Si bien este texto es muy corto, es seguramente el que mejor define a quien lo ha escrito y presenta a Manuel Lozano Garrido en toda su expresión íntima, tan cercana al corazón de quien sufre y lo pasa, al menos físicamente, mal.

El sufrimiento, sí, nos hace pasar muy malos ratos (ya podemos imaginar lo que pasó Lolo a lo largo de su vida) pero, en el fondo, si se sabe “sobrenadar” el mismo nos puede servir muy bien si hablamos de lo que de espiritual hay en el mismo.

El dolor, como dice Lolo, santifica y nos descabalga. Y es que muchas veces nos creemos fuera de este mundo en lo tocante al bien vivir y al bien sentirse. Sin embargo, con el sufrimiento nos damos cuenta de que podemos rehabilitar nuestra vida si sabemos entenderlo y llevarlo donde debe ser llevado.

 

 

Publicado en Prensa Asociada, el 26 de mayo de 1966

 

Mayo 66.-Un faquir ha soportado una operación de apendicitis sin anestesia.

Lo ha hecho como una colaboración científica, intentando demostrar las posibilidades que encierra un espíritu de contribución por parte del paciente. Trataba de seguir al pie de la letra las indicaciones de los cirujanos, cuando el dolor se le hacía insoportable, le daban una tregua, se relajaba y otra vez a que la manipulasen con el bisturí. Después contó que fueron unos dolores de campeonato.

La noticia la he leído y la traigo el pórtico del Día de Pentecostés, esa fecha en la que la Iglesia celebra simultáneamente el Día del Dolor, como un recuerdo de su valor santificante. A la luz de ella, uno tira de la pregunta que en muchas ocasiones ha venido a redondearse en sus labios. ¿Por qué humanamente el dolor puede siempre con nosotros? Los hombres, casi tocamos el cielo con las ideas y los frutos de nuestra mente, pero tenemos tatuada en la carne esa imagen soberana que se llama Sufrimiento. Las alas de esa victoria, jamás nos corresponden. El dolor es una polilla que, – tarde o temprano-, siempre vence. Naturalmente que hablo sólo en su realidad física.

¿Por qué entonces, pregunto, este misterio tan vivo, agudo y escalofriante?

Notarse fuerte o saberse libre de adversidades, es vivir una tentadora oferta de ser dioses. No hay peor cosecha de orgullo que la de un seguro de vida. El poder o la inmunidad no se invierten en esos castillos que reservan el corazón dentro de la más dura almena. No sufrir es techar la vida, poniendo la propia bandera en todo lo alto y, ya se sabe, nunca se ve bien el cielo si se contempla bajo tejado. Dios está en la fragilidad del pájaro y la flor, como también en la limitación del hombre, porque ser así de contingentes nos ayuda a ahondar en el secreto de su dependencia y en la maravillosa realidad de su Providencia. El corazón del hombre no tiene bardas; es como un nido de pájaros, donde hay calor, y siempre se puede estar en disposición de volar a las alturas. Darse en su razón de ser. En cambio, el egoísmo y el orgullo nos hacen de cemento, duros e inasequibles. El sufrimiento, de hecho, nos descabalga. Es como un arroyo de agua limpia, donde uno se puede ver hasta lo más profundo de los ojos. Mirarse atentamente, muy despacito, es conocer los propios límites y el alcance de nuestras posibilidades. Por eso, el sufrimiento es el gran rehabilitador. De un modo o de otro, todo lo entendemos así, aunque a veces digamos lo contrario de labios afuera. La vida es un camino real, que hay que recorrer dulce y despaciosamente, como en una diligencia, y para que pueda ser saboreada en sus raíces más puras. Si el destino quiere que el dolor tome las riendas, subido al pescante, lejos de llorar, hemos de darnos a la evidencia de una grata compañía, la de Dios mismo, que viaja a nuestro lado, subido en la propia berlina.

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