Habla Manuel Lozano Garrido de “historia mariana de Linares”. Y es que va escanciando en este artículo lo que ha sido, y es, una relación más que íntima entre la Virgen encontrada en el campo en tiempos de moros y el pueblo que la hizo suya.

La Virgen de Linarejos es tenida por campesina y minera por la vocación habida en el pueblo de Linares y por el quehacer general de sus habitantes. Y por eso siempre han encontrado protección en la Madre de Dios.

Con franqueza decimos que las palabras que van ahora a leer ustedes, si es la primera vez que lo hacen o repiten tal gozo, son propias de alguien que ha hecho caso a la inspiración del Espíritu Santo que ha soplado en su corazón.

 

 

Publicado en la revista Reinado Social, número 255

 

Hay siempre en la historia de los pueblos hechos y circunstancias que calan tan íntimamente en lo más hondo de su sensibilidad, que, adueñándose de su corazón, le infunden una manera de ser tan característica y peculiar, que a lo largo de los días se le ha de conocer por este rasgo íntimo y a la vez diferencial de los restantes pueblos.

Así, cuando Fernando III el Santo derrama, en sus galopadas por tierras andaluzas, la paz y la seguridad sobre sus reinos amenazados, muchos de sus súbditos se agrupan en torno al castillo de Linares, y surge una nueva ciudad, segura y trabajadora para la corona gloriosa de Castilla. Pero el hecho vital, el matiz que desde entonces le ha de dar su razón de ser a la nueva ciudad, no brota entre lanzas erguidas, muros almenados ni alaridos de victoria, sino en un apartado lentisco, ribazo intransitable de la sierra, silente y quedo, y en su manifestación campea la fe y la humilde sencillez de sus protagonistas.

“En aquella época (5 de agosto de 1227), la imagen de Nuestra Señora de las Nieves fue aparecida a un viandante que, procedente de los campos de Albentosa, se detuvo un momento a descansar a la sombra de unos lentiscos, en el paraje conocido en aquel tiempo por Fuentes de Linarejos. Los cristianos que había entonces avecindados en este pueblo, al tener conocimiento del milagroso hallazgo de la imagen, la trasladaron a su iglesia parroquial, poseídos del mayor entusiasmo. Al día siguiente no la hallaron en el altar, donde la habían depositado, y sí entre los lentiscos, por lo que vinieron en levantar una capilla en tal paraje, interpretando de este modo un supuesto deseo de Nuestra Señora.”

¡Y qué ardiente y vivo era este deseo de la Señora! Porque Ella quería, sobre un dosel de jaras y lentiscos, con el perfume fragante que destilaban los montes, alzar su trono en la falda de la serranía, para desde allí velar el sueño de la ciudad, recostada, y derramar la lluvia de sus bendiciones sobre los campos sedientos: la Virgen quería ser campesina. Pero si Ella se iba al campo, ¿quién iba a consolar a sus hijos, que tenían ya las almas cautivas en la mirada dulce de la Señora?

Sí, sería campesina; porque, si no podían vivir en torno suyo, Ella encendería en sus corazones su nuevo milagro, el de la fe y el amor, que haría de ellos que disgregaran las rocas y abriesen el breñal para prolongar la ciudad en busca de Linarejos y enlazarla, finalmente, con espléndida avenida, sobre la que resbalaría el desfile incontenible de almas en busca de su Madre; desfile que aún hoy, al cabo de los siglos, se conserva intermitente y vivo. Se cumplió, pues, su deseo, y a la sombra de las frondas y con el canto alegre de las aves la ermita recordaba a todos los caminantes la aparición de la Madre de Dios, a quien el pueblo empezó a llamar cariñosamente “la Virgen de Linarejos”.

Al mismo tiempo, en Linares prendió una sed que no se apagaba más que en las fuentes de Linarejos y, al aliviarla la Virgencita con el agua mansa y salutífera de su amor, se iba coronando con un rosario de oraciones y de almas, mientras dejaba un poso tal de agradecimiento y sumisión entre los linarenses, que a su costa, y pese a su penuria -pueblo de jornaleros mineros-, la Virgen empezó a tener el digno encuadre de su santuario y hasta el recamado de adornos y joyas, que, desde su trono, agradecía con el cendal de su sonrisa, nimbada de luz y de cariño y con el caudal desbordante de sus milagros.

Frutos de la fe

Sí, milagros fruto de la fe; porque el corazón inmenso de María nunca se deja arrebatar la primacía de la generosidad, máxime cuando Ella se abre camino por la vía expeditiva de la fe. Si ésta es la que traslada los montes, también es el dardo de amor que en derechura nos lleva a las entrañas de María y las mueve a la dádiva milagrosa. El que tenga el corazón atribulado por la pena y el dolor, que suba el sendero de Linarejos, rebosante de fe: que a los pies de la Señora verá cómo se diluyen sus torturas entre las brumas del atardecer. Por esto todos los prodigios de la Virgen de Linarejos van presididos por este sello inconfundible.

Cuenta la tradición, y las crónicas corroboran, que “por la época de su aparición, cuando sólo tenía una ermita muy pobre y pequeña, pasaba por sus inmediaciones un arriero, perdido el camino y turbado con la horrible oscuridad de una noche tempestuosa, cuando discurrió entre las matas una luz, y creyendo fuese albergue de pastores, se dirigió a ella en solicitud de algún auxilio; quedó pasmado al ver a la Virgen, en cuyo obsequio ardía una lamparita, y encomendándose a su protección y lleno de fe, alargó la vara que tenía y la Virgen le premió haciendo que se encendiera y produjese tanta iluminación como si fuera un hacha embreada, con cuyo auxilio pudo llegar a Linares”.

