Que Lolo escriba sobre el sufrimiento no es nada extraño pues tenía experiencia propia como para hacer eso y mucho más. Y así lo hace en muchas ocasiones pero es especial lo que hoy traemos aquí.

El sufrimiento, si no se comprende como lo comprende Manuel Lozano Garrido, no es fácil de entender. Sí, sufrimos pero ¿nos vale para algo? Y a eso Lolo responde con una oración.

La oración que está puesta abajo no es una oración cualquiera. Lolo ama el sufrimiento por lo que supone, digamos, de acercamiento a Quien tanto ama. Y lo hace de forma que a nosotros también nos vale porque nos hace comprender lo que, tantas veces, es incomprensible.

 

 

Publicado en la revista Cruzada, en verano 1959.

 

Meditación para Pentecostés

Señor, ¿recuerdas a Sebastián, el retrasado que gangueaba el “Ave María” aquella noche? Sus dedos torpes, deformes, alucinantes- como estos míos que vela la lente de la costumbre – los he tenido ahora sobre los labios, cosiéndome la plegaria.

Día por día, con sol y con niebla o bajo la lluvia opresiva del otoño, he anticipado en el umbral de cada mañana una palma mendicante, tendida a Ti como destinatario.

Me repugna poner cifras junto a esta espontaneidad cordial de la oración, pero Tu sólo sabes cuantas veces se ha repetido esta pirotecnia de los cielos y yo estaba siempre con la misma frase y la misma voz gastada del ciego en las esquinas o el mutilado tras el platillo o el pañuelo suplicante.

Como se dice “pan”, “adiós”, “agua” y “beso” mi boca adelanta ya maquinalmente esto que no sabría concretarte, lo que se me ha metido de rondón en la entraña y le hace galopar como un caballo loco en busca de Tú sabes que nostalgias y lo que los dientes ven salir, convencionalmente alineadas la A ante la M, la U tras de la S, en esta fórmula “Señor: que yo llegue a amar el sufrimiento”

Te lo digo hoy aquí, en esta hora en que se rasga uno la camisa y aparece el pecho desnudo, con la cálida topada del corazón que sube y baja: nunca he sido más feliz que cuando sentía las células machacadas por el dolor, por esta proyección personal de tu redención; pero hoy mi breve salterio de amor se resiste a ser desmenuzado.

Me han sustraído el grito y la voluntad, como en las noches de pesadilla, cuando el corazón se aterra y clama, mientras los labios siguen derrumbados como embebidos por una borrachera de cloroformo.

Fuerzo una oración silabeada, de párvulo y digo “amar” sonoramente como los niños dirían “balón”, pero ya la S me procesiona, el ridículo, la deformidad, la pobreza y el fracaso y la palabra “sufrimiento” se queda en la garganta, estrangulada por el tartamudeo del pánico.

Y sin embargo, sé que tocante a la sinceridad resistiría tus tremendas pupilas de juez. Cuando yo te he dicho “dolor” tenía en el tímpano el alarido de mis vértebras desguazadas y lo subía al tuyo para que oyeras el transfondo armonioso del corazón, feliz y esponjado como un azucarillo.

Resucitaría imágenes propias y entraría por la puerta un adolescente con corbata de estreno y cierta veneración por el escozor de su muela careada.

Si no profanara la huella de lo santo, te recordaría mi envidia de tus hombres predilectos, los que besaban la ulcera, se revolvían en el espino y alzaban la hermosa demencia de la cruz.

De Juan de Fontíveros me atrajo ese instinto que absorbía la crucifixión como la llama del pabilo; de Teresa, su martirio de deseo; de su hija de Lisieux, el de la esperanza; del “Poverello”, la santa fraternidad de la muerte.

Me acuso, Señor, de mi vuelo satánico por ser como Tú, insuflarle una mística pura de lágrimas y de sangre.

Pero ha bastado que se ize en el viento una mano engarfiada para que todo el tinglado se tambalee como una arquitectura de naipes.

Ahora, sobre el capricho y la hombruna vanidad de sufrir se apoyan unas muñecas y gallea la cara de un terror que es de carne.

Los dedos que hurgaban las estrellas están tumefactos por la magnitud de la caída.

En este momento me acerco a Ti con un rebullir de corderillo huérfano para que pongas en mi desarboladura la roca de tu sabiduría, la clave de tu palabra- la PALABRA.

Y para las líneas pautadas de mi oración, para estos garrapatos de colegial, te alargo un lápiz rojo porque quiero que Tú vayas tachando y dando giro a mi titubeo irresponsable.

Y es que ya sé que el dolor sin más, aséptico, desnudo, con la arista como fin, no tiene cabida en el dulce paraíso del Amor.

Ser santo, y paciente, y amante, y loco de Cruz es vivir la magia de las adivinaciones, el milagro de las transmutaciones.

Un obrero desbasta dos leños y permanece el rastro de la garlopa y la suavidad del cepillo.

Un santo se acerca al madero y le queda en la retina los chorros de unas sienes que se deslizan por la mandíbula y en el cuello las va frenando la coagulación. Y si se revela la imagen, aquel ajusticiado tiene una ficha de nazareno y tu calentura, el cilicio, la fatiga, su cáncer, la “polio”, porque detrás está Getsemaní, el látigo de huesos, la Vía Dolorosa, el taladro de los miembros y la frondosa inmovilidad de veinte siglos.

TODO, Cristo, es fruto de amor; amor que Tú pones en el cuenco de tus manos, bien abarquilladas, y luego las relajas sobre el niño, la flor, el aire, la nobleza, el revés, la herida, para que todo susurre tu voz, tu aroma, tu aliento y tu figura.

Déjame pensar un momento… Sí; Tú eres amor y tu corazón se arma aglutinando todo lo que florece en el huerto y luego da la manzana sobre el mantel, el lavafrutas o los dientes del niño.

Amor es sentir en las raíces del pecho una succión que viene de pedacitos nuestros arraigados en el hermano, el amigo, el desconocido.

Amor es ver una cara sin rasgos y de pronto oírle la palabra y es nuestra palabra; Mirarle los ojos pardos y son también nuestros ojos; Caer en la cicatriz de la barbilla y es también nuestra huella de un absceso.

Amor del tuyo es ese y más: La palabra, los ojos pardos, la cicatriz tienen entonces el eco arameo de tus caminos, tu mirada de berbiquí que derrumbaba a Pedro, a Tomas y a Judas, el desgarrón de Longinos en esos pulmones que trasegaron el aire limpio de la inocencia absoluta y la bondad infinita.

Ya, Señor, puedo concluir; pero antes desearía pedirte que esta idea de tu encarnación en el dolor me la dejes quieta, inmóvil, imborrable, como en esos cortes de las películas rancias en que un hombre, se nos queda para rato con el vaso en el aire, a dos dedos de los labios.

Y ya que mi miseria se resiste a este trasplante glorioso de tu carne, inyecta en mi cerebro tu chispita divina para que yo vea en la mano crispada de Sebastián – en mi propia mano deforme – aquellos otros dedos que se aupaban sobre las muchedumbres para luego, dulce, pausada, armoniosamente, ir descendiendo sobre cada frente como una caricia, como un aliento, como un beso.

Ahora, sí, intentaré poner en el pórtico de esta mañana, las palabras de siempre, vitalizadas ya con el nuevo borrador de tu inspiración: “Señor: que yo llegue a amarte en el sufrimiento”

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