En este número doble, el Director de “Sinaí” escribe un texto que muy bien se le puede aplicar a él mismo. Y lo decimos porque un capítulo (El III) de un libro (El sillón de ruedas) suyo lo titula, precisamente, “Profesión: inválido”. Es más, estamos seguros de que pensaba en él mismo. Y es que se titula “Los inútiles”. Dice, por ejemplo,

“Nos alegra, por tanto, esa mística nueva que se esfuerza por infundir en los que la invalidez o la enfermedad disminuye parcialmente la ilusión de cumplir con sus manos o su inteligencia un esfuerzo práctico de trabajo. /…/

Mas ¿qué hacemos con los otros, los ‘radicalmente inservibles’, esos que no andan, ni mueven las manos, ni ven, ni casi les quedan fuerzas para explicar una leve lección de Matemáticas? ¿Los arrinconamos? ¿Preparamos el cartelito de ‘inútiles’ como algún día se hacía con aquel otro humillante de ‘pobre de solemnidad’

¡Oh, no! Adelante vosotros, esa parcela que es la entraña viva y fecunda del cristianismo, la supervalorada por el Salvador con esa categoría laboral del espíritu que es el título de ‘Bienaventurados’. Vosotros tenéis mucho que ver con el saldo positivo de la historia delos hombres y basculáis categóricamente, en el platillo de la esperanza. Sobre la balanza comercial está el milagroso poder de la sonrisa, o el testimonio de fe. Más que cosiendo una camisa o fabricando mercancías, se sirve al prójimo aceptando el sufrimiento por amor a ellos y modelándoles una razón de esperanza. Los demás trabajarán ocho o nueve horas, pero vosotros sois… los obreros ilimitables, los jornaleros de la noche y el día, los hacendistas espirituales de la sociedad, los sudorosas operarios del cielo, pagados con el oro incorruptible de la Eternidad. A ver: ¿Qué jornal pudo ganar, o le pagaron a Cristo en las tres horas del Calvario, con las manos y los pies atornillados, casi ahogada la palabra por la fatiga? Y ¿quién se atreve a tirarle a Él la primera piedra de ‘inútil’? Pues ¿quién, a su vez, se decide a hacerlo con vosotros, donde Él se representa?”

Y es que, al leer esto, dijérase que Lolo piensa en su verdadera y real existencia y en lo que pudiérase pensar de su persona por parte de muchos…

Por otra parte, no podemos negar que hay números de “Sinaí” que, por lo especial de su contenido, son muy singulares. Y este número, el que hace el 65 y 66 (doble, pues, también) y que se refiere a los meses de noviembre y diciembre de 1966, lo es. Y es que recoge la muerte de Angelita Gómez que fue de las personas que fundó toda la obra “Sinaí”.

En el número 0 de lo que sería “Sinaí” (entonces la primera “Circular) recoge el nombre de Angelita Gómez entre otros tres más (entre ellos el de Manuel Lozano Garrido) que Lola Güell quiere poner en contacto para que inicien, precisamente, una Obra como la que luego resultó de todo eso.

Circular «0» de Sinaí donde aparece el nombre de Angelita Gómez

 

Angelita había pasado casi toda su vida enferma. Por eso dice Lolo en un artículo de título “Adiós, no ¿verdad, Angelita?” que casi le hace decir a uno eso de “nos veremos en el Cielo” que decían muchos a la hora de pasar a la otra vida, esperamos que a la eterna, dice, decimos,
“Centenares, y hasta miles de cartas escribiera después Angelita, y casi en todas, habría de figurar siempre como domicilio idéntico remite: “Sanatorio, Sanatorio, Sanatorio”.

Y, además,

“¿No resulta una paradoja -se dirá- vivir como una campanita, estando siempre al borde de la cama de operaciones o con el duro martirio del viento del Moncayo sobre la carne? ¿Qué secreto fue el tuyo, Angelita?

De todas formas, y a pesar de haber pasado muchos años en cama sufriendo padecimientos, parece que Angelita Gómez lo tenía bastante claro y así nos lo dice: “Dios me ha señalado mi camino con absoluta claridad. Un camino áspero a la naturaleza, pero en el que la fe descubre horizontes maravillosos”.

Y nosotros decimos que tales palabras las podrían haber dicho, sílaba tras sílaba, el propio Manuel Lozano Garrido…

Pues bien, para que el homenaje fuera completo, este número de “Sinaí” recoge un texto de la propia Angelita Gómez, que tiene, además, un título más que adecuado para un número como el que ahora traemos aquí y que abarca los meses de noviembre pero, sobre todo, diciembre. Y es que es, el título, “Cristo nació en el sanatorio” y dice lo que sigue:

“Desde su linda camita entre gasas y flores me sonreía. Apenas pude cenar poseía demasiada fatiga, sin embargo, tenía el corazón rebosante de dicha y pensaba con pena en tantos millones de pobrecitas almas para quien estas noche sería una de tantas, y pedía al Niño Jesús, con todo mi corazón, que la bellísima luz de Belén iluminase sus tristes tinieblas.

Estando cenando vino el Director a felicitarnos.

Es un detalle que siempre me emociona por la gran delicadeza que entra en la salud moral del enfermo no sólo en la física, por eso es más humano.

Da la impresión como si estas Casa por un motivo desconocido a nuestros ojos o simplemente porque ha querido la mirase Dios con predilección y así ha escogido los Superiores especiales para que en ella todo se paz y armonía.

Hasta venir aquí, no había estado en casas que hubiera enfermeras seglares y la verdad es que la impresión que tenía sobre ellas no era nada favorable. Muchas cosas que me habían contado y sólo me faltó en un Dispensario verlas tratando a baquetazos a los enfermos.
¡Pobre del pobre y que en todos sitios tenga que sufrir la misma humillación. Encima que se lo hacen gratis…!

¡Gratis, dan ganas de gritarles, pero señorita si Ud. está cobrando un sueldo gracias a que existo o, si Ud. no me hace nada gratis…!
Pero no lo haces y si lo hicieras te echarían a empellones a la calle y listos.

Yo también me sentía pobre, tan pobre como Él entre mis brazos. Entonces le dije: ¡Dios mío, qué triste y qué estupendo es ser pobre…! Cristo lo fue también, sólo que nadie lo recuerda. Es mejor así. Si no ¿Cómo íbamos a seguir sus huellas…? Enferma y pobre ¡Oh Jesús!, sólo Tú saberlo que significa eso.

Déjame darte las gracias porque me hiciste nacer pobre.
Noche vieja /…/

Me dirijo a la ventana de Jesús, con un interrogante en el corazón, más

Jesús calla… ¿Qué importa al fin que yo lo ignore, si Él lo sabe? No hay nada más grande y seguro que vivir confiada a su Providencia. Puede que este próximo año sea el de mi liberación definitiva o puede también que sea uno como los pasados. De ambos modos, lo espero con la misma paz y alegría. Jamás he pensado que he me hubiera valido más morir cuando niña inocente, para evitarme el dolor. Se ve que Dios, al darme la Cruz en mi infancia puso, a la par, en mi corazón la semilla de esta felicidad que es una paradoja que el mundo no comprendería jamás. Felicitad tan grande estas de sufrir por amor a Cristo, que te hace desear se prolongue el destierro, para gozarla más tiempo. Felicidad que se te hace difícil comprender que no la eches en falta en el Cielo.”

Y llegados a este momento, pedimos perdón al mismo Lolo y a los lectores de esta historia de “Sinaí” pero creemos, con franqueza, que nada mejor podemos decir. Bueno, sí, “Descanse paz, Angelita”.

(Continuará)

 

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