No podemos negar que, en determinadas ocasiones, el Director de “Sinaí” se ocupa de temas que, se quiera o no, le tocan muy de cerca y que van más allá de esta u otra enfermedad o padecimiento. Y es que, por ejemplo, el editorial de los números 57 y 58 de la misma, y correspondientes a los meses de marzo y abril de 1966 tiene un título muy significativo: “Mira bien este día y que no se olvide”. Y es que, sabiendo que, por aquel entonces, Manuel Lozano Garrido padecía ya ceguera… en fin, como que resulta difícil que a uno no se le haga un nudo en la garganta y en el corazón.

En el mismo, nos dice, por ejemplo:

“Abre mucho los ojos, amigo. Si no lo haces hoy ¿para qué han de servirte después? Una casa, una calle, hasta una carretera, brindan siempre un portillo al que poder asomarse. Madruga este día, si puedes, y hazte cargo, primero de todo, de la luz, tan pura, tan llena, tan expansiva. Después, también del cielo, con ese azul que le han estado puliendo en la noche y ahora estrena. Pero más que nada, vas y te fijas en los árboles, en el alegre testimonio de los árboles. Fuérzate mucho los párpados, y mira, mira bien, mira. ¡Cuántas flores, qué de fragancia, la de exaltación que hay sobre las ramas verdes!”

Y es que, al parecer, a Lolo le gusta referirse a lo que, seguro, tenía de experiencia pero que ahora, para su desgracia, no puede ser…

Por otra parte, si era ya tradicional que uno de los apartados fuera el titulado “Punto, Raya, Punto” en el que cabía toda alusión a lo positivo, nos hemos dado cuenta de que el Director de “Sinaí” ha especializado, por así decirlo, la sección. A partir de ahora va a dedicar la misma a lo mismo pero refiriéndose, toda ella, a un tema. Así, por ejemplo, en el 57 se refiere a lo relacionado con la Iglesia y en el 58, a la Ciencia:

-“Una gaita ha sido enviada a Jerusalén para el franciscano P. Delfín Fernández, que se encuentra allí desde hace diecisiete años. La gaita ha sido regalada por los Coros y Danzas de Vigo para que el buen padre se consuele de su morriña interpretando aires galaicos con el tradicional instrumento.

-El Cardenal Heenan, Arzobispo de Westminster ha encargado a los párrocos de su archidiócesis que tengan en cuenta a los fieles inválidos cuando construyan nuevas iglesias.”

Y, ahora, sobre la Ciencia:

-“La nueva ciudad sanitaria que se va a construir en Madrid tendrá capacidad para 1.000 camas.

-El Boletín Oficial del Estado ha publicado un decreto por el que se regulan las donaciones de sangre. Se pretende crear una red de bancos oficiales de sangre, capaz de cubrir las necesidades del país.

-En Barcelona, una madre ha salvado la vida de su hija, al cederle un riñón. El trasplante se realizó en el Hospital Clínico, ante 120 médicos. La madre tiene sesenta años; y la hija, veintitrés.”

Y, dados los tiempos que nos ha tocado vivir, que conste en estos números una noticia relacionada con el descubrimiento de una vacuna contra la gripe, enternece nuestro corazón, por lo importante pero modesto de la cosa. En todo caso, ”No se trata, por supuesto, de la curación rápida de la enfermedad, aunque sí representa un medio de prevenirse contra ella”. Y, ¡qué cosas hay que leer!, se nos dice que “la gripe es actualmente la única epidemia de carácter mundial /…/ Desde noviembre a marzo se extiende en oleadas por todos los países. /…/ Hay que tener en cuenta que, si bien cuando ya se padece gripe, la vacuna no puede evitar ésta, tampoco la empeora; y además, ofrece la ventaja de que extiende la inmunidad durante un año”.

En fin…

Por otra parte, como era de esperar cuando los números de “Sinaí” corresponden a los meses, a uno de ellos o a los dos, en los que se celebra la Semana Santa (marzo y abril), Manuel Lozano Garrido, su Director, hace lo propio con los de aquel año (1966). Así, habla a sus lectores de lo que llama “’Mis’ siete palabras” y, como es lógico, hace bien en entrecomillar el posesivo “mis” pues se trata de las suyas y no de las que pronunció Cristo en la Cruz.

