Es cierto y verdad que, según la labor que llevamos a cabo cada hijo de Dios, puede resultar más o menos difícil el despertar a cada día pues no siempre resulta sencillo enfrentar lo que ha de venir. Sin embargo, para estas especiales amigas de Lolo, la cosa es bien distinta.

Hay quien tiene esperanza cuando se sabe amparado por Dios su corazón y sujeta a la Voluntad del Padre todo aquello que se ha de llevar a cabo. Y por eso, cuando tras las tapias de un convento rebulle el devenir diario a sabiendas de por Quien se está protegida… entonces nada es mejor que saber que el porvenir, por muy difícil que pueda resultar enfrentarlo, se ha de construir con el ser del corazón del Todopoderoso y, así, protegidas por su Amor y su Misericordia, no hay obstáculo sobre el que no se pueda sobrenadar.

A todo lo que ha de venir, casi nunca sencillo, hay quien le llama “canción de la Esperanza”. Y es que, cuando se tiene a Dios por compañero de faena, seguro que todo resulta más llevadero.

 
 

Publicado en la revista Orate

 

La campana. Repica tan fuerte en el claustro que hasta en la celda se nota la vibración de la llamada.

Cristo: ¿cómo sería tu voz? Los que te oyeran, ¿sentirían este alegre temblor de cristales y campanillas por dentro?

No sé por qué, cuando más se me crece es entre los últimos silencios de la madrugada, en esas horas en que se confunden el ruido del chuzo del sereno con el de las bicicletas de los que van al trabajo y por detrás de las casas empieza a latir una luz ancha que es como el débil parpadeo de las farolas. Tu palabra, tu dulce y maravillosa palabra, es eso: el estallido del más limpio amanecer de la primavera.

De noche, con los ojos cerrados y un sueño tranquilo bajo la frente, tu reclamo se cuelga en el corazón con la misma ternura del caramillo del pastor que silba en la montaña. «Tim, tim, tim», no se cansa de repetir el esquilón, pero lo que de verdad se oye es un «Venid, venid, venid pronto» muy dulce y enamorado que tira de nosotras desde los pasillos, los bancos de la iglesia, el quirófano, las criaturas, las calles y los horizontes.

Con el primer paso de la mañana, empieza para nosotras el ir y venir del trabajo y del rezo, el encuentro con la mortificación y el sudor, la realidad de la centinela y el servicio, el mandato del silencio y el deber de consolar a los otros. Pasarán las horas y la dureza o el cansancio irán tejiendo sobre nuestra frente una corona de ásperas espinas. A la tarde, en el difícil carácter de un niño, en la rebeldía de un enfermo, en el escozor de las manos que barren o mondan patatas, cada una irá viviendo el dolor de un lento gotear sobre las sienes. Pero el esfuerzo de las clases, las salas del hospital, o el taller de confección no son sino la cáscara de esa bendita nuez que guarda el fruto tuyo que nos nutre. Tu presencia real en el corazón, el pulso tuyo que late a la vez en nuestras arterias y el amor con que nos vas acrisolando los minutos de la vida, son como martillos que ayudan a romper el cascarón que nos separa. A la noche, fíjate en nuestra frente y verás si de hecho no notas la gracia y el perfume de las guirnaldas de azucenas. Así eres de activo, de eficaz y de mágico, y así vivimos nosotras tan consumidas por tu nostalgia. ¿Comprendes ahora, Cristo, la impaciencia de ese pájaro que rebulle por dentro de las manos al lavarlas y el afán que nos arrastra desde fuera de la celda?

El amanecer es como la parada del autobús, que tiene la esperanza de compañía en el trayecto. Montaremos en el coche de los horarios y Tú nos saldrás al paso en la conversación de las criaturas donde te trenzas, en la caricia que devuelves a las yemas que tocan los cabellos con fiebre, en el torrente de tus sonrisas que rescatan nuestros cilicios.

Ay, Señor, ¿por qué pesan tanto las sandalias y no las fabrican con aleteos de ángeles? De verdad que quisiera tener la ligereza y el poder del viento para correr y desgranar pronto las rosas de la primera oración.

Es que, ¿sabes? Maitines es para nosotras la canción de la Esperanza. Dentro de unos minutos, al final de este pasillo que ya recorro, cuando empiece a sonar el latín colectivo de los primeros salmos, yo quiero que te fijes en esa otra plegaria paralela que desmenuza la letanía de nuestras aspiraciones. Entonces y ahora, lo que te queremos decir es esto:

– Por la calle traen a un niño que agita su cartera y contempla las cosas y las gentes con un fondo de aguas quietas y puras en los ojos.

¡Qué feliz el minuto de leer tu inocencia en sus mejillas!

– En cualquier hora de nuestra mañana hay un hombre o una mujer que se conduele sobre una mesa de operaciones y repite tu nombre.

¡Que llegue pronto la hora de estar a tu lado, porque eres Tú el que se acuesta sobre la camilla del quirófano!

– En la fábrica que visitaremos, centenares de obreros trabajan bajo el duro crepitar de los motores y sudan en silencio.

¡Hoy y mañana, Getsemaní está en ellos, y nosotras, a la vez, queremos entrar enérgicamente en tu agonía!

– Segando arroz o explicando matemáticas en una clase con techos abarquillados, pescando algas o paseando por un jardín con cerezos o almendros, criaturas de civilizaciones exóticas tienen todavía blanco, en la memoria y en el corazón, el lienzo que añora tu figura.

¡Nosotras, Señor, te vamos a ver en el tremendo vacío que en ellas te reclama!

– En cualquier salón de fiestas, en la palabra que abomina de tu nombre, en la mujer o el varón que se arrastra por el fango, en los que atropellan, viven en la avaricia, usurpan o se insolentan, nosotras te hemos de ver y de hablar en el duro trance de la Pasión con que te reeditas en su espíritu y en su carne.

¡En todo, por todo y sobre todo, te amamos fogosamente a la luz de la Esperanza!

Manuel Lozano Garrido

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