás no es sino una mera circunstancia.”

Y, como la faena o labor de “Sinaí” es atender, preferentemente, a los enfermos, impedidos, inválidos o sea cual sea su mal físico, terminamos hoy volviendo al principio de este número. Y es que junto a la cabecera pone un suelto que dice esto que sigue:

“Misionero no es sólo el que evangeliza el nombre de Dios sino también el que vive el espíritu del Cristo que redime. Antes de partir, los misioneros reciben una cruz. La tuya es el propio Dios el que la ha colocado sobre tus hombros para que la hagas útil y fecunda, gloriosamente misionera. Sé apóstol desde tu domicilio, sin maletas ni pasaporte, con el único bagaje de la Cruz del Cristo vivo”.

Y claro, a uno le viene, así a bote pronto, a la memoria, a creyentes como Ana Catalina Emmerick, Marta Robin, Santa Teresita del Niño Jesús y el propio Lolo, que tan buenos misioneros fueron a lo largo de su sufriente vida. Y, entonces, nada más queda por decir que sea mejor que eso. Bueno, sí: gracias Dios.

(Continuará)

 

 

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