Así, por ejemplo, nos dice esto:

“Con las Siete Palabras se me ha ocurrido hoy intentar un experimento y, al cabo de él, me encuentro con una grata sorpresa de confirmación. Ha sido que, de pronto, me he puesto a pensarlas como si las fuera diciendo yo mismo, en primera persona, como si nacieran por primera vez en mi propia vida. Y resulta que sí, que el experimento vale, que yo puedo decir que tengo sed, que me siento abandonado, que el ciclo de mi vida tiene a consumarse, etc., etc.
/…/
Caigo, a su vez, en que las Siete Palabras, todas, están dichas desde la Cruz, de un modo ininterrumpido, sin bajarse a echar un rato de descanso como haríamos nosotros, a liar un pitillo, o echar un rato de palique con un compañero, lo que podría querer decir que hay que redimir con urgencia, con prisa, porque es una pena que brote el mal entre los hombres como por generación espontánea y seamos tan remisos a echarle pronto un borrón, con lo que vale un acto bueno.”

Y ya, para finalizar, un descubrimiento que consideramos muy importante. Y es que en la última página de este número doble, nos habla el Director de “Sinaí” de una ciudad, Nagasaki, de un barrio católico de la misma, Urakami, de un momento determinado como fue la caída de la bomba atómica en un terrible momento de la II Guerra Mundial y, en medio de todo esto, de una persona, de un doctor, de nombre Takashi Nagai que sobrevivió a la explosión para fallecer pocos años después (1951) de las radiaciones recibidas en aquella explosión y, seguramente, de las que pudo acumular su cuerpo al haberse querido dedicar a una ciencia médica que por entonces nacía: las radiografías.

Este buen hombre (en la imagen de abajo con los dos hijos que no murieron en la explosión de la bomba atómica; sí lo hicieron su esposa y otros dos hijos que se encontraban en Nagasaki en ese momento), convertido al catolicismo en una sociedad como la japonesa, supo entender a la perfección lo que significaba ser médico. Por eso recoge un, a modo, de biografía escrita por Paul Glynn, de título “Réquiem por Nagasaki”, esto que sigue y que dirige el mencionado doctor que nos presenta Lolo a sus colegas médicos:

 

“El auténtico médico sufre con cada paciente. Si el paciente tiene miedo a la muerte, el médico también. Cuando el paciente por fin se recupera y dice: “gracias”, el médico responde: “gracias”. Si tu paciente es un anciano, lo tratas como si fuera tu padre; y, si es un niño, como si fuera tu hijo. Cada paciente se convierte en tu hermano, tu hermana o tu madre, por quienes dejas todo lo demás. (…) ¡Qué equivocado estaba cuando era joven y pensaba que la práctica médica era una cuestión técnica! Eso haría del médico un mecánico de cuerpos. No: un médico debe ser alguien que sienta en su propio cuerpo y en su propio espíritu todo lo que sus pacientes sufren en el cuerpo y en el espíritu… He acabado comprendiendo que la medicina es una vocación, una llamada personal de Dios: es decir, que el estudio de cada paciente, el hacerle una radiografía o administrarle una inyección forma parte del reino de Dios. Cuando lo entendí así, me descubrí a mí mismo rezando por cada paciente que trataba”.

Y es que el propio Doctor Nagai, en su libro, al que se refiere este artículo de “Sinaí” y de título “Las campanas de Nagasaki” (En realidad, oscila el título entre el citado y el de “La campana de Nagasaki”) dice, al final de una parte del mismo:

“Dios da y Dios quita; que su nombre sea bendito. Démosle gracias porque Urakami haya sido escogido para el sacrificio. Tenemos que estar reconocidos porque, por este sacrificio, la paz ha vuelto al mundo y la libertad para la Fe al Japón. Que las almas de los fieles fallecidos reposen en paz por la misericordia de Dios.”

Y fueron 8.000 los católicos muertos entonces (“8.000 almas de católicos fueron enviadas, en un instante, ante el tribunal de su Creador”, dice Nagai), en un solo instante, un 9 de agosto de 1945, a las 10’30 de la mañana…

Y, por cierto, esperamos que sepan perdonarnos que nos hayamos salido del contenido estricto de los números de “Sinaí” de los que hemos hablado hoy (en concreto, los 57-58) pero creemos que valía la pena mostrar y demostrar que lo que Lolo sembró, en su día, da fruto aunque sea ahora mismo, años después y cuando Dios quiera que eso sea. Además, creemos que esta forma de entender la medicina tiene mucho que ver con la que tenía otro personaje aquí citado muchas veces y que no es otro que el Doctor Tom Dooley.

(Continuará)

 

 

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