En época anterior, cuando la célebre peste de 1685 produjo en tantos sitios horribles estragos, llegó a la ciudad un apestado, que falleció en una de sus casas. Inmediatamente se organizaron rogativas y la Virgen les preservó del terrible mal.

Más tarde, una sequía sin antecedentes amenazó calcinar los campos y frutos del término; fenómeno parecía flotar una funesta maldición sobre los linarenses, pues en todos los pueblos de alrededor se habían producido precipitaciones, menos en Linares. Así las cosas, se acordó bajar la imagen en procesión de rogativas, y cuando el Ayuntamiento, al frente del pueblo, marchaba hacia el santuario, empezó a llover, y al pie la Virgen de Linarejos en las primeras casas lo hacía torrencialmente, y la gente, calada por el agua y la alegría, no cesaba de bendecir a su Madre misericordiosa.

Y así, el derrame continuado de bondades. Otro día fue el minero salvado milagrosamente en un accidente; y otro, el patriota, en la guerra de la Independencia, que, al invocarla, vio deshecha su cautividad. Y a lo largo, una gotera lenta y continua de gracia, que horadaba los corazones más duros, en los que hacía manar una fuente de gracia superabundante y milagrosa. Los hombres, ante tanto amor, se declararon vencidos por los dones magnánimos de María, que en la sublime pugna por entregarse, llevaba ya sobrada ventaja.

Y si esto fuera poco…

El voto

“Un día oyeron todos los vecinos un ruido sordo, extraordinario, y vieron nublarse el horizonte, y reparando en este fenómeno, vieron pasar de un extremo a otro de la ciudad multitud de langostas, no quedando en sus siembras insectos tan perniciosos.” Ante tanta salvaguarda, ¿qué hacer si cuando los hombres y los campos demostraban ser como una brizna a merced del viento, Ella los transformaba en roca viva e inmutable? ¿Qué suponían la entrega de las cosechas y la vida si ellas eran, precisamente, las más pródigas de sus dádivas? Las almas había que rendirle. Y el Ayuntamiento y el pueblo subieron a la ermita, y fundidos a sus pies, formularon voto solemne, por el que se comprometían a subir todos los a celebrar fiesta y culto en su honor, como homenaje y público testimonio de agradecimiento.

Este es el origen del voto que anualmente se formula el día de Pentecostés, coincidiendo con las fiestas, las que se caracterizan por su perfil netamente religioso, con limpios destellos de fe y de caridad.

También anualmente, y rememorando los sucesos de su aparición, se baja procesionalmente su imagen a la ciudad, y después de solemnísima novena, se la vuelve a conducir a su santuario. Su paso es como una estela rauda de emoción que lleva tras de sí el amor más puro de todas las almas.

A lo largo de tantos siglos, la vida de la ciudad se ha deslizado siempre mansa y limpia, con aguas de sus regatos, sin más fin que el de la tarea cotidiana y sin más ilusión -sobrada ilusión- que la de mirarse en los ojos dulces de la Señora que tiene su morada entre las fuentes cristalinas de Linarejos. Así fue siempre, hasta que un día el odio quiso vencer al amor, y una ola de saqueo y vandalismo azotó al santuario con sadismo y crueldad. Fue la dominación marxista, y el odio logró coronarse en su tiranía demoníaca; pero su fulgor fue como el del relámpago, y al final brilló la llama perenne del amor. Hoy, el santuario, restaurado y hasta superado, es un relicario de amor y un joyel de bondades, que señala al mundo un alto ejemplo de fe eterna y fragante. La Virgen, desde su trono, se deja querer y mimar, y como hasta en la barriada lejana que lleva su nombre se la invoca y añora una nueva imagen bajará pronto con ellos para ser alegría en medio de su infortunio.

La Virgen minera

Pero esta reseña no sería verídica si callásemos un punto capital en la historia mariana de Linares. Hemos dicho que desde un principio la Virgen mostró deseos de ser la Reina y Señora de los campos; pues bien: cuando los hombres emprendieron el nuevo derrotero de la minería, de la que hicieron su oficio, el corazón se le colmó de pena al columbrar las penalidades y amarguras de una vida tan dura, y se constituyó en la Madre y guardiana de los mineros. Camino obligado hacia la mina el de su santuario, cuando el minero, antes de despuntar el alba, dejaba la ciudad dormida, Ella empezó por salirle al paso y su lucecita lejana era una nueva estrella rutilante que allanaba sus tropiezos; después atrajo sus penalidades, que trocaba en alegrías aumentadas; vivió sus inquietudes, les consoló en sus fracasos, y un buen día, dueña y señora de todos los hombres, tuvo a bien coronarse con el título de minera y aceptó la propiedad de una mina, por la que tenía derecho a tal título. Hoy esta opción ha desaparecido; pero la Virgen da perennidad al título, porque sobre su frente ciñe la maravillosa corona y a la vez sutil trabajo de orfebrería, que con la plata extraída de sus minas, con el sudor de sus hijos, se han dignado coronarla los linarenses.

Esta es, en síntesis, la historia de la Virgen de Linarejos, conocida también por el sobrenombre grabado con fuego de cariño en todos los corazones, de Virgencita campesina y minera. Ésta es la que, en frase de un ilustre Obispo, “tiene las manos llenas de gracia y sólo espera para derramarla que sus hijos suban a pedírselo”. ¿Qué tendrá esta Virgen en sus ojos, que siempre que he caído ante Ella rendido por el peso de la amargura, he sentido en lo más íntimo de mi ser el impulso incontenible de su dulce mirada que ha dado a mis cargas la levedad de la brisa y al pan ácimo de mis penas la levadura del amor? ¿Por qué cuando se baja el sendero de Linarejos el aire es más diáfano y la tarde se abre más amplia a la inmensidad?

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