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Lolo se refiere, en este artículo al escritor y dibujante Pablo Ramírez, a quien dedicaría otro artículo de título “El mejor cuento de Pablo Ramírez” publicado en el Diario “Jaén”, a los pocos días de la muerte de su amigo y vecino, unos años después del artículo que hoy traemos aquí, en concreto en 1966.

Al leer estas líneas (y las del artículo citado arriba) nos damos cuenta de que Manuel Lozano Garrido sentía una admiración notable por Pablo Ramírez que, además de ser linarense como él mismo, también andaba en el mundo de la escritura.

Es cierto que, como dice el autor del artículo, seguramente podría haberse dedicado Ramírez a otros menesteres ilustradores pero escogió el mundo de los niños y, sólo por eso, ellos y nosotros deberíamos estar más que agradecidos al dibujante-escritor amigo de Lolo.

 

 

Publicado en “Cruzada”, en febrero de 1960.

El “do” de pecho de las Navidades españolas lo ha dado un compañero nuestro de redacción, el dibujante Pablo Ramírez, que con su colección de ochenta felicitaciones ha polarizado la atención en ese género de por sí tan difícil como agotado. Cuando parece que todo se ha dicho, Pablo airea ese buen montón de variantes en los que encadena un maravilloso viento de ternura al milagro más dulce de toda la obra redentora: la Encarnación.

Por una vez nos gusta hoy llegar tarde a los elogios. Si a Pablo Ramírez le hubiera de alcanzar la primera alabanza desde estas columnas, pobres de nosotros ante ciertas sonrisas archisabias y pasadas de rosca. Es verdad que hoy sentimos como propio el triunfo de nuestro dibujante, pero nadie podrá ya acusarnos de favoritismo hacia un nombre respaldado en la misma patria de los “chrismas” –Inglaterra- y festejado por una crítica tan exigente como la catalana, con nombres como Díaz-Plaja, Santos Torroella o el “Nadal” Ana María Matute.

La historia de Pablo Ramírez como dibujante merece ser recordada como un ejemplo de fe, como un espaldarazo a la certidumbre del don de Dios para crear. Plantarse sin nombre en una Barcelona archicultural, con un puñado de dibujos bajo el brazo, es un acto de seguridad que tarde o temprano habría de ser coronado por el triunfo. Y lo curioso es que la aceptación le llegó por el camino obligado de todos los dibujantes –la ilustración realista- tan diferente de su inclinación personal, la viñeta infantil o navideña que habría de consagrarle como el número uno de los cuentistas gráficos.

Del mundo maravilloso y sorprendente de las creaciones de Pablo Ramírez hay que detenerse bastante en la sencillez, la humanidad y la cordialidad de sus figuras para dar en el punto clave de un destino. Pablo es un hombre que renunció a unas bazas ya en la mano para darse a la aventura del gozo de los niños. A él le refluía un tesoro de anécdotas sencillas, su acento constante de unas caricias que se le iban en alas de la poderosa fantasía. Al servicio de la infancia ha aportado esa zona de ilusiones sin límites con que los pequeños afrontan la humanidad que se les descubre, y que ha sabido conservar en su cuerpo gigante de hombre-niño. Hay un dato que dice mucho de su vocación, bien servida por el espíritu de trabajo. Sobre Wa-O-Ka, la historia del indio enamorado, se han desatado los elogios de los libreros de aquel país que contrataron la versión. Y es que no hay una pluma o un símbolo que no haya sido estudiado previamente. Otro detalle complementario: hace poco le oíamos al propio pintor Zabaleta exaltar con entusiasmo el colorido de las tarjetas de Navidad. Lo que él ignoraba es que P. R. llegaba a ese punto de madurez como fruto de una labor de pocos años gracias a una tenacidad y a un espíritu de superación envidiables.

De Pablo nos gusta lo que de mágico y anecdótico hay en cada ilustración. Pero más todavía, esa cosa secreta que lleva al refluir de un no sé qué de gracia: su concepto de la ilustración como poema. Atrae primero el humanismo esencial de todas sus figuras. A los Reyes, los ángeles, los hombres de las oficinas y los talleres, los animales, les ha cogido el lado flaco de una ternura que les escurre de sus tremendos bigotes de ancianos, sus gorras de mecánicos o su simple aire de bestezuelas de Dios. Y ya, sobre este radicalismo de bondad, surge la anécdota, una peripecia que se remonta sobre la gracia ingenua, sobre la cándida alegría del corazón, sobre unas pupilas transparentes que todo lo ven por su ángulo sencillo, bueno, superable, en una canción de líneas rítmicas y jubilosas; la ilustración, en fin, como poema.

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